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La quimera del eterno retorno

Las esculturas monumentales de Bastón Díaz que se exhiben en Daniel Maman le ponen forma al sueño itinerante de miles de inmigrantes que poblaron el suelo argentino; la ilusión del viaje de regreso y, como contrapartida, el ancla del arraigo
Alicia de Arteaga
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25 de septiembre de 2005  

A fines de los años ochenta visitó Buenos Aires la psicoanalista francesa Françoise Dolto considerada una eminencia por su tarea en la recuperación de víctimas de los campos de concentración y por el desarrollo de centros de atención temprana bautizados La maison vert. Tuve la suerte de entrevistarla y mientras duró la conversación confió su asombro ante la cantidad de "psicoanalizados" que asistían a sus seminarios y al auge del mundo psi en nuestro páis. Medido en cantidad de pacientes y de profesionales, el cuadro no tenía ni por asomo comparación con Francia.

La explicación de Dolto no se hizo esperar. Intepretaba que esta pasión por el diván descansaba en el deseo de encontrar los orígenes y de buscar las raíces de un pueblo formado por "gente descendida de los barcos", como decía Borges. La anédota tiene mucho que ver con la aventura estética de Bastón Díaz, dispuesto a darle forma en obras monumentales y bellas a la fantasía del regreso; a la añoranza de volver al terruño o al paese, en un barco como el que depositó a sus antepasados gallegos en estas tierras.

Por sus excepcionales dimensiones "museísticas", la galería de Daniel Manan le ha permitido desplegar el gesto con la grandeza propia de quien finalmente puede darle dimensión tangible al sueño largamente acariciado. Y es lógico.

Durante años, mientras vivió en París, Bastón Díaz trabajó como orfebre. Llegó con 24 años en las postrimerías del mayo libertario; trabajó como medallista; asistio al taller de Vasarely; practicó la talla de piedras duras en la Ecole de Beaux Arts; estudió filosofía con Popper y antropología con Claude Levi Strauss.

En ese tiempo desarrolló un taller de matricería medallística como modus vivendi e imaginó las esculturas monumentales; modelos para armar y desarmar; grandes volúmenes que se pliegan sobre sí mismos, con bisagras, tornillos y tuercas a la vista, en la más pura tradición constructiva. Son formas que en su mayoría aluden a la parábola del regreso. Piezas abstractas inspiradas en viejos cascos, quillas, proas y anclas de embarcaciones abandonadas en el puerto.

Aunque varios de los más notables trabajos de Bastón Díaz pueblen el parque edénico de una isla del Tigre, la escultura monumental tiene una referencia urbana obvia y busca conquistar el espacio público.

Buenos Aires tuvo una larga tradición de encargos con valor patrimonial, como el Sarmiento, de Rodin, o el Alvear, de Bourdelle, ubicado en el triángulo de las artes que conforman el MNBA, el Palais de Glace y el Centro Cultural Recoleta.

Ahora que están en marcha las celebraciones del Bicentenario con la apertura de los sobres del proyecto del Centro Cultural que funcionará en el Palacio de Correos, sería oportuno retomar una modalidad que enriqueció el paisaje de Buenos Aires.

Modelo para desarmar ha sido baurtizada esta exposición, que también podria llamarse modelo para armar. Las partes se asocian para ser un todo y forman una nueva obra de múltiples miradas y abordajes.

En algunos casos, como Pila de sueños, la obra se vuelve literal y explícita en un ejercicio que pasa en limpio el proyecto concreto y constructivo. Los abuelos de Bastón Díaz llegaron de La Coruña y más de una vez los escuchó ilusionarse con el viaje de regreso... El artista, que vivió un exilio voluntario en París, volvió para reencotrarse con su universo y cumplir el sueño de vivir anclado para siempre en esta tierra.

(Modelo para des-armar, Alberto Bastón Díaz, en galería Daniel Maman, Libertador 2475; septiembre y octubre)

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