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Coldplay conquistando el mundo

Liderados por el vegetariano más sexy del planeta, alcanzaron la cima recuperando la tradicion britanica mas hitera, de los Beatles a U2. Ambiciones, miedos, autocontrol y secretos de las ultimas megaestrellas del rock & roll global.
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1 de septiembre de 2005  

La mañana posterior a que cuatro bombas estallaran en Londres, Chris Martin se sube a un colectivo rojo de dos pisos de la línea 29. Mientras avanzamos lentamente por Camden Road hacia el sur, Martin se saca la capucha del buzo, sonríe y dice: “Hace mucho tiempo que no hago esto”. No habla de viajar en transporte público sino de visitar su antiguo barrio, donde Coldplay empezó a componer, ensayar y tocar las canciones que le darían forma al ascenso del grupo hasta la cima de los charts. Pasamos junto al lugar donde funcionaba el Laurel Tree Club, donde Coldplay realizó su primera presentación, un show con localidades agotadas en el que tocaron bajo el espantoso nombre “Starfish”, y por el >que obtuvieron su primera paga, un cheque por 80 libras (unos 130 dólares), que dividieron entre los cuatro. Más adelante, frente al pub Lord Stanley –cuna de los primeros encuentros de muchas bandas y de muchas noches de borrachera–, nos bajamos del bus y caminamos hacia una lúgubre casa de dos pisos en el 268 de Camden Road. Martin se dirige al segundo piso, que alguna vez fue centro de operaciones del club de fans de The Clash. Pero en 1997, fue el departamento que compartió con el futuro guitarrista de Coldplay, Jonny Buckland. “Allí es donde hicimos nuestro primer ensayo”, dice, señalando la habitación de Buckland. “Teníamos batería y todo, y mientras dejáramos de tocar a medianoche, nadie se quejaba. No había ninguna otra casa en Londres donde pudieras hacer eso.” Por un momento, se queda quieto, como si en su cerebro fluyeran los recuerdos. “Es un basural, ¿no?”, dice, rompiendo el silencio. “Pero a nosotros nos encantaba. Todavía lo quiero con pasión. Allí es donde escribimos las canciones que nos definieron. Justo allí.”

Christopher Anthony John Martin nació 300 kilómetros al suroeste de Londres. Creció en la protegida Exeter, una ciudad observante y temerosa de la Iglesia. “No sabía nada del mundo exterior”, dice. Su madre era maestra y su padre contador, y uno de los primeros recuerdos de Martin es de cuando sus padres regresaron de unas vacaciones en Venecia y le regalaron una guitarra de juguete. La guitarra se quedó en un rincón juntando polvo, y Martin desarrolló un interés por el piano familiar. Su mundo musical se dio vuelta como un guante a los 11 años, cuando un maestro de música, Steven Tanner, llegó a su escuela con un teclado. “Hasta ese momento, el maestro de música era muy clásico”, dice Martin. “Pero Steven nos dijo que la música era para todo el mundo, y que el hecho de no contar con entrenamiento clásico no significaba que uno no pudiera tocar. Lo cual fue increíble. Antes, nunca nadie nos había dicho que eso era posible.”

Rápidamente, él escribió su primera pieza instrumental, vagamente basada en el tema de Un detective suelto en Beverly Hills [Beverly Hills Cop, Martin Brest, 1984], “Axel F”, pero todavía no pensaba en la música como su vocación. “Cuando uno nace en el seno de una familia blanca de clase media, en el condado de Devon, piensa que hay ciertas cosas que no le están permitidas”, dice. “Como ser una estrella pop, o dejarse el pelo largo.”

