El estratego de la Casa Rosada

Arquitecto de casi cada uno de los movimientos políticos del presidente Kirchner, el secretario legal y técnico de la Presidencia es uno de los hombres más poderosos del Gobierno
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21 de agosto de 2005  

Si es verdad que Carlos Corach, durante muchos años, puso toda su astucia abogadil al servicio del presidente Carlos Menem para acomodar en la Casa Rosada lo político con lo jurídico -claro, y viceversa-, no viene mal recordar que aquel secretario legal y técnico de la Presidencia, luego ministro del Interior, fue un peronista tardío, militante del Partido Comunista en la época en que llevaba un peine en el bolsillo del pantalón y aún no se había hecho desarrollista. No viene mal recordarlo porque da la casualidad que el actual secretario legal y técnico de la Presidencia, Carlos Zannini, un abogado cordobés que se hizo santacruceño a quien cabría llamar mano derecha de Néstor Kirchner si el presidente fuera soltero, también viene de la izquierda. Pero Zannini no fue marxista ortodoxo sino maoísta, matiz seguramente ajeno, en cuanto a consecuencias, a la distancia ideológica que -ahora se insiste- separa a los asesorados Menem y Kirchner.

Se ha dicho muchas veces que Zannini influye en el destino del Gobierno como principal redactor de discursos de Kirchner (tarea en la que también intervienen el jefe de Gabinete y la primera dama). Pero su poder concreto quizás se mida mejor sobre su escritorio de la planta baja de la Casa de Gobierno, frente al Patio de las Palmeras. Allí se escriben y aprueban todos los decretos que firma el Presidente (incluido el centenar y medio de decretos de necesidad y urgencia con los que Kirchner gobernó hasta ahora, superando la cantidad de proyectos de ley enviados al Congreso), se estudian los vetos presidenciales totales y parciales a las leyes, se definen reglamentaciones legales, se tramitan las ternas propuestas para designaciones judiciales, se adoptan cientos de decisiones administrativas y se custodian los famosos leyes y decretos secretos que apenas un puñado de argentinos vio alguna vez. "El secretario legal y técnico de la Presidencia es como un superministro", dice el constitucionalista Jorge Vanossi, diputado nacional macrista, quien a la vez rehúsa amablemente brindar una opinión sobre el doctor Zannini: "Se trata de un abogado del que no se conocen muchos antecedentes, porque actuó en un foro al que no se pudo acceder".

Zannini, que fue uno de los indemnizados por el Estado por haber sido detenido en los años setenta, lleva al parecer un nivel de vida alejado de cualquier ostentación. Con una casa en Río Gallegos, otra en Villa María y un departamento en Buenos Aires, una cuatro por cuatro del 2000 y un auto del 97, su patrimonio no dista demasiado del estándar de un matrimonio de profesionales de clase media, de acuerdo con lo que se lee en el formulario público presentado ante la Oficina Anticorrupción, que consigna sendas pensiones ordinarias otorgadas por la Caja de Previsión Social de Santa Cruz a favor de dos de sus hijos. El secretario trajo a su familia a vivir a la capital meses después de asumir el gobierno, aunque suele viajar al Sur con el Presidente.

Quien haya conocido sus facciones entenderá que a Zannini le dicen "el Chino" por sugerencia de la naturaleza, aunque algunas fuentes autoproclamadas memoriosas sostienen que el mote no es de raíz fisonómica sino ideológica. Nacido en la pequeña localidad cordobesa de Villa Nueva, cerca de Villa María, de padre albañil y madre ama de casa, el joven Zannini -hoy de 51 años- desarrolló su primera inclinación política, como buena parte de su generación, en la época del ascenso camporista y el retorno definitivo de Perón al país y al poder. Era entonces estudiante de derecho en la Universidad Nacional de Córdoba y militaba en Tupac, brazo estudiantil de Vanguardia Comunista, una expresión del maoísmo clásico diferenciada del Partido Comunista Revolucionario. Precisamente bajo el tercer gobierno peronista Zannini estaba en una esquina cordobesa en la confitería El Molino, en la avenida General Paz, el día que cayó preso. Supo del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 y también del Mundial de fútbol de 1978 en la penitenciaría de La Plata. Recién recuperó la libertad al cabo de tres años, aunque en su caso sin hacer uso del resorte de la opción para salir del país que el régimen militar daba a ciertos detenidos blanqueados o legalizados. Zannini se quedó en Córdoba, se recibió de abogado en 1981, se casó y tuvo una hija.

