Suscriptor digital

La silla de Mazzini

Por Néstor Tirri Para LA NACION
(0)
1 de junio de 2005  

En la plaza Roma hay un ombú de nudosas raíces, en cuyo tronco un corazón dibujado en blanco enlaza los nombres "Paulo y Beatriz". Alguna vez fue un paseo para los enamorados. También recalaban allí los italianos, que en 1878 erigieron un monumento a Giuseppe Mazzini; fue el reconocimiento de aquellos trabajadores inmigrantes que a fines del ochocientos fundaron en la Argentina las primeras organizaciones obreras, precisamente de extracción mazziniana.

Vale la pena acordarse de este político y pensador italiano en estos días en que se cumple el bicentenario de su nacimiento, que tuvo lugar en Génova un 22 de mayo. Casi coincidentemente se celebra también el aniversario de la República Italiana, consagrada luego del célebre plebiscito de posguerra del 2 de junio de 1946.

Pero plaza Roma, donde se erigió la estampa señera del impulsor de la unificación de Italia, debe de estar un poco caída, y hasta ignorada, porque cuando uno toma un taxi o un colectivo para llegar a LA NACION (que queda enfrente), infaliblemente el chofer pregunta: "¿Cuál es la plaza Roma?" En los días que corren, además, el otrora refugio de enamorados adquiere un tinte sombrío cuando, al anochecer, los desheredados sobrevivientes de la crisis se reúnen allí a ordenar los desechos recogidos.

También Mazzini sufrió la ingratitud del olvido, durante décadas, a tal punto que el monumento de la plaza porteña fue el primero que se le dedicó en el mundo, aún antes que en Italia. Fue uno de los pilares del Risorgimento, la tan disputada reunificación de Italia en el siglo XIX, y soñaba con la República. Italia se reunificó, finalmente, en 1870, pero bajo la hegemonía monárquica de los Saboya, después de la cual Mazzini, decepcionado en su afán republicano, apenas si recibió la calidez de unos pocos amigos que lo rodearon hasta su muerte, en 1872.

En la ficción, la literatura y el cine italianos capitalizaron varios tramos de aquella larga lucha por la reunificación y por la República. Notoriamente lo hizo Luchino Visconti, primero con Senso (1954, en la Argentina retitulada Livia, un amor desesperado), reelaboración de un relato de Camillo Boito que focaliza los últimos tramos de la resistencia patriótica contra la ocupación austríaca, hacia 1866, en el Véneto. También con Il gattopardo (1963), extraído de la formidable y solitaria novela de Giuseppe Tomasi Caro, príncipe de Lampedusa, que arranca con el desembarco de Garibaldi en Marsala, Sicilia, en 1860, y revisa el viraje de la nobleza en decadencia ante el avance de los rebeldes, con una manipulación sobre la base de la cual el pensamiento histórico social plasmó una categoría ya clásica, la de "gattopardismo": "Se vogliamo che tutto rimanga com´è, bisogna che tutto cambi" ("Si queremos que todo quede como está, es necesario que todo cambie"), dice el príncipe Fabrizio di Salina.

Otros films menos trascendentes rozaron también cuestiones parciales de los movimientos para el resurgimiento, como Allonsanfán (1974), de los hermanos Taviani -editado en la Argentina en DVD como Retrato de un traidor-, que ubica la acción en 1821: es el ingreso en la clandestinidad y la dispersión de patriotas nacionalistas cuando cae Napoleón (cuya dominación, había unido casi por completo a la Península) y sobreviene la restauración borbónica. Entonces, Mazzini tenía 16 años; más tarde advertiría los inconvenientes de una resistencia dispersa y, con la fundación de la Joven Italia en el exilio, procuraría unir las distintas corrientes de patrióticas.

Un momento más avanzado de la resistencia aborda En nombre del Papa Rey (1977), de Luigi Magni, que ubica la acción en octubre de 1867, en Roma, cuando son ejecutados Monti y Tognetti, las últimas sentencias documentadas del Potere Temporale de la Iglesia (esto es, la regencia de Pío IX, asumido en rey). Desde 1860, los distintos Estados de Italia venían superando las brechas y para 1867 ya estaba bastante reunificada, pero el Estado papal resistía y mantenía su dominio en el Lazio. Aquí, el escepticismo burlón del protagonista, monseñor Colombo da Tiberno (Nino Manfredi), renunciante a su rango ante Pío Nono, sirve para subrayar el irremediable ocaso de una situación que se resolvería tres años más tarde, con la llegada de Garibaldi a Porta Pia, en el centro de Roma. Pero hay una referencia interesante: este monseñor Colombo había militado en las trincheras durante la revolución de 1849, cuyo triunfo impuso, por el lapso de menos de un año, la vigencia de la República. En esa fugaz primavera política, en el gobierno republicano confluyeron Garibaldi y Mazzini.

Mazzini aterrizó más tarde en forma de estatua en una plaza porteña. Del mismo modo que, en otro punto de la ciudad, frente al Zoológico, Garibaldi se impondría poco después desde su propio monumento. El en plaza Italia, Mazzini en plaza Roma, dos variantes de la fuerte presencia de la inmigración peninsular en la gran ciudad-puerto de América del Sur.

Pero a Garibaldi le dieron un caballlo (claro, era el hombre de acción del Risorgimento); a Mazzini, en cambio, le pusieron una silla, en un rapto de arte escultórico bastante curioso. No es arriesgado sospechar que, para la obra destinada al centro de la plaza Roma, el escultor (Giulio Monteverde, uno de los maestros de Lola Mora) se basó en un grabado de época en el cual Mazzini luce apoyándose en el respaldo de una silla, y así, tal cual, el artista la plasmó en el granito. Pero una silla quizá sea un objeto demasiado cotidiano, poco habitual en obras monumentales que exaltan una personalidad trascendental o heroica.

La silla de Mazzini podría pasar a erigirse en un icono irónico, como las sandalias de Empédocles, la amigdalitis de Tarzán o el loro de Flaubert, sólo que un poco más camp. Sin embargo, algo de la amarga verdad histórica debe haberse deslizado, desde las profundidades del inconsciente, en la realización tanto de este monumento porteño. Mazzini había luchado demasiado, en vida, como para irse de este mundo sin asistir a la concreción de sus ideales. Esperó pacientemente y con firmeza a que los principios republicanos cobraran forma, pero en vano. Fue como si, de acuerdo con la ironía popular, le hubieran sugerido: "Tendrás que esperar sentado, nomás..." Y le dieron una silla.

Las revisiones de la historia, no obstante, han contribuido a hacer justicia y hoy, aunque tardíamente, la celebración del bicentenario de su natalicio ha cobrado una difusión excepcional en su país y en aquellos rincones del mundo en los que, como en la Argentina, los italianos rehicieron sus vidas después de hambrunas y de guerras.

Y que el aniversario de la República se conmemore apenas diez días después de la fecha del prócer es casi una reivindicación de su memoria, la revancha de un sueño republicano que debió esperar a que ocurrieran dos guerras y, en el medio, una prolongada dictadura (el ventennio nero del fascismo) para concretarse como la forma institucional actualizada del país, en una Europa que, por lo demás, hoy también está viviendo la antesala de su unificación. Para esperar tanto tiempo, por suerte, Mazzini tenía una silla.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?