Pero al poco tiempo, Martin viajó a Londres para asistir a una elegante escuela secundaria llamada Sherborne. “Entre los 13 y los 17 años abrí los ojos”, dice. “Hasta ese momento, mi vida era tan algodonada... Estando en Sherborne sentí por primera vez que a algunos no les caía bien.” Hace una pausa. “Bueno, caminaba raro, y, para ser honesto, era bastante estúpido, ni yo mismo me hubiera caído bien.” (Esta es la manera que tiene Martin de hablar: cualquier revelación sobre sí mismo es instantáneamente desactivada con una broma. Hace chistes todo el tiempo, y le preocupa que los detalles personales suenen “cursis” o “irrelevantes”.) Martin pasó muchas noches durante la secundaria en salas de ensayos, tocando el piano. Su espiritualidad también dio un giro drástico. Martin había sido criado como un cristiano creyente (no del mismo Dios, aclara, que “el de esos fundamentalistas norteamericanos” como George W. Bush) y a temprana edad, cuando cantó en la iglesia, sintió el poder de lo colectivo. “La sensación de estar cantando todos juntos es la mejor del mundo”, dice. En Sherborne, Martin descubrió que su creencia se había transformado en algo más ecuménico. “Pasé por una etapa extraña, desde los 16 años hasta los 22, en la que Dios, la religión, la superstición y la razón se me confundieron bastante”, dice. “Creo que mucho de nuestra música viene de allí. Definitivamente creo en Dios. ¿Cómo puedo mirar cualquier cosa sin sentirme abrumado por su carácter milagroso? Todo, desde esa alfombra hasta tu nariz o mis bolas, es maravilloso. De hecho, mis bolas son un milagro muy particular.” (Que quede claro: no hay ninguna conexión entre mi nariz y los testículos de Martin.) Martin ya no podía articular sus pensamientos en torno a la idea de un infierno, especialmente cuando éste se relacionaba con una moral sexual. Aunque ésa no era la razón por la que no tenía relaciones sexuales. “Honestamente, no tenía idea de lo que hacía. Me hubiera gustado que alguien se me acercase cuando yo tenía 14 años para explicarme cómo brindar un orgasmo. No sé... es muy extraño para mí ser el vegetariano más sexy del mundo” –como demuestra una encuesta de peta, la organización que brega por un tratamiento ético a los animales– “porque hace ocho años, si invitaba a alguien a mi casa a comer una hamburguesa de tofu, no habría aceptado”.

Mientras caminamos hacia la parada del colectivo, la mente de Martin se enfoca de nuevo en el tema de las bombas. “En este mismo momento, cuarenta familias están sufriendo”, dice. “Es una mierda. Ojalá la gente pudiera ver más allá, los motivos que puede tener alguien para querer poner una bomba en Londres o en Nueva York, y no sólo se preocuparan por atraparlos.” La mañana de los ataques, Martin estaba con su familia en Francia, y esa noche realizó un show en Holanda. Luego del show, cuando el avión privado de Coldplay aterrizó en Londres, Martin se dirigió a su casa y salió para comprar nafta para su scooter. “Lo que debe haber sido ver a un tipo con capucha, a las dos de la mañana, con un tanque de nafta en la mano”, dice. “Como estar caminando solo a la noche por el bosque y sentirte aterrorizado. Después pensás: «Dios, si alguien pasa y me ve, se va a asustar de mí». Es una cuestión de X e Y: cómo uno puede ser dos cosas a la vez.”

X&y”, así se llama el tercer disco de Coldplay. El título conjuga cromosomas e incógnitas matemáticas. “Siempre buscamos la respuesta a nuestras preguntas”, dice Buckland. “ X&Y representan las respuestas que no podemos encontrar.” El bajista Guy Berryman agrega: “Hay un tema que recorre el álbum, una sensación de dualidad, la idea de que no existe la luz sin la oscuridad, o el ying sin el yang”. Al referirse a Coldplay, es incluso más profundo. Es lo que tienen bajo control versus lo que está fuera de su dominio. Es su abrumador éxito comercial –sus dos primeros álbumes, Parachutes, de 2000, y A Rush of Blood to the Head, de 2002, vendieron más de 20 millones de copias en todo el mundo y ganaron el Grammy al Mejor Album Alternativo–, contra la etiqueta del New York Times que los señala como “la banda más insufrible de la década”. Para Chris Martin, se trata de ser reconocido como un compositor serio versus que en el diario hablen de él como el marido de Gwyneth Paltrow. Según el baterista Will Champion, X&Y en parte se refiere a Martin. “El es sorprendente y creativo, y es increíble estar cerca de él”, dice Champion. “Pero la contracara de eso es que puede ser pesado y malhumorado. No hay muchas zonas grises en el medio.”

