El día del famoso discurso del "cinco por uno"

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31 de agosto de 2005  

Esta es la primera nota de una serie que LA NACION publicará con motivo de cumplirse el 16 del mes próximo el cincuentenario de la revolución que derrocó al gobierno del general Juan D. Perón. La reconstrucción histórica de ese suceso, con la caracterización de sus actores, el contexto que le sirvió de precipitante y sus derivaciones en los años subsiguientes, ha sido coordinada por el doctor Félix Luna, autor del artículo con el que se abre este esfuerzo editorial.

El 31 de agosto los argentinos se desayunaron con una noticia sensacional: la renuncia del presidente Juan Domingo Perón. Un comunicado de la Secretaría de Informaciones había sido entregado a los diarios, pasada la medianoche, con la decisión presidencial. De inmediato, las radios, una vez más en cadena, voceaban el rechazo de la renuncia por parte de la CGT, anunciaban una huelga general en apoyo de Perón y convocaban a una concentración en la Plaza de Mayo.

Para los peronistas, todo esto era apenas una rutina: sencillamente era imposible que Perón dejara la presidencia. Para los opositores, no era más que una farsa.

Por de pronto, la tal renuncia no estaba dirigida al Congreso de la Nación, como hubiera correspondido, sino al movimiento peronista, es decir, a la CGT y a las dos ramas del partido, que era como si el mensaje estuviera dirigido al propio Perón. Además, el texto no contenía la palabra “renuncia”. Se refería a la pacificación y señalaba que sus adversarios y enemigos la condicionaban a su retiro. Admitía que la revolución que él encabezaba “había limitado en lo indispensable” las libertades, pero que lo había tenido que hacer porque "no todos los hombres ni todas las organizaciones saben hacer buen uso de tales libertades". Afirmaba que no tenía pasta de dictador y decía algo que nunca había dicho antes: "Ya mis años y mis fatigas comienzan a pesarme demasiado". Agregaba que con su retiro prestaba al país "el último servicio desde la función pública".

En cuanto se conoció la noticia, los opositores trataron de desentrañar qué maniobra estaba urdiendo Perón. ¿Una concentración para comprobar que su popularidad no había menguado? ¿Una demostración para amedrentar a sus adversarios? ¿O para recobrar fuerza?

Un día gris

Era un día gris y destemplado, circunstancia rara en las grandes manifestaciones peronistas, que solían estar acompañadas de un tiempo espléndido: no era una exageración lo del "día peronista" que sabía repetir Luis Elías Sojit. Pero esta vez el clima no acompañaba y los primeros contingentes que llegaron a la Plaza de Mayo antes de mediodía tuvieron que soportar el frío y la ausencia de sol. Con el apuro no se habían previsto, como otras veces, números artísticos, y eran escasos los puestos que expendían algún bocado caliente.

¿Qué haría Perón, de qué hablaría? Los funcionarios, sindicalistas y políticos que iban cayendo en la Casa Rosada desde la mañana se lo preguntaban y también se lo preguntaban los millones que seguían por radio la ronda de adhesiones al líder justicialista, las invocaciones a Evita, todos los lugares comunes de la liturgia peronista sin acertar a definir el sentido de la enigmática convocatoria.

Ningún hecho importante había ocurrido desde el discurso de Frondizi del 27 de julio. Habían hablado también por radio Vicente Solano Lima y Luciano Molinas; no lo habían hecho Nicolás Repetto ni Alfredo Palacios, aunque algunos diarios publicaron los textos de los frustrados discursos socialistas.

La policía afirmaba, sin mayores precisiones, haber descubierto un par de conspiraciones y localizado algún depósito de armas, pero después de la quema de la bandera, en junio, la policía no era una institución particularmente creíble.

Lo más relevante que ocurrió a lo largo del mes de agosto fueron los atentados que sufrieron algunos agentes de facción en distintos barrios de la Capital, tiroteados desde automóviles por desconocidos: dos de ellos habían muerto, pero nadie podía señalar el origen de estos irresponsables atentados. La campaña anticlerical había cesado por completo y parecía que habían concluido los relevos dispuestos por Perón en su elenco de colaboradores.

Entonces, ¿a qué apuntaba la convocatoria? Alexis de Tocqueville dice que "el momento más peligroso para un mal gobierno es aquel en que éste intenta enmendar su proceder". En muchos aspectos, el de Perón no había sido un mal gobierno. Pero en lo relativo a las libertades públicas, era pésimo.

No sólo las había restringido: había montado un aparato autoritario y represivo asfixiante, que teñía a toda la sociedad y mediatizaba al Estado entero. Y ese autoritarismo invariable, esa represión permanente, estaban tan consustanciados con el sistema peronista que era casi imposible eliminarlos para reconstruir una estructura democrática desde el propio régimen.

