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La belleza de un lugar encantado

La casa principal de este establecimiento, que perteneció a la familia Alzaga Unzué, forma parte del valioso legado arquitectónico de los grandes cascos estancieros construidos durante la belle époque
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30 de abril de 2005  

Después de tres siglos de baja rentabilidad y religiosa austeridad, el estanciero criollo empezó a hacer buenos negocios en la cresta de la ola de la belle époque del mundo occidental y el dinero empezó a llenar las arcas tradicionalmente modestas.

Consecuencia de esta bonanza fueron los viajes, las compras y, sobre todo, la construcción de grandes casas en Buenos Aires, en los lugares de esparcimiento y en el campo. Así fue como surgieron, además, iglesias, asilos, escuelas y hospitales.

Los modelos por seguir eran los que se utilizaban en los países exitosos del Viejo Mundo y de ellos se copiaba y se traía todo lo posible para europeizar el país (el anhelo de la época). Como consecuencia, para satisfacer la demanda de la construcción estatal y privada, fueron contratados muchos arquitectos europeos (algunos se quedaron varios años en el país, atados a la continuidad del trabajo).

Para levantar las casas rurales soñadas, los estilos arquitectónicos en boga eran muchos, los más vistosos posibles, porque la sencilla expresión criolla no daba para la estética edilicia de la nueva Argentina.

Para los que no se decidían por los castillos o los palacios, los arquitectos ofrecían una alternativa muy de moda en las áreas recreativas de Europa: una línea que mezclaba estilos con el único fin de que quedara pintoresco.

Llamada justamente "pintoresquismo", esta modalidad arquitectónica se volcó a las playas de moda, a las áreas residenciales boscosas, a las costas de los lagos, al Tigre, a la naciente Mar del Plata y a las estancias.

El espacio perfecto

Contando con todo el lugar disponible, este estilo halló su mejor espacio en las pampas argentinas, donde el tren ya facilitaba el transporte de materiales de construcción y el acceso de la familia a la estancia para pasar el verano.

Este es el momento en que aparecen las bellas casas estancieras como la de San Simón, en el partido de Maipú. Proyectada por el arquitecto suizo Camus, en estilo normando, fue construida en 1918 por orden de Angela Unzué, para solaz de su esposo Félix de Alzaga, propietario de esa tierra (la había heredado de su madre, Celina Piñeiro de Alzaga, que a su vez las había recibido de Francisco Piñeiro, el primer propietario de estos campos). Oportunamente, San Simón fue heredada por Rodolfo de Alzaga Unzué y luego por su hija Agustina, casada con Marcos Balcarce.

La casa principal de San Simón, junto con el chalet donde se centran los servicios, forma un conjunto muy importante y de gran encanto, que se rodea de una parquización acorde con la misma jerarquía arquitectónica. Está emplazada sobre una loma, enfrente de un enorme espejo de agua libre de maleza lacustre, que constituye el eje del paisaje que eligió el arquitecto para levantar la vivienda.

Esta preocupación estética se extendió a todo el casco, cuyas construcciones auxiliares y de trabajo pertenecen a la misma concepción. Cuatro fueron las generaciones que disfrutaron todos los veranos de la placidez y belleza de este lugar encantado.

Cuando María Luisa Bemberg buscaba una casa estanciera adecuada para filmar su película "Mis Mary", eligió la de San Simón.

Telón de fondo

Así fue como los espectadores tuvieron la oportunidad de conocer este lugar, que lució sus interiores lujosos y sus exteriores normandos, como telón de fondo de un escenario genuino donde se representó una historia romántica, que protagonizó la actriz inglesa Julie Christie.

El legado de estos grandes cascos estancieros constituyen un privilegio y, a la vez, tanto una pesada carga como un verdadero compromiso con los antepasados. Y ahí van quedando esas notables viviendas rurales, a veces incómodas para el gusto actual y siempre muy costosas de mantener.

Un día, la familia Balcarce-Alzaga vendió San Simón, pero mientras vivan los que la habitaron se mantendrá intacto un lazo nostálgico, un sentimiento de pertenencia que sobrevuela la casa de la infancia, los árboles amados y la enorme laguna donde los cisnes de cuello negro encontraban el marco paisajístico más adecuado para lucir su aristocrática figura.

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