En octubre de 2003, tras casi un año y medio de gira promocionando Rush of Blood, Coldplay se metió en el estudio con un puñado de buenas canciones. Mala idea. “Habíamos girado demasiado y necesitábamos ver a nuestras familias, a nuestros amigos... simplemente ser normales”, dice Champion. “No es que nos odiáramos, pero no hablábamos mucho y las cosas comenzaron a ponerse un poco feas.” A los ocho meses de estar en ese proceso, tuvieron una reunión y decidieron reconcentrarse y redescubrir la química que sentían al principio, cuando tocaban como un cuarteto en una húmeda sala de ensayos. “En algunos aspectos, fue un álbum que hicimos muy rápido”, dice Berryman considerando el proceso de un año y medio. “Lo que nos llevó más tiempo fue descubrir el concepto.”

Muchas de las canciones de X&Y se inspiraron en los héroes de la banda. Al hablar con Martin a comienzos del verano, me quedé un poco sorprendido cuando me dijo que para él Coldplay era “increíblemente bueno plagiando”. Pero eso no es todo. Como hizo en la secundaria con su versión de “Axel F”, Martin tiene una habilidad notable para ingerir una canción ajena, darla vuelta en su cerebro y escupir un homenaje único. (Extrañamente, el primer single de X&Y, “Speed of Sound”, fue superado en los charts ingleses por una nueva canción de Crazy Frog, un cover de “Axel F”.)

“Me acuerdo de un maravilloso artículo sobre Radiohead que leí al poco tiempo de conocerlos”, dice Martin. “Jonny Greenwood decía que todas las canciones de ok Computer eran un intento de hacer la canción de otro. Y eso es algo que a veces nos pasa también a nosotros.” En esa tradición, “Talk” no habría sido posible sin Kraftwerk, y “The Hardest Part” es una oda a rem (Martin es muy cuidadoso al rendirle tributo a Michael Stipe: “Le perdí todo respeto a la fama, pero no perdí el respeto al respeto. Y si hay algo bueno en el hecho de ser famoso es el conocer personas a las que respeto. Nuestra relación es equivalente a la de un perro con su amo. Yo voy a admirarlo siempre”.)

Un punto alto del show de Coldplay es “White Shadows”, inspirado en “Mad World” de Tears for Fears. El título “White Shadows” fue tomado de una serie de los 70 producida por el suegro de Martin, Bruce Paltrow. A pesar de que Martin no lo conoció, X&Y está dedicado a él –en el librito del cd se lee: “Para bwp”. “Quise que fuera algo sutil”, dice Martin. “Es una manera de encontrarle sentido a la muerte.”

Lo que no se lee en el librito de X&Y son las letras de Martin, algo un poco raro para alguien cuya visión del abandono, la aprensión, la fragilidad y el amor han resonado en tantos fans. “Es que no soy un buen letrista”, dice Martin riéndose. “Cuando uno escucha a alguien como Ian McCulloch o Bob Dylan... ésas son letras que deben ser impresas. Las mías son sólo un puñado de sentimien“Es el único modo que tengo de encontrarle sentido al mundo”, dice. Igual, lo que mejor le sale, dice, es inventar rimas tontas para las tarjetas de cumpleaños de sus amigos.

X&Y debutó en el primer puesto de los rankings en más de veinte países. “Cuando empezaron a aparecer los números, fue increíble”, dice Champion. En los Estados Unidos, donde llegó a ser el disco que más rápidamente se vendió en el año, alcanzó las 737 mil placas vendidas en la primera semana, y en Inglaterra es el segundo álbum con mayores ventas de la historia, después de Be Here Now de Oasis. El éxito de X&Y quitó el sabor amargo que las críticas negativas habían dejado en la boca de Martin. El llegó a la conclusión –después de, según admite, haber estado un poco deprimido un par de semanas– de que la polaridad en las opiniones sobre Coldplay es completamente saludable. “Me resulta excitante”, dice. “A algunas personas les gusta el sadomasoquismo, algunas personas se travisten, y a algunas personas les gusta Coldplay: no me molesta ser un fetiche. No me importa no ser cool. Nunca fui cool en mi vida. Que me hayan elegido el vegetariano más sexy del mundo es lo más cool que me pasó jamás.”

Martin hace una pausa, mientras mastica una papa frita Pringles con sabor a cebolla. Luego, en voz muy baja, invoca al ex novio de su esposa. “No es algo tan cool como ser Brad Pitt, pero me eligieron a mí”, dice, con una sonrisa torcida. “Esos fueron los dos desafíos más importantes de mi vida: intentar ser como Radiohead e intentar de ser como Brad Pitt.”