Según dos viejos conocidos del ahora poderoso secretario Legal y Técnico de la Presidencia, la mudanza a Río Gallegos sólo fue en los albores de la democracia, siguiendo la ruta de media docena de antiguos camaradas de Vanguardia Comunista. En su caso, entonces, parece más lógico atribuirla a la búsqueda de un destino oxigenado antes que a las imposiciones de otra persecución política. El adelantado Jorge "el Negro" Chávez, hoy camarista en la Justicia santacruceña, le dio la primera mano. Lo ayudó a conseguir en Río Gallegos un puesto en la Fiscalía de Estado, lo que permitió a los Zannini instalarse pronto en una vivienda oficial de la provincia.

No está muy claro el modo ni el día en que "el Chino" se convirtió al justicialismo (LA NACION intentó sin éxito chequear los datos de su biografía con el propio funcionario), aunque sí el lugar: la capital de Santa Cruz, más específicamente la unidad básica Los Muchachos Peronistas, donde hizo valer las dotes de cuadro político y persona muy inteligente que hasta sus mayores críticos -que los hay, por cierto- le reconocen al evocarlo. Allí le fue presentado el joven abogado especializado en remates inmobiliarios y político emergente Néstor Kirchner, desde el Frente para la Victoria Santacruceña un rival del flamante gobernador Arturo Puricelli, agraciado, de todos modos, con la conducción de la Caja de Previsión Social. Fue, qué duda cabe, un encuentro trascendente: Zannini iba a convertirse en el hombre más cercano del actual presidente durante toda la carrera política de éste, con la sola excepción de unos meses en que ambos se pelearon y el cordobés se fue a probar suerte como abogado en Comodoro Rivadavia. No fue un suceso la temporada chubutense, pero constituyó uno de los contadísimos contactos que tuvo Zannini con el ejercicio de la profesión (fuera del trabajo en el Estado), algo que sería motivo de reproche años más tarde, cuando resultó catapultado a la presidencia del Superior Tribunal de Justicia de Santa Cruz con magros antecedentes jurídicos. Se sabe que también practicó por un breve período, en un estudio de Río Gallegos, el derecho de familia. "Sus escritos llamaban la atención -recuerda una veterana empleada de los tribunales de esa ciudad- porque tenían un estilo novelado, de mayor calidad que el promedio".

Tras haber sido asesor letrado de la Caja de Previsión Social, Zannini pasó a ejercer esas mismas funciones en la Municipalidad de Río Gallegos, en 1987, cuando Kirchner ganó la intendencia. Luego, el intendente lo ascendió a secretario de Gobierno. Y cuando Kirchner llegó a la gobernación, Zannini juró como ministro de Gobierno.

Gran lector, de vida austera, buen jugador de fútbol en su Córdoba natal y de tenis en su Santa Cruz adoptada, Zannini afrontó en 1986 una tragedia familiar. Pocos meses después del nacimiento del segundo hijo, su esposa falleció en una sala de operaciones. Con la abogada Patricia Alsúa, su segunda esposa, que es asesora letrada del gobierno provincial, tiene otros dos hijos.

Al revés de lo que parece común en el gremio de los políticos, Zannini siempre cultivó un marcado interés por no aparecer en los diarios ni en la televisión, como si fuera devoto de un estadio superior del bajo perfil. Su exposición pública voluntaria se limitó a lo que alguna vez fueron las tertulias dominicales de la FM Cooperativa de Río Gallegos. Ahí sumaba su voz a la de Kirchner en un programa de mediodía donde se distribuían críticas a los opositores provinciales, al cabo del cual, cuentan testigos, cocinaba con buena mano para el grupo de amigos. Pero al promediar la década del noventa, cuando Cristina Kirchner debió dejar el liderazgo político de los diputados provinciales para asumir una banca en el Congreso Nacional, Zannini fue movido a la Legislatura, lo cual lo obligó, como cabeza de lista y por única vez, a hacer campaña. De 1995 a diciembre de 2001 presidió el bloque oficialista.

