Julio Grondona: el caudillo que lleva el fútbol en un puño

Cuestionado, polémico y admirado, el hombre que con estilo campechano maneja desde 1979 la mayor pasión de los argentinos ha logrado sobrevivir a diversas épocas del país, sorteando tanto a las figuras políticas que lo tentaron para cargos públicos como a las que lo persiguieron sin éxito en los tribunales
Claudio Mauri
(0)
19 de junio de 2005  

Hace siete años, Julio Grondona se vanagloriaba y jerarquizaba con una comparación de su autoría: "Llevo tanto tiempo al frente de la AFA como el Papa en la Iglesia". El parangón tenía cierta verosimilitud, ya que Juan Pablo II había sido elegido por los cardenales en 1978, un año antes de que él asumiera en la institución de la calle Viamonte 1366 como sucesor de Alfredo Cantilo.

"A mí me eligieron los clubes, no el almirante (Alberto) Lacoste", se defendió de quienes lo señalaban como un instrumento del gobierno militar que por entonces encabezaba Jorge Rafael Videla. El 16 de abril de 1979 comenzó el mandato que le otorgaron por unanimidad 35 asambleístas, renovado sucesivamente mediante seis reelecciones. Por cierto, su gestión, temporalmente, tiene connotaciones papables, ya que parece extenderse hasta que él lo decida o su salud se lo permita. "El destino está en Dios", responde cuando se lo consulta sobre si en 2007 buscará otra reválida cuatrienal.

El hombre omnímodo de la AFA redujo a anécdota risible el único foco de oposición que enfrentó: en 1995, el fallecido árbitro Teodoro Nitti presentó una candidatura que sólo cosechó un voto.

¿Cuál es el secreto de esta perdurabilidad que, de alguna manera, desafía a la conveniencia de la renovación y la alternancia en el poder? Mandar está en la naturaleza de Grondona. A los 73 años, consumió las dos terceras partes de su vida siendo presidente. A los 24 años, junto con un grupo de amigos de Avellaneda, fundó Arsenal, club que es su orgullo y al que aconseja e influencia. Tiene asegurada la receptividad porque el presidente es su hijo Julio ("Julito"). Dejó la entidad de Sarandí para dirigir Independiente entre 1976 y 1979, paso previo a su llegada a la AFA, en la que ya había ingresado en 1978 como secretario de Finanzas y Hacienda.

Su trayectoria trascendió las fronteras y se ganó un lugar importante en la FIFA, donde ocupa una de las vicepresidencias desde 1988 y está a cargo de la Comisión de Finanzas, en la que se administra un presupuesto y un volumen de negocios superior a los mil millones de dólares. Por algo la FIFA es conocida como la industria sin humo más lucrativa del continente. Allí se ganó la confianza y la consideración del ex presidente Joao Havelange y del actual titular, Joseph Blatter, quienes aprecian en Grondona las cualidades de un hombre consecuente, responsable y prudente.

Grondona construyó un liderazgo que no descuida en ninguna circunstancia. "Con su estilo campechano, Grondona le advierte a su interlocutor que conoce el oficio y que no lo van a pasar así nomás. No tiene arranques autoritarios, pero sabe marcar su territorio para que ninguno se pase de la raya", explicó un importante dirigente de un club grande. "Es un personaje especial, con una capacidad notable. No cualquiera llega desde un club de barrio a la vicepresidencia de la FIFA", expresó un ex dirigente de Boca que lo frecuentó en la década del noventa. Fue moldeando un perfil de patrón, supo tejer alianzas y consensos que le respondieron con lealtad y sin cuestionamientos. "Julio todo lo hace pasar por él. Tiene el estilo de los caudillos. Recibe a los demás y les dice: ?Yo te lo arreglo, yo te ayudo´. Los hace sentir en deuda, dependientes. Así fue construyendo poder", sostuvo el ex directivo xeneize.