Martin conoció a Paltrow en un show de Coldplay en Londres en octubre de 2002, unas dos semanas después de la muerte del padre de ella, y se casaron en diciembre de 2003. “Ella es fantástica”, dice él. “Tras cuatro meses de estar con Gwyneth, me di cuenta de que todos somos humanos. Idealizamos a las personas como si fueran de otro planeta. Quiero decir, para mucha gente, Hollywood es tan inaccesible como Marte. Cuando empecé a conocer famosos, en cierto modo me deprimí, porque dejé de creer en la mitología de ciertas personas. Al mismo tiempo, es muy liberador, porque pensás: «Bueno, no hay ninguna razón por la que yo no pueda escribir Sgt. Pepper».”

Poco después, en mayo de 2004, llegó Apple Blythe Alison Martin, con música de fondo de Sigur Rós. “Me encanta estar con mi hija, y soy el padre más orgulloso que conozco”, dice Martin. “Tenemos la ambición de convertirla en la mayor estrella infantil del mundo: ¡la próxima Macaulay Culkin!” Está bromeando, por supuesto, pero Apple ya habla y camina. ¿Tiene acento británico? “Ese es un tema sensible. Todavía no estoy seguro”, dice su padre. “A veces suena como francesa, tal vez haya algo que yo no sepa.” Considerando la metralleta de los paparazzi sobre ella, le pregunto a Martin si no le molestó ver la imagen de su hija –se la veía adorable con sus zapatillitas rosas y auriculares haciendo juego– en las pantallas de los televisores durante la transmisión mundial del Live 8, el 2 de julio. “Me hubiera molestado en cualquier otra ocasión, pero era el Live 8”, dice. “Yo estaba contento de que la primera experiencia de mi hija en un concierto –además de los shows de Coldplay que presenció– fuera para ver a u2 y a Paul McCartney juntos.”

El propósito de combatir la pobreza que persigue el Live 8 es afín a los sentimientos de Martin. Su madre es de Zimbabwe, y cuando era chico visitó Africa. Coldplay ha apadrinado la causa del Make Trade Fair –que propone abrir las fronteras a los productos extranjeros, de modo que los países del Tercer Mundo puedan tener un lugar parejo en el mercado global– por más de cuatro años, desde que se reunieron con la organización inglesa Oxfam. La banda consiguió que más de tres millones de fans firmaran peticiones para la causa, y muchos se están involucrando incluso más. “Algunas personas confunden la caridad con causas que realmente benefician a todo el mundo”, dice Martin. “Nosotros estuvimos en lugares en los que la situación es una mierda. Si venís a Haití con nosotros la semana que viene, vas a ver lo que es la miseria. Uno diría que ese problema se va a volver contra nosotros de alguna manera.”

Me vuelvo a encon-trar con Coldplay dos semanas después, durante un viaje a Japón. La estadía de cuatro días precede a la gira por anfiteatros de los Estados Unidos y Canadá que se lanza el 2 de agosto en Toronto y continúa hasta septiembre. En Tokio, después de una performance acústica de cuatro canciones en el local hq de emi, su compañía discográfica, Coldplay es conducido hacia un centro de conferencias para chatear on line a través de Yahoo! de Japón, contestando las preguntas de los fans. (Para que sepan: cuando se les pregunta con qué animales se identifican, Chris contesta que con un demonio de Tasmania, Will con un cocodrilo, Jonny con un búho y Guy con un monito.) La siguiente noche, viajarán en un tren bala con rumbo Norte, hacia el Fuji Rock Festival, donde Coldplay y los Foo Fighters cerrarán la primera velada del festival. Es mi primera chance concreta de conocer de cerca a los compañeros de banda de Martin.

Los miembros de Coldplay se conocieron durante su primera semana en el University College de Londres, en septiembre de 1996, cuando fueron ubicados todos en el Ramsey Hall, junto a otros 450 estudiantes. “En seguida nos dimos cuenta de que había muchísimos músicos, muchas personas cantando, y muchas personas tocando «Redemption Song» con sus guitarras acústicas”, dice Champion. Pero Buckland, introvertido hasta el día de hoy, escondía su guitarra detrás de la puerta. (“No quería terminar en una bandita de mierda”, dice.) “Cuando la puerta se cerraba, podía oírse ese maravilloso sonido saliendo de la habitación”, dice Champion. Martin lo buscó. “Cuando conocí a Chris”, dice Buckland, “tenía un corte de pelo loco, como Robert Plant en 1972”. Hacia comienzos de 1997, ya escribían canciones juntos. “Coldplay no existiría sin Jonny”, dice Martin. “Serían las canciones de Chris Martin, quien sería un travesti.”

