La Renga

En Vélez Sarsfield Buenos Aires
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1 de agosto de 2005  

El sonido o la furia

La banda récord del hard rock nacional, entre la épica popular y algunas limitaciones técnicas.

Es el día de la independencia y la banda argentina de hard rock más popular de todos los tiempos (casi 70 mil personas en dos noches en Vélez) ruge a la sombra de una serpiente inflable que se retuerce espasmódica entre los equipos de amplificación. El paisaje parece haber sido diseñado por el escenógrafo del Tren Fantasma del Italpark en un intento por replicar su último sueño en la Tierra Media. En el núcleo de ese averno de utilería, Gustavo Nápoli, alias Chizzo, se consagra dios dorado del festín: vincha atigrada, gesto adusto, pose de guitar heroe y garganta de dragón ronco, de bujía empastada y doble carburador. Hasta la época de Despedazado por mil partes (1996), Chizzo encarnaba al vocalista viril y cristalino del heavy melódico (entre jaf y James Hetfield); desde entonces, su desarrollo interpretativo avanzó hacia una carraspera volcánica que, en estos días, suena a un ronroneo gutural en la línea ioriana. Cada vez más, Chizzo es el héroe de la fábula, la estampita motoquera, un gladiador socarrón (capaz de ponerse una nariz de payaso mientras canta la pubescente “El revelde”) y sobreactuar hasta la caricatura el dolor que provoca un filoso punteo de guitarra (eso sí, nada de zapatillas: “Yo toco con la púa”, dijo cuando voló la tercera llanta).

Pero todo eso que la banda tiene para ofrecer (un bloque macizo de rock pesado y metal rústico, de hits de carretera y metafísica barrial) exhibe una asombrosa debilidad en la primera parte del show. El bajo de Tete suena sólo para él. Tanque golpea la batería con desdén de obrero metalúrgico en horas extra y lo que sale por los parlantes es un aporreo monocorde de chapa acanalada (más doble bombo, eso sí). Con una apuesta inicial bien heavy (“Detonador de sueños”, “Las cosas que hace”, “En el baldío”), La Renga demora unos seis temas en ganar robustez y cohesión. Y en esta etapa ambiciosa en términos de velocidad y virtuosismo, lo peor que le puede pasar al grupo, en vivo, es fallar en la resolución técnica y en la dinámica instrumental (el mayor problema de la base no es que se vaya de tempo, ¡sino que abandone el swing!)

Cuando La Renga recobra consistencia (o cuando la aparición de una segunda gui-tarra, en este caso la de Eli de Los Gardelitos, genera un tipo de fricción diferente) y las canciones braman con sus estribillos de pelos al viento e intersticios épicos (“Hielasangre”, “Panic Show”, “La razón que te demora”, “La balada del Diablo y la Muerte”), a uno le da la sensación de que el viejo rock de estadios, eventualmente, puede resultar conmocionante (como ocurrió en Huracán, con esa puesta simétrica, megalómana y –con perdón– pirotécnica); y que el éxito de La Renga, corrido de cualquier patrón de tiempo y mercado, es un fenómeno que se autoabastece y acumula poder genuino. Más allá de esa verdad irreprochable, cuando la previsibilidad choca con ciertas deficiencias técnicas (sobre todo en un recital de casi tres horas), lo que tenemos es un show que se quiebra y recompone sólo en torno de un código preestablecido con su público. Y a veces uno tiene ganas de sorprenderse un poco.

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