Cerca de Dios, lejos de la Iglesia

Carolina Arenes
Carolina Arenes LA NACION
La mayoría de los argentinos se define como católico y las estadísticas dan cuenta de un aumento de la religiosidad en el país. Sin embargo, los fieles se alejan cada vez más de los templos y se muestran más independientes respecto de la autoridad eclesiástica. Cómo es el catolicismo light en la Argentina de 2005
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8 de mayo de 2005  

La muerte de Karol Wojtyla pareció despertar del letargo a miles de católicos de todo el mundo. A los hombres y mujeres de fe inquebrantable, a los practicantes, a los asiduos partícipes de la misa dominical, a los laicos más comprometidos con la vida eclesiástica, se sumaron esta vez, en conmovedora despedida, miles y miles de fieles habitualmente menos consustanciados con los avatares de la vida institucional de la Iglesia. La profunda emoción que acompañó los últimos días de Juan Pablo II y la enorme expectativa con que se vivió la espera del nuevo elegido -en Buenos Aires como en Roma, multitud de peregrinos en las plazas y en las iglesias, acongojadas oraciones, velas encendidas por las calles de la ciudad, altísimo seguimiento de los programas que informaban sobre las exequias y luego sobre la sucesión papal- pusieron en el centro de la escena la vitalidad de un catolicismo aún fervoroso y convocante.

¿Sorprende este interés comprometido por el destino de la Iglesia? ¿Debería extrañarnos? Depende de cómo se lo mire. Tal vez no debería sorprender, si se recuerda que el 78 por ciento de los argentinos se reconoce como católico, según datos que revela Marita Carballo en su reciente libro Valores culturales al cambio del milenio (editorial Nueva Mayoría). O si se recuerda la vigorosa presencia de la simbología católica en la vida pública de nuestro país, en su historia y sus tradiciones culturales. Pero sí podría llamar la atención tanto fervor religioso si se tiene en cuenta que en la Argentina, según la misma fuente, quienes van a la Iglesia más de una vez por semana apenas llegan al 8% y los que lo hacen sólo una vez por mes, al 16%. Entre los mismos católicos, enfoca aún más Carballo, apenas un poco más de un cuarto (el 28 por ciento) va semanalmente, y otro cuarto no va nunca. Los que asisten a misa para Navidad o Semana Santa representan sólo el 9%.

Sin embargo, la escasa participación en el culto no es la única señal que podría hacer pensar en el afianzamiento de un catolicismo light, una forma de catolicismo de algún modo impregnada del relativismo moral de nuestra época. Desde el interior y desde afuera de la Iglesia son muchos los que se preguntan qué influencia tienen hoy los principios católicos en una sociedad como la nuestra, que no parece menos secularizada que las otras sociedades occidentales del planeta. El último censo confirmó la tendencia: cada vez menos gente se casa por Iglesia, los divorcios siguen en aumento, las uniones de hecho también, las uniones civiles también son cada vez más numerosas y no sólo las de parejas gay; la virginidad no parece ser ya desde hace mucho tiempo un valor para la sociedad argentina y, en términos de amor al prójimo, hay tantos católicos que se desvelan por reparar injusticias como católicos que las provocan.

Entonces, si la relación con el culto es débil y las personas -aun los creyentes- no se sienten obligadas a respetar los principios que bajan de la autoridad eclesiástica pero, al mismo tiempo, se definen como católicas, ¿en qué consiste ser católico hoy? ¿Hay un doble discurso o una falta de coherencia en quienes adscriben al catolicismo pero viven sus vidas al ritmo de las transformaciones sociales de la Modernidad y no de los principios morales de la Iglesia?

Diversas investigaciones confirman una tendencia que apareció nítidamente en los últimos veinte años: un aumento notable de la religiosidad (en diferentes confesiones) pero un claro retroceso de la influencia de las instituciones y de la iglesia en general. El estudio de Carballo permite constatar que en 1984 el 62 % de los argentinos se consideraba como una persona religiosa; en 1991, el 70%; seis años después, el 79% y, en 1999, el 81%. Crecieron 19 puntos en quince años quienes se consideran religiosos. La misma tendencia mostraron quienes opinan que la religión es muy importante en su vida: pasaron del 40 al 55% entre 1991 y 1999. Pero como se vio en los datos anteriores sobre asistencia a la Iglesia, este sentimiento religioso no elije como canal principal para expresarse el vínculo con la esfera institucional. Otro dato: el 54 por ciento de los encuestados piensa que no puede haber líneas directrices absolutamente claras sobre lo que es el bien y el mal ya que lo que es bueno y malo depende completamente de las circunstancias del momento.