Al finalizar el primer año, el protocolo de la escuela dictaminaba que los estudiantes debían dejar el edificio, y el 6 de enero de 1998, la banda ya se había solidificado tras su primer ensayo en Camden Road. “Hicimos un pacto”, dice Berryman. “No pararíamos hasta tener éxito.” El primer nombre de la banda, Starfish, surgió de la desesperación, cuando fecharon un show en el Laurel Tree. “Teníamos que imprimir los volantes”, dice Champion. “La entrada al show costaba 3 libras si presentabas el volante, y 5 si no. Todos los de la escuela vinieron.” Con cola de gente en la puerta, Starfish tocó las seis canciones que conformaban su repertorio. Cuando el público pidió más, repitieron una.

Champion, de 27 años, es hincha del Southampton fc, vive desde hace dos años en una casa modesta junto a su esposa y lleva cerca de una docena de baquetas a cada show. Y se suponía que no iba a estar en Coldplay. “En realidad no toco la batería”, dice. “Mi compañero de cuarto tenía una y quería grabar un par de temas. Después de tener lista la primera canción, tuvo que irse.” Antes de la grabación de Parachutes, Champion fue inesperadamente despedido por supuestas falencias técnicas, y ése fue sin duda el punto más álgido en la historia de la banda. Martin regresó a buscar a Champion una semana después, y se disculpó. “Nos acostamos con un par de bateristas más”, dice Martin. “Pero aprendimos que no se puede joder con la química de la banda.”

En el hfstival en Washington, d.c., en 2001, Champion se sintió reivindicado, extrañamente, luego de que Coldplay fuera rechazado por un público sediento de metal. “Nos tiraron botellas”, recuerda Martin. “Nos tiraron cualquier mierda. Pero después de tocar, Dave Grohl se acercó a Will y le dijo que era un gran baterista. Y eso le cambió la vida.” Mientras descansamos en el bar del Grand Hyatt Tokyo –el ridículamente extravagante hotel hermano del Park Hyatt, el de Perdidos en Tokio–, Champion bebe una pinta de cerveza, y Grohl, quien tocará en el festival junto a los Foo Fighters luego de Coldplay, está al otro lado del bar. Se acerca a nuestra mesa, bebe un shot triple de Jack Daniel’s y habla sobre la batería con Champion. “Nosotros decíamos: «¡Qué bueno, vamos a ser las estrellas del Fujifest!»”, le dice Grohl a Champion. “«¿Y quién toca antes que nosotros? ¿La banda más grande del mundo? ¡Geniaaaal!»”

Berryman es, de Coldplay, el hueso más duro de roer. “Tenemos mentes muy parecidas”, dice Martin. “Pero se manifiestan en personalidades distintas.” Durante las incontables horas de tiempo libre que los compañeros de banda pasan juntos entre cada compromiso –tiempo que generalmente la banda mata bromeando con los miembros de su dedicado (y muy divertido) equipo técnico–, Berryman generalmente mira desde fuera, con perfil bajo. Eso no significa que no esté involucrado. El constantemente retoca detalles de los shows y es el gurú tecnológico en el estudio. Berryman también disfruta gastando su dinero. Está obsesionado con los adminículos electrónicos, es el ícono fashion de la banda, conduce un Land Rover Discovery 3 (“uno de los nuevos”, dice con orgullo) y se está construyendo una “cómoda” casa en Londres. Mientras está de gira por los Estados Unidos, colecciona discos de vinilo para su jukebox. “Conozco todas las disquerías que venden vinilos en las principales ciudades norteamericanas”, dice.

Buckland, el amigo más íntimo de Martin en la banda, nació el 11 de septiembre de 1977, y no tuvo la suerte de crecer en la ciudad galesa de Mold. “Sí, ni siquiera en Mold”, dice riendo. “Vivíamos en un pueblito en las afueras de Mold.” Tiene modales suaves y se ríe con las bromas de todos, por lo cual no es extraño que Martin profese su amor por Buckland en el escenario. “Eso era un poco extraño al comienzo”, dice Buckland, “pero yo sé lo que significa”.