Nadie sabía si Perón había sido sincero al hablar de pacificación después de los horribles sucesos del 16 de junio, pero se hubiera necesitado a alguien muy diferente del líder justicialista para emprender la hazaña de pacificar en la legalidad y reconciliar en el mutuo respeto a los argentinos a partir del sistema entonces vigente.

"Estaba chinchudo"

Perón había llegado a la Casa Rosada temprano como siempre. Su ministro del Interior, Oscar Albrieu (reemplazante de Angel Borlenghi), recordaba años después que ese día el presidente estaba dicharachero y de buen humor. Nadie osaba preguntarle qué haría frente a la multitud. Esperando que la Plaza de Mayo se llenara, Perón almorzó y luego durmió su habitual siesta.

Cuando se levantó, algo había cambiado en su persona. Estaba hosco y ceñudo y, lo que era mas inquietante, se tiraba para abajo las caídas delanteras del saco con las dos manos.

"Era señal segura de que estaba chinchudo -señalaba Albrieu-. Traté de sondearlo, pero me eludió..."

A las 17 empezó el acto. Habló el secretario general de la CGT, Hugo di Pietro, pero como también él estaba en total ignorancia de la actitud que adoptaría Perón, no pudo decir más que previsibles vaguedades. Un cuarto de hora duró su discurso, al que siguió el de la señora Delia D. de Parodi, titular de la rama femenina del partido peronista. Casi no se la escuchó porque la gente reclamaba a gritos la palabra de Perón y no quería más demoras.

Las sombras caían sobre la Plaza de Mayo y el frío se hacía sentir. Todos querían escuchar al líder y volver a casa para culminar el feriado.

Sólo a las 18.30 apareció Perón en el balcón. Cosa rara, llevaba en la mano derecha un cigarrillo que pitó varias veces, mientras agradecía la ovación que lo recibió.

La memoria colectiva ha registrado las terribles palabras que fueron el nudo de su discurso: "¡Cuando caiga uno de los nuestros, caerán cinco de los de ellos!".

Pero se recuerda menos algo mucho peor que había lanzado párrafos antes, una incitación que ningún gobernante del mundo se animó a proferir jamás. Pues Perón dijo textualmente: "Aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas o en contra de la ley y la Constitución ¡puede ser muerto por cualquier argentino!".

Y todavía agregó que esa conducta, "que ha de seguir todo peronista", no solamente se dirigiría contra los que ejecuten, sino también contra los que conspiren o inciten. Y terminó exclamando: "Veremos si con esta demostración nuestros adversarios y nuestros enemigos comprenden. Si no lo hacen? ¡pobres de ellos!".

A lo largo de su trayectoria, muchas veces Perón había lanzado invectivas o proferido amenazas. Pero nunca había incitado a la violencia de un modo tan brutal. Según lo dicho, cualquier peronista estaba habilitado para matar a cualquiera que, a su juicio, conspirara o incitara a conspirar. Como el cuento del escorpión, ese día Perón no había podido vencer a su naturaleza...

Los "adversarios y enemigos" que escucharon esas parrafadas demenciales sintieron que todas las reglas de juego se habían roto.

Ambigüedades

La multitud no percibió el sentido del discurso: sólo comprendió que el hombre estaba muy enojado. Después de corear las consignas de siempre, la Plaza de Mayo se desocupó rápidamente: fue casi una estampida por la rapidez con que todos se largaron de allí, en orden y sin manifestaciones.

El presidente fue despidiendo a los que lo habían acompañado, muchos de ellos bastante desconcertados. Pero él mismo debía estar sumido en un mar de contradicciones, pues, según un testigo presencial", cuando iba saliendo el jefe de policía Perón lo apartó un poco y, ansiosamente, le dijo: "Por favor, Gamboa, saque a la calle a toda la policía... ¡No sea que vaya a pasar alguna cosa!".

Y reiteró esta actitud al día siguiente, cuando Albrieu y el respetado periodista León Bouché (que había reemplazado a Raúl Apold en la Secretaría de Informaciones) le presentaron sus renuncias: ambos habían ocupado sus cargos para conciliar, no para perseguir, y sentían que el nuevo giro era incompatible con su permanencia en el gabinete. Pero el presidente minimizó sus palabras y les aseguró que había sido sólo una advertencia.

En los días siguientes continuó con esta tesitura y en diversos encuentros apenas se refirió al tema.

Pero aquellas palabras demenciales habían hecho su efecto. Había una mitad del país que seguía siendo peronista, aunque no entendiera las marchas y contramarchas de su líder. Pero la otra mitad estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de salirse de esa pesadilla y terminar con su promotor y figurante principal.

Así estaban las cosas en la Argentina en la primera semana de septiembre de 1955, cuando en una metáfora del país, una retardada Santa Rosa se preparaba para estallar.

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