Suscriptor digital

“El peronismo no se somete a los valores”, dice Juan Carlos Torre

El sociólogo analiza la política argentina
(0)
28 de mayo de 2005  

“El peronismo conoce el poder, pero desconoce la ley; los radicales conocen la ley, pero no el poder.” Con esta sencilla frase, el sociólogo Juan Carlos Torre define una de las situaciones más traumáticas de la política argentina.

La explica apelando al mentado manual de conducción de Juan Domingo Perón, que califica de “catecismo sobre cómo conseguir, acumular y preservar el poder”.

Torre habla con la solvencia de quien ha buceado en los orígenes de ese movimiento y revelado la conducta de sus primeros adherentes gremiales. Lo dejó escrito en libros como “La vieja guardia sindical peronista”, “Los sindicatos en el gobierno” y “El gigante invertebrado”. Enriqueció sus análisis con compilaciones de diversos autores, una titulada “La formación del sindicalismo peronista”, y otra, “El 17 de octubre de 1945”.

Resulta placentero dialogar con quien transitó por aulas de prestigio internacional –aprendiendo y enseñando–, pudo acceder a formidables bibliotecas y tomar contacto con intelectuales brillantes. Nacido en Bahía Blanca en 1940, pero criado en Darregueira, donde jugaba en la casa de ramos generales de su padre, Torre llegó a Buenos Aires para ingresar en la Facultad de Filosofía y Letras y convertirse en estudiante crónico, debido al exceso de militancia universitaria.

"Las agrupaciones reformistas tenían todas las variantes de izquierda. Yo militaba con los comunistas, que en ese momento eran los más moderados, porque los socialistas vivían fascinados con la revolución cubana, que para nosotros era una aventura pequeñoburguesa. Hoy cuesta entenderlo, pero era así..."

El derrocamiento de Illia lo sorprendería como representante estudiantil en el Consejo Superior de la Universidad, sentado junto al rector Hilario Fernández Long, quien se resistía a entregar el viejo caserón de la calle Viamonte. Aquella intervención militar lo borró de la militancia y no tuvo más remedio que recibirse. Egresó de la UBA y también de la Ecole des Hautes Etudes, pues había tenido que cambiar el destino de una beca norteamericana por una inesperada -y fructífera- estada en París.

-¿Así concluyó la militancia política?

-La militancia, sí. Seguí formando parte de la intelectualidad de izquierda, pero sin vinculaciones. Trabajé en el Consejo Federal de Inversiones y en el Conade, donde conocí a los economistas católicos, pero la gran influencia la recibí en el Instituto Di Tella, donde me hizo ingresar Guido Di Tella, su creador. En esa universidad, sigo dictando clases. En París, fui alumno de Alain Touraine, uno de los sociólogos que más leía y trataba. Después fui profesor en la Universidad de San Pablo; más tarde me contrató el Instituto de Estudios Latinoamericanos de Londres y estuve en Oxford hasta 1982. En ese período, sólo viví un año en la Argentina. Regresé definitivamente en vísperas de la guerra de Malvinas y, naturalmente, volví al Di Tella.

-Y a la política...

-Inesperadamente, en 1983, Juan Sourrouille me invitó a participar en el equipo económico de Alfonsín, donde trabajé hasta 1988. Fue una gran experiencia, porque me dieron la oportunidad de ver cómo se cocina el bacalao.

-¿Qué hacía un sociólogo en medio de los economistas?

-Aportar una visión diferente y dialogar sin inhibiciones. Como era el que más había escrito, también me encargaban la redacción de documentos y de discursos. Así pude conversar mucho con Alfonsín, que pedía informes sobre distintos temas. También participé en el Grupo Esmeralda, armado por Meyer Goodbar, donde estaban Juan Carlos Portantiero y Emilio de Ipola. Eso me hizo ampliar y enriquecer mi visión.

-Pero ¿qué se aprende de nuevo?