"En la actualidad -concluye Carballo, encuesta en mano- las convicciones religiosas de las personas están más basadas en intereses y consideraciones privadas y cada vez menos en aquellos provistos por autoridades colectivas. Cada vez más los individuos siguen su propia guía moral."

Cuentapropismo religioso, lo define Fortunato Mallimacci, sociólogo especializado en religiones, docente universitario e investigador del Conicet. "Cada vez más los creyentes católicos quieren construir su propia manera de ser católico, una identidad que no es dada ya por lo que dice el sacerdote sino por el individuo o la familia. El problema para la Iglesia es que esta desinstitucionalización va acompañada por un proceso en el que los hombres rehacen a su modo las formas de creer y pertenecer. Amenazas como el infierno o la excomunión, ¿a quién le producen temor hoy en día?", se pregunta.

Vientos posmodernos

Lúcido observador de las religiones, licenciado en filosofía y director de la revista católica Criterio, José María Poirier-Lalanne lo piensa en estos términos: "Ante la caída de las grandes ideologías se refuerza la búsqueda en las religiones pero es una búsqueda posmoderna en el sentido en que tiene un mayor ejercicio de la subjetividad. Yo no creo que esto sea incoherente necesariamente, cada uno elabora una cierta síntesis de su pertenencia en su propia interioridad. La pertenencia a la iglesia es como la pertenencia a una familia, no es una pertenencia de absoluta identidad de ideas y de prioridades. La pertenencia es profunda y admite la convivencia de grandes pluralidades. Es verdad que algunas lecturas posmodernas son superficiales, porque le dan total autoridad a la subjetividad sin tener en cuenta la historia y a los otros. Pero, fuera de eso, yo creo que podés ser católico y no tener una participación activa en toda la vida de la Iglesia, lo importante es rescatar los mensajes centrales del Evangelio. Juan Pablo II entendió muy bien esa relación afectiva con los jóvenes, en la que hacía prevalecer el encuentro personal por sobre otras cosas."

Esas otras cosas, sin embargo, muchas veces lograron dividir aguas. Pero Poirier, justamente, lo vuelve materia de reflexión histórica y no religiosa. "Siempre fue así -dice en diálogo con LA NACION-, siempre coexistió, junto con una forma más comprometida de catolicismo, una suerte de catolicismo laxo; lo que sucede es que en otras épocas de la historia el poder temporal de la Iglesia y la presión social hacían que eso no se pudiera expresar libremente. Hoy se pueden manifestar con mayor libertad ciertas opiniones y entonces se ve con más claridad que la cuestión de la moral sexual, por ejemplo, está mucho más atada a las costumbres de épocas determinadas que a la doctrina en sí misma."

Hasta no hace mucho tiempo, una alumna de un colegio católico que quedara embarazada tenía casi asegurada la expulsión. Hoy, cuando esto sucede, lo más habitual es que la respuesta institucional busque la contención por sobre el castigo o la marginación. Ahora son frecuentes los casos en que la joven madre sigue concurriendo a clases y su hijo, al nacer, es atendido en la guardería de la institución para que ella no tenga que descuidar sus estudios.

Monseñor Jorge Lozano, obsipo auxiliar de Buenos Aires, no está al día con las últimas estadísticas pero sí con la realidad de su grey. "La gente se siente parte de la Iglesia aunque no viva de acuerdo con sus principios morales; pero no casarse por Iglesia o tener relaciones prematrimoniales no excluye a nadie. Tomemos como ejemplo a una pareja que decide empezar a convivir sin casarse. La Iglesia tampoco los expulsa ni los ve como traidores a la causa."

¿Pero no hay contradicción? Monseñor Lozano responde que no y mantiene esa posición aun cuando se le propone un caso más extremo, el culto a la Virgen del Contrapasmo que reúne en España a fieles de distintas tendencias sexuales y que tiene una gran tradición entre los gays. ¿Tampoco allí hay contradicción? "Yo creo que no. La Iglesia no expulsa,tratamos de acompañar y de ver cómo hacer para ir acercándolos cada vez más a un estilo de vida cristiano. En el texto de orientación de la actividad pastoral de la Iglesia, de 2002, "Navega mar adentro", se habla justamente de la importancia de este acompañamiento, de una pedagogía, de la gradualidad en el acompañamiento y del crecimiento en la fe. No todos estamos viviendo plenamente de acuerdo con lo que se espera de nosotros, pero no se trata ni de excluir a los fieles ni de decir que cualquier cosa está bien; una cosa es ?te acompaño y te banco estés en la que estés´, y otra cosa es que avale y dé señal de que todo está bien."