Como hábil negociador, siempre se las ingenió para conciliar intereses opuestos, como pudieron ser clubes grandes contra chicos, Buenos Aires contra el interior. "Sabe colocarse por encima de los problemas para no quedar enganchado con alguna parte", coinciden en su entorno. Su perpetuación en el poder puede ser vista como una virtud personal que no necesariamente es beneficiosa desde el punto de vista de la calidad institucional. Algunos lo acusan de aplicar una política de prebendas de comité, propia de quien está habituado a controlar, domesticar y repartir premios y castigos. "No es bueno que una institución se termine fusionando con una persona. Julio puede llegar a creer que quien lo critica a él critica a todo el fútbol. Oponerse a él es oponerse al sistema. Esto podría evitarse con una conducción más colegiada, más repartida y menos individualista", opinó el ex dirigente de Boca.

Más larga que en la AFA es su incursión en la ferretería Lombardi-Grondona, inaugurada en 1923 en Sarandí. A los 20 años debió abandonar los estudios en tercer año de ingeniería para cubrir en el emprendimiento familiar -es el mayor de seis hermanos- a su padre, un descendiente de genoveses afectado por una hemiplejia con parálisis que le causó la muerte a los 56 años. Allí conoció a la empleada Nélida Pariani, que luego sería su esposa y a quien asegura querer aún más que a sus tres hijos: Liliana, Humberto y Julio, quienes le dieron seis nietos. Está convencido de que nada lo endureció más en la vida que el secuestro de su hijo Humberto en 1973, a la salida de un entrenamiento de Arsenal. Durante nueve días se encargó de negociar con los secuestradores el pago del rescate y la liberación.

Por eso de que el "ojo del amo engorda al ganado", todas las mañanas pasa por la ferretería y sus dos estaciones de servicio, una en Avellaneda y otra en Bernal. También es copropietario de las empresas Crucesita y Baprisud S.A., dedicadas al negocio de la construcción. A media tarde suele llegar a la AFA, a su despacho del tercer piso, que de tan despojado de equipamientos modernos ni siquiera tiene una computadora. Grondona es de la época en la que todo se solucionaba sin tanta asistencia de la tecnología. Le alcanza con el teléfono, los informes de sus allegados y los encuentros personales.

Con los distintos gobiernos nacionales que fueron contemporáneos a su gestión, Grondona aplicó la política de la moderación: evitó tanto ser un reaccionario como caer en fuertes maridajes circunstanciales que pudieran hipotecarle el futuro. Así sobrevivió a gobiernos de signo militar, radical, peronista y aliancista. Cuando asumió Carlos Menem en 1989, algunos dirigentes futbolísticos con vinculaciones con el justicialismo urdieron un plan para desestabilizarlo, que no llegó a mayores por la intervención de Eduardo Duhalde, a cuyos oídos había llegado la condición de "intocable" que tenía Grondona para Havelange. Hizo toda una demostración de firmeza para mantener a Carlos Bilardo en los meses previos al Mundial 86, cuando desde la Secretaría de Deportes se montó más de un operativo para quedarse con la cabeza del técnico. Luego disfrutó del título en México con la satisfacción incomparable del que saca a flote una causa perdida.

Afiliado al radicalismo desde 1964, Grondona rechazó en 1983 la propuesta de ese partido para ser candidato a intendente de Avellaneda. "A la AFA no la cambio por nada", dice quien admite haber votado a Menem en 1995. Su condición de radical le valió durante el gobierno de Raúl Alfonsín para resistir el pedido de intervención de los ex diputados nacionales peronistas Miguel Unamuno y Héctor Maya.

Para evitar suspicacias, adoptó como norma no ir a la cancha en los partidos del campeonato local. Debe esforzar su memoria para recordar cuándo fue la última vez que observó un encuentro doméstico: "Fue un Independiente-Tigre de 1980, el día que debutó (Néstor) Clausen. Era presidente de Independiente con licencia".