-Se aprende a comprender las políticas públicas, cómo se instrumentan, cómo se enseñan. Desde entonces llevo varios años dictando clase sobre la materia. Primero, en la Universidad de San Andrés, y ahora, en la Universidad Di Tella. De esa apertura al mundo de las decisiones resultó, en 1998, el libro "El proceso político de las reformas en América Latina". Es un estudio comparativo de los contrastes latinoamericanos.

-Contrastes son los del peronismo... ¿Cómo lo definiría hoy?

-Como fenómeno político y cultural, el peronismo se ha enfriado. Ya no suscita los entusiasmos y los odios que lo acompañaron durante tanto tiempo. Se ha despojado de todo proyecto, de todo lo que le era propio. Hoy es un aparato político en el gobierno, antes era un territorio donde se cruzaban momentos calientes de la vida argentina. El abrazo Perón-Balbín, que reconcilió tradiciones antagónicas, hizo que se convirtiera en un partido más, que se desacralizara y dejara de ser contestatario. Ahora es un viejo partido, aunque con una capacidad de renovación permanente que los otros no tienen. Gana elecciones, pero también pierde gobiernos, porque dejó de ser un movimiento transformador y no suscita el mismo entusiasmo, excepto en algunos rincones del país donde aún se vive del pasado. El peronista es hoy un operador político, no el portavoz de una promesa alternativa. Lo han enterrado los propios militantes. Lo han convertido en un aparato de conquista y de mantenimiento del poder.

-¿Acaso no fueron ésas las enseñanzas del fundador?

-El principal legado de Perón a los peronistas fue su manual "Conducción política". Si otros legan valores, ideas, en el peronismo el proyecto es cómo se conquista, se mantiene y se reproduce el poder. Esta manera de hacer política contiene un agnosticismo ético, pues no se somete a valores y descree de las ideas. Sólo son vistos desde una perspectiva instrumental, lo que permite una gran capacidad de innovación.

-Podría decirse que se combina con el estilo autoritario de los sindicalistas, que negocian cualquier cosa con tal de mantenerse en el poder.

-No hay que olvidar que el primer auditorio de Perón en sus clases sobre conducción política fueron los dirigentes sindicales. Ellos absorbieron de su jefe una nueva manera de hacer política.

-Perón se consideraba un catedrático de la conducción, pero a la hora de pelear abandonaba el comando. Lo hizo en 1945 y en 1955.

-Perón diría que el conductor no debe exponerse en el terreno. Para eso están sus lugartenientes y su tropa. Para él, la conducción era, por sobre todo, una idea de orden. En 1955, estaba temeroso de que las masas generaran una instancia que él mismo no pudiera controlar. Si triunfaba, tenía que radicalizar la situación y realizar una justicia social en serio, pero los trabajadores no tenían la disciplina de antes, pues el Congreso de la Productividad había sido un fracaso. El Perón del 55 se había metido en un callejón sin salida. Ya no manejaba las fuerzas que había puesto en movimiento y la coyuntura le era muy desfavorable.

-¿Kirchner es el peronismo?

-Es una de las caras del peronismo. No es un fenómeno exótico dentro del partido. Con Kirchner, las políticas de gobierno viraron hacia posiciones opuestas a las de la gestión de Menem. Su intención es revertir el rumbo. Frente a la amnistía y el olvido resignado, se levanta la reapertura de los juicios y la memoria recurrente; a la apertura de la economía se opone la apuesta por el mercado interno; al desmantelamiento de la intervención económica estatal se opone la vuelta a los subsidios públicos. El colapso de 2001 ofreció el escenario propicio para proponer un viraje y Kirchner lo hizo, presentándose como un outsider, como alguien de afuera que viene con sus credenciales setentistas a hacer un ajuste de cuentas. Usando los términos dialécticos, diría que representa la antítesis de la tesis en boga en los 90. Sus políticas no constituyen una síntesis capaz de superar nuestro pasado y nuestro presente. Hoy, asistimos a un debate poco productivo entre setentistas y noventistas. Confío en que sea una escala transitoria, de la que podamos salir con Kirchner, si madura y cambia, o con quien lo suceda en el cargo y ofrezca un proyecto más abarcador, en sintonía con los tiempos del mundo.

