La belleza en la mirada del fotógrafo Kuropatwa

Se inauguró en el Malba una muestra antológica del artista
Loreley Gaffoglio
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6 de mayo de 2005  

A dos años de la muerte del recordado fotógrafo Alejandro Kuropatwa, el Malba se vistió anoche de fiesta, durante la inauguración de la muestra "Kuropatwa en technicolor", un recorrido antológico, en homenaje a su trayectoria.

Incesante fue el desfile de plásticos, actores y músicos que se acercaron al recinto de Av. Figueroa Alcorta 3415, para apreciar el medio centenar de grandes fotografías que componen el envío curado por el joven Andrés Duprat. Hilda Lizarazu y Fito Páez cautivaron al público en un espectáculo musical en vivo, con el que rindieron tributo al desaparecido artista.

Cinco series ("Cóctel", "Yocasta", "Mujer", "Flores" y "Naturalezas muertas") y un nutrido mosaico de retratos con protagonistas de los años 80 integran la exhibición, que parte de aquella celebrada confesión autobiográfica que fue la muestra "Cóctel" -exhibida en 1996 en Ruth Benzacar- y que marcó un giro en su obra.

Alejado del registro nostálgico y experimental en blanco y negro, "Cóctel" funcionó como una metáfora ambigua, pero honesta y valiente, de las urgencias del sida. Sin preámbulos, en colores y primeros planos con detalles amplificados, Kuropatwa mostró el ritual medicamentoso al que se sometían los portadores de HIV.

Pero lo exhibió no como la fórmula obligatoria que la ciencia imponía (con sus rígidos horarios y abrumadora cantidad pastillas) a los enfermos de un mal sin cura, sino como una esperanza de vida; un hallazgo científico para celebrar con alegría como en el cóctel inaugural de una muestra plástica.

Obsesiones y algo más

Kuropatwa amaba la belleza, y ese concepto atraviesa como una lanza afilada sus trabajos de los 90. Percibía lo bello en una mariposa, en una flor, en la mujer (no necesariamente perfecta o hermosa ) y en los elementos inescindibles del universo femenino. "Tenía una visión bastante naif y lírica de belleza", comenta Duprat. Y atribuye la poética de sus imágenes a la sustracción de elementos de contexto, al encuadre centrado sobre fondos neutros, a la reverencia del color y al detalle amplificado que lo ocupa todo y que es el protagonista de composiciones cuidadas al extremo.

Así, con una estética que coquetea con la impronta publicitaria, se suceden siderales primeros planos de coloridas flores, de lápices labiales, de rostros que no esconden su imperfección, de elaborados tocados de peluquería y de labios y cuerpos tan recargados de purpurina como si la piel húmeda besara la arena.

El conjunto es una alusión directa a la magia y a la alquimia que hacen posible la belleza. No por nada la serie de peinados, "Yocasta" (en referencia a la madre de Edipo), se presenta montada como en los gabinetes de las peluquerías.

En palabras de Duprat, Kuropatwa "nos dice de qué manera es efímera la belleza y nos habla de su deseo de perpetuar y de enfatizar un instante de un ciclo que termina con la muerte". Y donde lo bello, a pesar de su fugacidad, a la larga termina trascendiendo a la muerte misma.

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