Desde el Ejecutivo, desde el Legislativo o como mano derecha (masculina, conviene repetir) del gobernador Kirchner, su obra jurídico-política quedó estampada en la vida provincial. Zannini fue -en esto coinciden las fuentes oficialistas y opositoras- el diseñador de las dos reformas constitucionales santacruceñas: la de 1994, que le dio la reelección por única vez a Kirchner, y la de 1998, que instauró la reelección indefinida y eliminó la cláusula de consanguinidad (por la que un pariente o cónyugue no podía suceder al gobernador). También fue el autor de una reforma electoral -ley de lemas incluida- por la cual, de los 24 miembros de la Legislatura, 14 se eligen a razón de uno por pueblo y 10 por distrito, una ingeniería que consiguió ahorrar opositores: hoy, 22 de los 24 diputados son justicialistas. Se le atribuye, además, el manejo del escandaloso caso, todavía inconcluso, de Eduardo Emilio Sosa, el procurador general destituido en 1995 por el gobernador y cuya restitución ordenada por la Corte Suprema fue desoída por la provincia.

Ya en el Poder Judicial, fue Zannini, esto es bien conocido, el Julio Nazareno de Santa Cruz. Así como el presidente Menem designó en la Corte Suprema a su antiguo socio de estudio jurídico, el gobernador Kirchner nombró en el 2001 a su amigo y mano derecha (siempre descontando la no homologable esposa Cristina) en el Superior Tribunal de Justicia, práctica que en su momento comentó en términos severos el jurista Eugenio Zaffaroni y que el presidente Kirchner, justo es subrayarlo, no repitió al renovar media Corte.

Por fin, Zannini dejó de ser juez de la máxima instancia provincial para desempeñarse como número tres del gobierno nacional: así lo ubicaron media docena de fuentes, kirchneristas y antikirchneristas muy familiarizados con la historia de este grupo, el de los pingüinos. Ninguno de los consultados dudó en anteponerlo a cualquier otro ministro, incluidos el jefe de Gabinete Alberto Fernández o el de la Producción, Julio de Vido. El más enfático fue un santacruceño que supo ser del riñón: "No se equivoque -le dijo al cronista-, Lupín (por el Presidente) es el de la determinación y el que manda, Cristina aporta una extraordinaria intuición y el Chino es el verdadero cuadro político". También el radical Alfredo "Fredy" Martínez, diputado nacional y candidato a senador nacional por Santa Cruz, considera "brillante" a Zannini y cuenta a modo de ejemplo: "Cuando yo era intendente de Río Gallegos y teníamos reuniones con los militares, él hablaba sobre estrategias, tema que ha estudiado en profundidad".

Dicen que no golpea la puerta del despacho presidencial para entrar. Quién sabe si es sólo una metáfora. Piénsese que Kirchner nunca ocupó un cargo público sin que este mismo hombre más o menos corpulento fuera el que recomendara "firmá acá". O "esto no conviene que lo firmes". Y el que puso en letra de molde todas las decisiones oficiales. De eso y de conversar prácticamente todos los días con el matrimonio Kirchner sobre las medidas que toma el gobierno trabaja este cordobés desconocido por el público al que la Patagonia, un día, le cambió la vida.

Quién es

"Pingüino" cordobés

Carlos Zannini nació en Córdoba hace 51 años. En los años 70 desarrolló sus primeras inclinaciones políticas en el maoísmo. Mucho más tarde se convertiría al justicialismo. Abogado, ejerció su profesión en Comodoro Rivadavia durante muy poco tiempo.

Mano derecha

Acompañó a Néstor Kirchner durante toda la carrera política de éste. En Santa Cruz desempeñó el que quizá fue su puesto más controvertido, la presidencia del Superior Tribunal de Justicia de la provincia, y abrió el camino al entonces gobernador hacia la reelección.

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