Juan José Saer y La grande

La novela póstuma del escritor argentino es uno de los hechos más importantes del año literario. En homenaje al autor, el comentario de Beatriz Sarlo y una entrevista a Laurence Guéguen
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2 de octubre de 2005  

El abuelo

Por Juan José Saer

Cuando lo mataron, el padre [de Nula] tenía treinta y ocho años, unas entradas pronunciadas en la frente y, aunque veteado de un gris prematuro por las vicisitudes, un bigote copioso, como estaba de moda en los años setenta, tal vez para sugerir la virilidad adicional que suponía la opción política de sus portadores. Y aunque el soplo terrible de esa década lo había aventado como a una hoja seca, era a finales de los cincuenta, en su juventud, cuando su personalidad, o como quiera llamársela, había cristalizado, y en ella, al principio, la política ocupaba sin duda un lugar secundario. Había ido a estudiar arquitectura a Rosario pero, igual que años más tarde su hijo menor, que en su momento no reparó en la simetría, cambió la medicina por la filosofía, él se había pasado a Ciencias Económicas, de donde fue declinando hacia el periodismo. En 1960 se casó con la India, cuatro meses antes del nacimiento de Chade -la India tenía diecinueve año- y se instalaron en la ciudad. Como había hecho el bachillerato en la Escuela comercial, empezó a trabajar en un banco, pero al cabo de un año y medio dejó de ir, diciendo que le daba asco manipular billetes. Nadie, empezando por él mismo, se daba cuenta de que estaba atravesando una depresión nerviosa. Nula acababa de nacer; como había cuatro bocas que alimentar, la India comprendió que había llegado para ella el momento de, como dicen, tomar cartas en el asunto. Empezó a trabajar en la librería jurídica de un amigo de su padre, en un local enfrente de los Tribunales: al poco tiempo, el dueño ya no venía más, ni siquiera a hacer la caja al final del día. Le gustaban más las bochas que el comercio y era presidente del club El bochín de oro en Santo Tomé, por eso terminó por asociar a la India a la firma, de modo que cuando se retiró, ella no tuvo casi poner nada para convertirse en la única propietaria. Ya antes de la jubilación de su socio, había obtenido del Consejo Universitario la autorización para instalar la sucursal, una especie de cabaña de madera abarrotada de libros jurídicos, en el patio de la Facultad de derecho: se me prendió la lamparita y les metí el caballo en Troya, metaforizada con frecuencia y con bastante satisfacción. Yusef, su suegro, la había ayudado para la compra de la librería. Sin decírselo a nadie, pensaba que de las responsabilidades que, desde su punto de vista, para nada semejante al de la India por otra parte, su hijo varón no parecía dispuesto a asumir, le correspondía a él hacerse cargo. Sus dos hijas, que vivían en el pueblo (la menor ya estaba casada, pero la más grande, que nunca se casaría, seguiría viviendo con él en la casa paterna), solícitas, lo consolaban. Pero era inútil: el varón sería el problema de su vejez, y aunque lo sobreviviría unos años, fue el rumiar sin descanso las incomprensibles vida y muerte de su hijo lo que lo llevó a la tumba. Sus nietos lo adoraban.

Había llegado desde Damasco al final de los años veinte, para trabajar como empleado en el negocio de un tío suyo, en plena llanura, no lejos de Rosario, a orillas del Carcarañá. Todavía no había cumplido dieciséis años; unos meses después de llegar, una tarde, el tío lo llamó al fondo del patio y, bajando la voz y mirando a su alrededor para asegurarse de que no había nadie, sacó una taba del bolsillo, explicándole que esa noche iba a haber una partida, y que él iba a tirar a propósito la taba hacia el fondo del patio, en la oscuridad, y que lo iba a mandar a buscarla, de modo que lo único que tenía que hacer era cambiar las tabas y traerle no la que él había tirado al fondo del patio, sino esa que le estaba mostrando y que acababa de sacar del bolsillo del pantalón. Pero Yusef, que sin embargo quería de verdad a su tío y le debía todo, se había negado, diciéndole que no era por miedo, pero que, aunque le hubiese gustado mucho complacerlo, él no podía hacer una cosa semejante. El tío pareció comprender sus razones y le dijo que no se preocupara. Yusef calculó que esa noche debió pasar algo con las dos tabas, porque a su tío le pegaron once tiros: no lo mataron -vivió hasta los noventa y tres años con dos balas en el cuerpo que nunca le pudieron sacar, y murió de golpe una tarde durante una partida de tute- aunque por prudencia tuvo que dejar el pueblo para instalarse en Rosario, que era la capital de la mafia en aquella época. Los criollos impulsivos que sacaban el cuchillo con cualquier pretexto o empezaban a los tiros por un simple cambio de tabas no coincidían, en lo que a estilo se refiere, con la discreción proverbial de la hermandad siciliana. [...]