Pero la coherencia -o la incoherencia- religiosa, y también ese acompañamiento sacerdotal, amistoso y pedagógico a la vez, no se ponen en juego solamente en cuestiones de moral sexual o salud reproductiva, aunque sean estos los temas que más a menudo ganen los titulares. Para un católico, el amor al prójimo debería estar por encima de otras preocupaciones. Monseñor Lozano lo destaca: "Seguimos padeciendo la falta de justicia, la falta de solidaridad, y eso también es una contradicción seria para nosotros cuando decimos que somos creyentes. La injusticia y la pobreza extremas, en un continente donde el catolicismo tiene raíces tan profundas, nos dicen también que hay muchos católicos que no toman su responsabilidad social como parte de su religión y esto es algo que en algunos documentos episcopales se menciona con insistencia."

Para algunos observadores, tal vez no con la suficiente insistencia, o no con la misma que sí se le dedica a la pelea por la despenalización del aborto, el uso de preservativos y la educación sexual en las escuelas.

Mallimacci habla de la coexistencia de distintos tipos de catolicismo. El catolicismo burgués -ejemplifica- lleva adelante, en su vida privada, sus principios católicos, pero no quiere que la Iglesia se meta en su actuación política y social. Autonomiza espacios de su vida y se queda sólo con lo estrictamente religioso y espiritual.

Lo que hoy se empieza a dibujar con nitidez es un escenario en el cual el hecho de que una persona vaya a las peregrinaciones de Luján y no a misa, o que no guíe su conducta moral en consonancia con la palabra de la Iglesia, no pone en duda, como antes, su pertenencia católica. "Los límites no son religiosos, son éticos -define Poirier- y están entre lo que es odiar o amar, explotar al prójimo o respetarlo. A mí me preocupa más que la moral sexual la moral de justicia; me parece gravísimo que una persona pague mal a sus empleados, que evada los impuestos, que no proceda con ética ciudadana y republicana. Sin duda, hay un tema pendiente: el de los católicos y el bien común de la sociedad, algo muy poco trabajado. Existen instituciones como Caritas o instancias de gran compromiso social de la Iglesia, pero aún se ven muchas carencias de los católicos al respecto."

Buena imagen

Sin embargo, pese a las fallas y las carencias, todas las estadísticas e investigaciones de campos confirman que la institución católica es una de las que goza de mejor imagen en la sociedad. El proceso que saca a los fieles de las iglesias, en todo caso, parece estar más en sintonía con un clima de la época, en la que todas las instituciones están bajo sospecha, y no sólo en los aciertos y los errores de la Iglesia. Como lo señala en la Mesa de diálogo el teólogo José Pablo Martín -docente e investigador de la Universidad General Sarmiento y autor de uno de los ensayos que integran el libro La religión en la época de la muerte de Dios (editorial Marea), de reciente aparición-, poco después de la crisis que desvastó al país, la Iglesia recuperó su mejor rostro. "El gobierno apreció fuertemente el enraizamiento del catolicismo en la sociedad y la capacidad de la Iglesia para acercarse a los pobres y los marginados. La Iglesia había logrado recuperarse del lastre de sus relaciones con la dictadura (que motivó un gran debate interno); los tiempos habían cambiado y ya la represión y el autoritarismo no eran el enemigo como sí la exclusión, la pobreza y el hambre. Ante la exclusión social, la Iglesia mostró la fuerza de su propia naturaleza incluyente."

¿En qué medida la Iglesia debe adaptarse al momento histórico que le toca vivir? Si se pone inflexible, corre el riesgo de ser expulsiva. Si contempla las transformaciones y se adapta, ¿corre el riesgo de diluirse y perder identidad? Sin duda, este sigue siendo un tema de controversia para la jerarquía eclesiástica. "Las modalidades cambian de sector a sector: a veces son moderadas, pero otras son muy lights o son integristas -admite Poirier-, y eso es negativo. Hay sectores ultraconservadores, como algunas asociaciones de San Rafael, el Verbo Encarnado, preconciliares; el lefebrismo tuvo mucho peso aquí".