Su posesión más preciada en este momento es un sombrero blanco y negro. “Pero a veces me vuelvo loco y gasto montones de dinero en computadoras y cosas para el estudio que jamás uso.”

La última vez que estuvieron en Tokio, se encerraron como ratas de laboratorio, para escupir sus sonidos a puertas cerradas durante ocho horas diarias. Esta vez no. Con apenas cuatro días en la ciudad, Coldplay no se contenta con reposar en sus suites del Hyatt. Se suben a la enorme Tokio Tower; Martin y Champion exploran la zona Harajuku; y sus compañeros experimentan un terremoto de un minuto (el primero) con bastante entusiasmo. Yo tengo la libertad de acoplarme un rato con cada uno. Martin, de quien se sabe prefiere el chocolate al alcohol, no tiene problema en mezclar vino rosado, champagne y cerveza mientras devora una pata de langosta en un restorán shabu-shabu [un estilo de cocina japonesa que combina en ollas calientes distintos sabores]. Buckland y Berryman, en cambio, demuestran ser pesos pesados en la barra. Después de horas de beber en el Lexington Queen –un clásico bar de Tokio, legendario entre los actores de westerns– salimos a ver el amanecer y luego cantamos karaoke con algunos lugareños. Buckland deja el local de karaoke cerca de las 5 de la mañana, después de una poco feliz versión de “Blue Velvet” (“estaba un poco alto para mí”, se justifica) y Berryman –cuyo acento escocés recrudece con la ingesta de alcohol– se va conmigo a las 8.

Cuando Coldplay arriba al pie del Monte Fuji, unas pocas horas antes del show, comienza su rutina previa a la actuación. Se ponen el vestuario que usarán en el escenario: ropa negra, zapatillas blancas. (Sus trajes son un homenaje a Kraftwerk.) Mientras se cambian, Martin se pasea desnudo, con un pañuelo de los Foo Fighters atado en la cintura. Se acerca a Grohl y se queja del tamaño de las toallas. Luego cantan juntos sobre una grabación de ejercicios para la voz que prepararon con su entrenador vocal. Cada miembro del grupo toma una cámara descartable –que luego arrojará al público– y le saca fotos espontáneas a sus compañeros. (Este ritual es idea de Berryman.) Martin descarga su usual lamento sobre la pérdida de cabello. Vicky Taylor, encantadora asistente, envuelve los dedos mayor e índice de Martin con una cinta y con un marcador negro dibuja un signo –el logo de Make Trade Fair– en el dorso de su mano. Firman una pila de autógrafos (todos pueden imitar las firmas de los demás). Armonizan con “Fix You”. Berryman y Buckland fuman un par de Marlboro Light. Cuando suena “Tomorrow Never Knows” de los Beatles, es hora del show. Al llegar al costado del escenario, los cuatro suelen chasquear los dedos y saltar en círculos.

A través de todas las X y todas las Y, Coldplay parece haber encontrado su equilibrio. Como lo hicieron con X&Y, trabajaron duro con la presión. Luego, se entregaron. “Me encantan los desafíos”, dice Martín. “Me resulta excitante la idea de que haya miles de personas pendientes de que yo escriba una canción. Voy a ser honesto: las dos o tres malas críticas que tuvo X&Y fueron duras por un rato, pero después pensé: «¿Por qué? Simplemente escribimos algunas canciones. No inventamos una doctrina nazi».” Entonces, el próximo año y medio –viajando en aviones privados y escoltados por policías– estarán de gira, barriendo los Estados Unidos tres veces. Y a pesar de las amables palabras de Grohl, no son la banda más grande del mundo. Al menos no todavía.

“Creo que estamos alcanzando el top ten”, dice Martin. “Esperamos que el próximo disco nos convalide un poco más. Llevamos la balada de piano y el falsete lo más lejos que puede llegar, y eso es muy liberador para nosotros. Ahora podemos probar cosas diferentes.” Coldplay tiene el talento y tiene la ambición. “Eso es lo que tenemos que recordar siempre: es sólo nuestro tercer disco”, dice Martin. “ Pókemon fue famosísimo en un momento, pero no duró mucho. A esta altura, yo siento que todavía somos la novedad.”

Coldplay compuso una canción acerca del editor asociado Austin Scaggs: “Austin Likes to Party” [a Austin le gusta la fiesta].

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