La pasión de Grondona por el fútbol no se atenúa con el tiempo. Le dedica muchas horas por día domingo a domingo. Mientras la actividad local bulle los sábados y domingos, él se recluye con la familia en su campo de Loma Verde, un predio de 159 hectáreas en el que funciona un tambo con 200 vacas que son ordeñadas dos veces por día. Allí sigue conectado al fútbol a través de la televisión, la radio y los diarios. Siempre tiene el teléfono a mano para decidir o impartir instrucciones. No delega nada que signifique una demostración de autoridad.

El fútbol lo absorbió de tal manera que el ocio y el esparcimiento ocupan un lugar relegadísimo en su existencia. No se arrepiente de que su última visita a un cine haya sido en 1956, para ver "Lo que el viento se llevó". Sólo cuestiones protocolares relacionadas con su investidura lo llevaron a presenciar la película "Héroes", un documental sobre los campeones mundiales de 1986. Cada tanto prefiere ver algunos videos en su casa, acompañado por su esposa, en quien encuentra ese complemento cultural que a él no le nace. "Nélida me ayuda, tiene algo intuitivo para el arte, las películas y la música. Una vez le dije que era la vivencia de aquellos italianos que pensaban más en el arte que en otra cosa", comentó hace varios años.

Muchos dirigentes le reconocen la virtud de abstraerse de todo lo pernicioso que trae aparejado el fútbol, cuyo ambiente promueve la fama rápida y fácil, antesala de las tentaciones materiales. "A Julio no le conozco vicios ni excesos, sea con la comida, las bebidas o las mujeres. Puede ir a un congreso de fútbol a París y estar diez días sin interesarse por dar un paseo por Champs-Elysées. Eso le da una gran ventaja y autoridad moral sobre otros", contó otro dirigente.

La Justicia lo tuvo en la mira en más de una oportunidad, y en todas salió indemne. En la actualidad cuenta con orgullo que todas las causas que le abrieron fueron cerradas con su falta de mérito y absolución. En la AFA hubo más de 30 allanamientos por presunta administración fraudulenta y evasión impositiva, denuncia que había presentado el ex diputado justicialista Mario Das Neves, que también pidió la revisión de los contratos de televisación del fútbol firmados con Torneos y Competencias. El ex juez federal Carlos Branca lo procesó por el supuesto delito de encubrimiento en tres casos de dopping.

Sobrellevó la borrasca de esos tiempos con un talante público imperturbable, reprimiendo al "cabrón" que él admite llevar adentro y suele soltar en reconvenciones más privadas. "Todo pasa" es su difundida frase de cabecera, impresa en un anillo de oro macizo y en un exhibidor que está sobre su escritorio, detrás del cual hay una foto de 1979 que lo muestra en la cordial recepción que le dio en el Vaticano Juan Pablo II. Con los años, el visitante sigue haciendo un acto de fe para llevar al fútbol argentino en un puño.

Quién es

Un vecino de Sarandí

Julio Humberto Grondona nació en Avellaneda el 18 de septiembre de 1931. Desde entonces vive en Sarandí, donde posee una ferretería que heredó de su padre. Está casado desde los 24 años con Nélida Pariani, con quien tuvo tres hijos: Liliana, Humberto (director técnico) y Julio (presidente de Arsenal).

El fútbol es su pasión

Fundó el club Arsenal, fue presidente de Independiente (1976/79) y desde 1979 es el titular de la Asociación del Fútbol Argentino, cargo en el que fue reelegido en seis oportunidades. A partir de 1988 ocupa una de las vicepresidencias de la FIFA. Durante su gestión, el seleccionado argentino obtuvo el Mundial 1986, las copas América 1991 y 1993, la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004; el seleccionado Sub 20 ganó los títulos mundiales de 1979, 1995, 1997 y 2001. En 1989 inauguró en Ezeiza, en terrenos otorgados por el Estado en concesión durante 30 años, el predio de 600 hectáreas para entrenamiento y concentración de los seleccionados.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?