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"Cebollitas", o el teatro ausente

Nuestra opinión: Mala
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26 de julio de 1997  

"Cebollitas", espectáculo para niños. Autores:Enrique Torres y Daniel Dátola. Intérpretes: Andrés Vicente, Carlos Moreno, José María López, J. Troiani, niños y niñas. Música:Cristina de Giacomi y Carlos Nilson. Escenografía:Roberto Domínguez. Realización escenográfica: Augusto Grimaldi. Iluminación:Eduardo Coria. Vestuario:Andrea Boquete. Director:Víctor Stella. Teatro Opera Diariamente a las 15.30 y 17.30.

Una decoración convencional le da marco a la historia. El escenario es alternativamente: cancha de fútbol, vestuario del club, y vivienda de los entrenadores: una casa de categoría, y un conventillo. Ingenua y desprolijamente se establecen las antinomias: los cebollitas son pobres, honestos, y buenos, juegan bien al fútbol y son ingenuos. Los powers, rivales clásicos, son ricos, corruptos y no tan buenos jugadores. Hay niñas revoloteando en el secundario papel de observadoras del conflicto, con algunas incursiones románticas.

Planteado de esa manera, la sala se va convirtiendo en una especie de hinchada, que tiene el privilegio de observar lo que pasa entre partidos.

Y de eso se trata: de un partido que los protagonistas pierden porque el juez ha sido comprado, de sus ganas de ganar el próximo que es definitorio, y de todas las artimañas ideadas por sus oponentes para arrebatarles el triunfo, de mala manera.

La malicia de los Powers llega hasta secuestrar a un pequeño integrante de los Cebollitas, mientras se reclama el precio de su rescate: la victoria del partido. Pero ocurre que el niño puede pedir ayuda a un duende que mágicamente lo libera, y lograr que sus compañeros lo dejen participar del encuentro, pese a su corta edad. Nuevamente el duende interviene deteniendo e invirtiendo jugadas de los malos, y por supuesto, los Cebollitas ganan.

Como espectáculo teatral, la pieza es lamentable. Los diálogos tienen como función principal resumir y aclarar gestos, por las dudas no se entiendan, cosa que sin duda ocurre por las limitaciones del libro y por la mala actuación de los intérpretes.

Pasa lo mismo con el resto de los códigos teatrales: la escenografía y el vestuario, apenas funcionales, carecen de creatividad, casi no hay otros juegos, ni momentos de humor, y la poesía está totalmente ausente. Hay algunos momentos sensibleros para la veta lacrimógena del público, y eso es todo.

El remate es que los niños salen a saludar con algunas pelotas que patean a la platea, quien hace esfuerzos lamentables por apoderarse de ellas. ( Especialmente los adultos).

Realmente preocupa que adultos y niños puedan atreverse a un desempeño tan pobre sobre un escenario, en la seguridad de saberse amparados por la servil condescendencia de quienes se han acostumbrado a verlos en la pantalla chica. Y realmente preocupa, pero ese es otro tema, que los espectadores que hacen largas filas para conseguir entrada y consumen los artículos que se llevan de recuerdo, estén colocando sus necesidades afectivas en un producto y en personajes tan mal dibujados, de dos dimensiones.

Se puede concluir observando el fenómeno, que no se trata en verdad de un espectáculo teatral, sino de una especie de fiesta de amigos, de importante peso para los bolsillos de quienes pagan la entrada, pero que en su mayoría parecen salir contentos, satisfechos de haber encontrado lo que fueron a buscar.

Lo triste es que alguien, arriba o abajo del escenario, pueda llegar a pensar que de eso se trata el teatro (para niños o para grandes).

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