-¿Le sirven al Presidente sus actitudes públicas desafiantes?

-A su llegada, los gestos desafiantes tuvieron un valor positivo, porque dieron la sensación de que por fin había alguien en el timón presidencial. Pero luego hubo resultados decrecientes. Las acusaciones a troche y moche generan incertidumbre, provocan conflictos innecesarios. Esa política de crispación no ayuda a reagrupar fuerzas. Kirchner está acostumbrado al manejo peronista del poder y no descarto, además, algo de teatro en su comportamiento público.

-¿Pero tiene algún proyecto concreto?

-En cuanto al funcionamiento de la economía, Kirchner tiene una gran nostalgia del estatismo, del mercado interno y de una Argentina que camine sobre sus propios pies. "Vivir con lo nuestro" sería una de las consignas que podría aglutinar esa visión de los poderes, del pasado, de la economía, como si los cambios en el país no hubieran dejado marca alguna.

-Nuestros gobernantes suelen reiterar esas visiones del pasado, que se contradicen con lo que ocurre en el mundo. ¿Es una deficiencia política, sociológica, institucional?

-Nuestro sistema presidencial hace que al vértice del gobierno lleguen hombres con muy poca experiencia de gestión y muy poco mundo exterior. Una de las características del sistema parlamentario es que quien llega a primer ministro ha hecho un cursus honorum bastante prolongado y es seleccionado por sus pares. Casi siempre ha sido ministro en gobiernos anteriores. Eso le da a la gestión presidencial una calidad más profesional. En cambio, nuestros presidentes no han circulado mucho. Son un reflejo del ámbito político, cuya característica es la falta de confrontación con las cosas del mundo. Por eso es que después tienen deslumbramientos. Duhalde, por ejemplo, fue a España y descubrió que la globalización iba en serio. Nuestro actual presidente tiene continuas experiencias de ese tipo, que son de una inocencia patética. Esto nos dice algo sobre la vida política argentina: carece de experiencia sobre lo que sucede en el mundo.

-En sus escritos, usted señala que los políticos siempre están proponiendo ideas que se ha probado que no sirven. ¿Es por ignorancia?

-Esa tendencia a volver a lugares donde ya se estuvo muchas veces es consecuencia de la inestabilidad política. La discontinuidad trae aparejada la pérdida de la trayectoria, de los antecedentes, y eso conspira contra una visión fresca. Uno se encuentra con gente que repite conceptos perimidos, que impiden resolver el problema de primera mano. Viendo de cerca la política, se advierte la limitación de ideas, la limitación en las comparaciones históricas. Los políticos son muy recelosos de lo que no sea la propia experiencia.

-¿Qué sensación le da el radicalismo? Tiene muchos intendentes, concejales, legisladores y gobernadores, pero parece congelado a la espera de un nuevo referente.

-El radicalismo tiene en su haber un triunfo del 52 por ciento en las elecciones de 1983, pero su último candidato a presidente obtuvo apenas el dos por ciento. Eso refleja su distancia con el electorado. Es un partido replegado en sus bases locales, tiene una organización extendida territorialmente, pero no es un partido con presencia nacional. Su gran ventaja sobre las nuevas agrupaciones es que cuenta con dicha red, con una difusión tan amplia. Es un partido con una gran diversidad, que no ha cesado, pues hoy una parte del partido apoya tibiamente la gestión de Kirchner, con el acompañamiento de Duhalde, y, además, existe una alternativa opositora.

-No obstante, existe una diferencia de estilo entre radicales y peronistas...

-Aunque ambos han mostrado muchas superposiciones sobre cómo hacer las cosas, es cierto que el radicalismo nunca ha tenido una fracción de derecha tan fuerte como la que llegó a gobernar el peronismo. El radicalismo tuvo conservadores, pero no fascistas. En el peronismo sí hubo fascistas.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?