En defensa de la Catedral

Enrique Cassagne fue uno de los jóvenes católicos que el 12 de junio de 1955 resistió el ataque al templo
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12 de junio de 2005  

Enrique Cassagne es un hombre afable, un conversador lúcido y atrapante que no esconde su condición de auténtico intelectual católico. Con 75 años, nueve hijos y cinco nietos, este ingeniero de reconocida trayectoria, hijo de un destacado general de división del Ejército, no tiene vergüenza de asumir un catolicismo tan espiritual como razonado y visceral, que ha sabido modernizarse pero hasta un punto que no piensa traspasar: "El punto en el que de tantas concesiones se deja de ser uno mismo".

Esas convicciones, seguramente, lo acompañaron el 12 de junio de 1955 cuando, siendo él presidente de la Acción Católica en la Capital, en la Iglesia de San Benito, le tocó defender la Catedral Metropolitana del ataque de las fuerzas peronistas. En su señorial caserón de Belgrano, en un clima de luces tenues y rodeado de bibliotecas, Cassagne relató aquellos episodios a LA NACION, acompañado por los aportes de su esposa Inés Fulten de la Colina, que discretamente entra y sale de la conversación para ayudarlo a recordar aquellos días marcados por la persecución del peronismo.

"Yo era presidente del Centro de Acción Católica y habíamos hecho una red para mantenernos comunicados. El domingo 12 de junio de 1955 yo estaba almorzando en casa cuando sonó el teléfono y el vicepresidente de la Acción Católica me avisó que estaba ocurriendo algo serio frente a la Catedral. Entonces nos fuimos todos a Plaza de Mayo, adonde llegamos antes de la una. Había varios jeeps con muchachones armados, con banderas y carteles de la Alianza Libertadora Nacionalista. Daban vueltas por la plaza, amenazaban, gritaban y apuntaban con sus armas contra los que nos habíamos reunido en la Catedral. Se corría el rumor de que iban a quemarla. Nosotros, los jóvenes católicos, que estábamos completamente desarmados, nos colocamos en las escalinatas de la Catedral. En un momento, los tipos se bajaron de los jeeps y empezaron a romper el macadán. Sacaron pedazos y el primero que tiraron me lo dieron a mí aquí -se señala la parte superior derecha de la frente -, así que entré al templo y me limpié la herida, que sangraba, con agua bendita."

El clima se fue poniendo cada vez más tenso -recuerda Cassagne- y empezaron a disparar al suelo, por lo que la gente que defendía la Catedral se tuvo que meter adentro. No había policías y, como era domingo al mediodía, tampoco había mucha gente en el lugar. Todavía no se había corrido la voz de lo que pasaba.

"Los que defendíamos la Catedral éramos más de 300, tal vez 340 jóvenes, mayoritariamente varones. Entre los presentes estaba mi amigo Carlos Alberto Velazco Suárez, que apenas 15 días antes había salido de la cárcel de Villa Devoto, donde había sido llevado por participar en las protestas universitarias, y que en la noche de ese día 12 volvería al penal. Ya dentro de la Catedral, se prendieron todas las luces y, en menos de diez minutos, todos los bancos estaban apuntalando las puertas que habíamos cerrado. Como estábamos desarmados, rompimos esas sillitas coloradas que utilizan los obispos y les arrancamos las patas para usarlas de palos. Todos pensábamos que, si los tipos de los jeeps entraban a la Catedral, ya sin bancos ni parapetos, éramos blanco fácil para sus armas de fuego. Para colmo, por debajo de las puertas empezó a entrar humo, como si estuvieran quemando la entrada. A todo esto, se dio una absolución general y se consumieron todas las hostias. Todos esperábamos que los tipos entraran y nos dispararan."

Mientras esto ocurría en el interior de la Catedral donde estaba Cassagne, en la plaza -rememora el ingeniero- había empezado a reunirse gente, pero la Policía, que finalmente se había hecho presente, persiguió a los manifestantes católicos por la calle San Martín, donde hubo corridas y gases mientras la tarde iba cayendo. En un determinado momento, la policía consiguió entrar a la Catedral por los techos. También entró el doctor Tomás D. Casares, integrante de la Corte Suprema, muy católico, que les pidió que salieran y les aseguró que tenía la garantía de que no les iba a pasar nada.

"Pudimos, en tanto, hablar por teléfono a nuestras casas y poner a nuestras familias al tanto de lo que estaba ocurriendo. El grupito provocador, el de los jeeeps, había desaparecido y la policía nos arrestó a nosotros, a los defensores de la Catedral."

Cassagne estima que serían alrededor de las 11 de la noche, el frío era penetrante y una espesa niebla empezaba a cubrir la Plaza de Mayo. "Había dos filas de policía montada y al final estaban los celulares, que se fueron atestados con nosotros adentro. Nos llevaron detenidos a la Guardia de Infantería y, finalmente, a Villa Devoto. Era impresionante, cuando uno iba entrando, una tras otra se cerraban las rejas con un fuerte ?clack´ metálico. Al quinto ?clack´ uno pensaba ?de acá no salgo más, estas cinco no las paso´. Hacía tanto frío que dormimos esa noche tirados todos juntos, pegados al vecino. Estaban acusados de casi todo: desorden, intimidación, portación de armas. Recuperada la libertad y caído Perón, los problemas legales no concluyeron para Cassagne, que aún hoy, cuando debe renovar el pasaporte, enfrenta trabas burocráticas derivadas de aquel incidente.

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