El desempleo según Costa-Gavras

Fernando López
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21 de junio de 2005  

"La indiferencia es el principio de la muerte. Veo alrededor de mí gente que, con la experiencia, se vuelve un poco cínica: son los que dicen que las cosas, de todos modos, nunca cambian. Yo me resisto. Y trato de fomentar esa rebeldía." A Costa-Gavras ("un caso curioso de bigamia" dice de sí mismo, en referencia a su condición de griego-francés) los años no lo han tumbado en el conformismo. Sus films pueden ser más o menos sutiles, más o menos retóricos, más o menos didácticos, más o menos intachables en términos formales, pero responden casi invariablemente a la voluntad de señalar lo que más lo inquieta (o lo indigna) en el mundo que ve a su alrededor. Un film de Costa-Gavras sin denuncia, suele decirse, no es un film de Costa-Gavras. Así ha sido desde "Z", el vibrante relato acerca de la Grecia inmediatamente anterior a la dictadura de los coroneles. Es decir: desde que empezó a etiquetárselo como el "inventor" de un género, el llamado thriller político, que el cine frecuentó hasta el agotamiento en la década del setenta. Con pocas excepciones (alguna tan recordada como la melancólica "Claro de mujer", de 1979), ese ánimo de denuncia caracterizó toda su obra, de "La confesión" (1970) a "Missing" (1982) y de "Estado de sitio" (1972) a la más reciente "Amén" (2002). El otro rasgo distintivo es su accesibilidad. Los films de Costa-Gavras pueden no proponer renovaciones en materia de lenguaje, pero son -como resumió un crítico francés- "inteligentes e inteligibles".

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Porque no ha cedido a la indiferencia y sigue atento a la realidad, no llama la atención que en su último film aborde un tema tan actual y tan alarmante como el desempleo. Lo hizo con "Le couperet" ("La cuchilla"), que está basado en una novela escrita por Donald Westlake en 1997 y que ha merecido el elogio de buena parte de la crítica francesa. Se la ha definido como una "mirada crítica sobre los efectos del neoliberalismo", como el "desciframiento nervioso de un horror económico que empuja a los hombres a convertirse en predadores de sus semejantes", como un "cuento negro y amoral que está entre el thriller, el gran guiñol y la metáfora política". Y precisó Le Monde: "El verdadero tema del film es el dilema que empuja a un hombre a actuar como un monstruo para librarse de la culpa de ver la decadencia de los suyos en la jungla social".

Esta vez, Costa-Gavras apunta a la desocupación, el individualismo y la precariedad de la vida contemporánea. Su protagonista es un alto empleado de una papelera que a raíz de una reestructuración de la empresa queda cesante tras quince años de competentes y leales servicios. Toda su existencia está a punto de derrumbarse. Para recuperar la felicidad y un trabajo que juzga merecer, el hombre decide pasar a la ofensiva eliminando metódicamente a todos sus potenciales competidores. Imagina que así salvará su nivel de vida, su pareja, su familia...

"Es la historia de un tipo que marcha a la guerra en defensa de su familia -sintetiza Costa-Gavras- como lo hizo su padre hace muchos años en defensa de la patria. Pero fatalmente esta guerra individual lo enfrentará al fin con alguien que lucha por ocupar su lugar. Es la eterna cuestión del más fuerte. El protagonista es un depredador, pero no es el único en este mundo."

Costa-Gavras cuenta que al concluir la proyección de su film en una ciudad del norte francés, el alcalde, que estaba sentado a su lado, le hizo un comentario que percibió sincero y amargo y por eso juzgó más terrible: "Uno no puede cambiar nada ya". Esa conclusión, tomada como una suerte de fatalidad y común a extensos sectores de la sociedad contemporánea, es lo que más inquieta al cineasta nacido en 1933 y formado junto a René Clair, Yves Allégret y Jacques Demy.

Precisamente para cuestionar esa y otras falsas certezas se entusiasmó con el costado de cuento amoral que vio en la novela. Por eso quiso a José García (el actor de "El restaurante", muy popular en Francia y con la imagen del hombre común con el que cualquiera puede identificarse) para que asumiera el papel principal. Quería asegurarse la adhesión inmediata de la platea para que después, cuando el protagonista se enfrenta con la exclusión, el individualismo y la competencia feroz, se lanza al combate, deviene "social killer" y actúa como un monstruo, el espectador pudiera preguntarse qué tiene de común con él. "La moraleja, si es que hay alguna en la historia -concluye Costa-Gavras-, estará en la respuesta que cada uno vaya a darse."

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