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El ensayo, según Bioy Casares

Ernesto Schoo
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3 de septiembre de 2005  

La literatura argentina de ficción no abunda en referencias al teatro. Sus personajes rara vez van a ver una representación teatral. Sí, en cambio, frecuentan la ópera, desde el "Fausto" de Estanislao del Campo, en 1866, hasta "El gran teatro" de Mujica Lainez, un siglo después, pasando, entre otros, por "Sin rumbo", de Eugenio Cambaceres. En la espléndida novela de Adolfo Bioy Casares "El sueño de los héroes", ofrecida por este diario a sus lectores dos semanas atrás, el protagonista, Emilio Gauna, se enamora de una muchacha, Clara, actriz de teatro independiente que está ensayando "La dama del mar", de Ibsen.

La acción de la novela transcurre en 1927. Los eruditos establecen el 30 de noviembre de 1930 como el comienzo del movimiento independiente en la ciudad de Buenos Aires, con la apertura del Teatro del Pueblo, dirigido por Leónidas Barletta. La legendaria institución no brotó de la nada: tuvo antecedentes valiosos y, sin duda, Bioy los conocía. En 1927 se traduce y publica en Buenos Aires, por primera vez, "El teatro del pueblo", de Romain Rolland (aparecido en Francia en 1903). En ese mismo año 27, el periodista, crítico y director Octavio Palazzolo se reúne con miembros del grupo de Boedo - los escritores Barletta, Alvaro Yunque y Elías Castelnuovo; los artistas plásticos Guillermo Facio Hébecquer y Abraham Vigo, y el actor Héctor Ugazio- y fundan el Teatro Libre, denominación reemplazada poco después por la de Teatro Experimental de Arte, TEA.

Bioy sabe de lo que está hablando. Su descripción de un ensayo de "La dama del mar", al que Gauna es invitado por su novia y que ocupa el capítulo XV de "El sueño de los héroes", no oculta una mirada, aunque compasiva, muy irónica sobre lo que era entonces una representación de aficionados. Para empezar, el lugar donde se ha improvisado la sala es un galpón en el fondo de la mercería El Líbano Argentino, de un tal A. Nadín, en la calle Freyre 1721. La descripción del ingreso al local y el trayecto hasta el lugar, no sorprende a un espectador actual del "off".

* * *

"Llegaron a un galpón con el frente revocado y con las paredes y el techo de cinc. Abrieron una puerta corrediza. Adentro, discutían unas pocas personas sentadas y dos actores de pie sobre una mesa muy grande, encuadrada por unos paneles de color violeta que llegaban, de cada lado, hasta las paredes. Sobre la mesa, que era el escenario, no había decoración alguna. En los rincones del galpón se amontonaban cajones de mercaderías. Nadín indicó una silla a Gauna y se fue." El director -"un hombrecito con la cara cubierta de pecas y con el abundante pelo, de un color rubio pajizo, parado"-, de apellido Blastein, discute con "un segundo hombrecito -moreno, con barba de dos días, saco de repartidor de leche, despectivo cigarrillo en los labios pegajosos de saliva seca, y libreto en mano", sobre si Elida debe llevar o no un tapado a su regreso de la playa. Blastein rechaza esa prenda y prefiere un manto: "Basta un manto. Algo que sugiera un manto. Recuerden que acentuaremos el lado mágico".

¿De dónde saldrá el manto reclamado por el director? "«¡De aquí!», gritó furioso el del pelo parado, dirigiéndose hacia los cajones." Pese a la oposición del señor Nadín, Blastein revuelve los cajones en busca de tela amarilla: "Blastein encontró la tela; pidió una tijera (que Nadín entregó suspirando); midió dos largos de su brazo; con ferocidad y con descuido, cortó. Al ver los desgarrones, Nadín meció la cabeza, tomándola entre sus manos enormes y consteladas de piedras verdes y rojas". Gauna asiste, sin entender gran cosa, a estas situaciones. "¿Cómo no desconfié -pensó cuando me dijeron que el teatro quedaba en la calle Freyre?".

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