Sin ir más lejos, la dura acusación de monseñor Antonio Basseotto al ministro de Salud de la Nación por su posición respecto del uso del preservativo se diferencia notablemente de las palabras que otro obispo, monseñor Justo Laguna, dijo a LA NACIÓN a propósito del mismo tema: "El preservativo es el mal menor". Y quien haya tenido oportunidad de hablar con sacerdotes fuera de la escena pública sabe que las posiciones respecto de la moral sexual o la salud reproductiva -que tan airadas discusiones protagonizan en los medios de comunicación- son, en el trabajo pastoral, mucho más matizadas que lo que podría suponerse si se tomaran las radicalizadas posiciones de Basseotto como la temperatura habitual del diálogo entre los sacerdotes y los fieles.

Recibido como el representante de la ortodoxia más dura de la jerarquía eclesiástica, el nuevo papa Benedicto XVI también ha dejado testimonio de la convicción integradora de la Iglesia. En Dios y el mundo. Creer y vivir en nuestra época, que será presentado por Sudamericana en las próximas semanas, escribió: "No estoy en contra de que personas que no van a la Iglesia durante todo el año acudan a ella al menos en Nochebuena o en ocasiones especiales, porque ésa es todavía una foma de sumarse. Ha de haber distintos tipos de adhesión y participación, tiene que existir una apertura interna. La Iglesia no puede ser un grupo cerrado y autosuficiente. Sobre todo necesitamos ser misioneros y enseñar a la sociedad estos valores que deberían construir su conciencia."

Sin embargo, la instrumentación de esa vocación evangelizadora que defiende Ratzinger -"la Iglesia tendrá que intervenir en la legislación", ha dicho también- no tiene buen eco entre quienes, aun fuertemente identificados con el ideario y la fe católicas, creen que la Iglesia no debería pretender que sus principios, derivados de convicciones religiosas particulares, deban convertirse en ley para toda la población. "La vinculacion estrecha entre el Estado y la Iglesia fue y es mala para la Iglesia y para la sociedad -reflexiona Poirier-; lo más sano, como lo propuso el Concicilio Vaticano, es una respetuosa diferenciación. La iglesia actúa en un plano y el Estado en otro." También Mallimacci apunta en esa dirección: "¿Cuándo empieza a hacer agua el proyecto católico? -se pregunta-. Cuando deja de ser exigencia para la grey católica y empieza a ser exigencia para toda la sociedad a través de la presión que la Iglesia ejerce sobre el Estado."

Pero lo cierto es que los procesos de secularización no han impactado sólo en la Iglesia católica y los vendavales posmodernos que arrasaron con utopías, certezas, ideologías e instituciones también horadaron su prédica. El catolicismo convoca una pluralidad de significados muy grande, que puede ser descripta como el lugar que ocupa en la vida de cada individuo el espacio simbólico de una fe, de una religión, y las diversas posiciones que ha tomado esta fe a lo largo de la historia. Hay una tradición muy fuerte, ritos en los que se da una relación de pertenencia a un espacio simbólico del cual es muy difícil ausentarse.

¿Quién podría decir cuál es el parámetro para medir el catolicismo de las personas? Un teólogo prominente ha sostenido que, en todo caso, ese parámetro no pasa por los comportamientos morales particulares ni por la participación en el culto dominical. No es que eso no tenga importancia, por supuesto, pero serían indicadores de segundo grado. En cambio, la fe, la esperanza y el amor evangélico, sí son los indicadores principales. La adhesión a Cristo y las virtudes teologales son los principios fundamentales de un cristiano. Desde ese núcleo se desprende, como en toda religión, una doctrina, una moral y un culto, pautas morales y prácticas culturales. La especificidad católica, ya dentro de ese universo cristiano, es la pertenencia a la iglesia de Roma. Pero la fe de una persona es algo muy díficil de medir por parámetros empíricos. Y esos son los límites de las estadísticas.

Mientras tanto, vale tener en cuenta el recuerdo que Poirier trae de Aristóteles: lo que todo hombre busca es la felicidad. "En ese sentido, la Iglesia se preocupa por cómo ayudarnos a alcanzarla. Y como institución milenaria tiene mucha experiencia, ha visto mucho. Cuando le preocupa el libertinaje, es porque recoje que muchas de esas experiencias llevan a la infelicidad."

Tal vez no vendría mal recordar que los mandamientos y el Sermón de la Montaña se proponen como un ideal de santidad -y por lo tanto de perfección- hacia el cual dirigirse. Bien pueden pensarse no como una ley de hierro que agobia con el peso de su amenaza a los católicos, sino más bien como la utopía que debería alentar y dar impulso a sus mejores pasos.

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