De chicos, Nula y su hermano pasaban siempre las vacaciones en el pueblo. Cada uno tenía un caballo, igual que sus primos, a los que sin embargo el abuelo, tal vez porque habían nacido un poco después y no llevaban su apellido sino el apellido italiano de su yerno, o tal vez porque Chade y Nula eran un vínculo con el hijo que había perdido desde mucho antes de que la muerte, definitiva, lo arrebatara, parecía querer un poco menos. O tal vez los dos hermanos que venían de la ciudad tendían a imaginárselo así deseando que fuese de veras, desde que tenían memoria, de la época en que esa impresión de abrigo, hecha a la vez de afecto y de rudeza, se mezclaba con el recuerdo de las primeras sensaciones de la llanura. Sensaciones táctiles por ejemplo: el contacto caliente y palpitante contra el cuerpo del caballo sudoroso; la frescura súbita, en las tardes de verano; al entrar en algún rincón de sombra del patio inmenso; la tensión resbaladiza de las ranas vivas que trataban de zafar de la mano que las aferraba; el agua tibia de la laguna y el contacto de las presencias confusas -animales o vegetales, no se sabía bien?que los rozaban entre el fondo y la superficie; los pies desnudos que se hundían en el polvo de la calle, cuando, en las noches calurosas, volvían de algún baile con los zapatos en la mano; el ardor súbito en las pantorrillas en el momento en que, cruzando algún campito, se enredaban en una mata de ortigas; la piel aterciopelada de los duraznos todavía verdes o la sensación pegajosa que dejaba en las manos la leche de las higueras. [...]

El abuelo era uno de esos "turcos" acriollados que, cuando se vestía como la gente de campo o cuando andaba a caballo, si no abría la boca, con su pelo negro y lacio, su bigotito bien recortado y su piel oscurecida por la vida al aire libre, los que no lo conocían lo tomaban por un gaucho, peón de campo de la zona o uno de esos santiagueños que, en los años treinta y cuarenta venían en masa a los pueblos de la llanura para la cosecha de maíz. E incluso cuando hablaba no tenía demasiado acento extranjero: había aprendido bien el castellano, excepción hecha de cuatro o cinco obstáculos, para los cuales tal vez sus órganos vocales no estaban entrenados, y que delataban sus orígenes. Era yrigoyenista, anticonservador y antiperonista acérrimo (era el término que empleaba), y sabía contar que, cuando el golpe del treinta, un gaucho borracho había entrado a caballo en el negocio, y él había sacado el revólver del cajón del mostrador y descolgado el rebenque de la estantería, y lo había hecho recular a rebencazos hasta el medio de la calle. Y sin embargo, leía LA NACION y La Capital y recibía todos los meses las Selecciones del Reader´s Digest. Se vestía de tres maneras distintas para ejercer sus tres ocupaciones principales; el trabajo en el campo donde tenía algunas vacas, el negocio de ramos generales, en el que vendía desde yerba hasta heladeras y, en otras épocas, hasta automóviles, y desde luego ropa, tela, pintura y lo que fuese, y por último, para sus viajes a Rosario, por negocios, asuntos de familia, o acontecimientos sociales como casamientos, bautismos, velorios o fiestas de la colectividad en el club Sirio-Libanés. En los años sesenta, tenía una camioneta que usaba en el campo y en el pueblo y un coche nuevo para viajes más largos. A Nula le pareció oír, sin entender bien porque todavía era demasiado chico, y sus padres se limitaban a hacer alusiones sobre el asunto, que, después de enviudar, había entrado en relaciones con una amante misteriosa en Rosario. Laila y María, las dos hijas, no hubiesen tolerado que exhibiese una conducta semejante en el pueblo. Cuando Nula fue más grande, la India le contó que su padre se lo había cruzado una vez en Rosario, y que el abuelo Yusef, que estaba acompañado por su amante, había fingido no verlo, pero que de todos modos para esa época las relaciones entre el padre y el hijo ya se habían echado a perder. En materia de religión, el abuelo se declaraba con vehemencia católico apostólico romano, que era tal vez una manera implícita de subrayar su superioridad no ante los judíos, a los que parecía ignorar, aunque cuando jugaba al truco siempre formaba pareja con el farmacéutico, Feldman, que lo era, ni ante los musulmanes, a los que detestaba, sino más bien respecto de los maronitas y de los ortodoxos, que le parecían más caprichosos que verdaderos disidentes, porque pudiendo acogerse a la Iglesia de Roma como él, preferían optar por esas variaciones extravagantes. Iba a misa todos los domingos, y comulgaba de tanto en tanto; y si el cura mandaba a comprarle alguna cosita para él o para los pobres del pueblo no le cobraba, pero no veía con buenos ojos que jugara a las cartas los sábados a la noche y se abstenía de frecuentar esas partidas para no cruzarse con él.

Al hijo lo habían traído a enterrar en el pueblo, cerca de la madre y de un hermano mayor que él, que había vivido apenas un par de semanas y que, como se acostumbraba entonces, llevaba su mismo nombre. Al principio, la India había estado en desacuerdo, porque tenía la intención de cremarlo y de dispersar sus cenizas, pero después pensó que era mejor que se lo dejara cerca al padre, para ver si la proximidad, por encima de la inconmensurable separación, los reconciliaba. A ella le quedaba, como les diría tantas veces a sus hijos en su idioma colorido, el picnic maravilloso antes de la tormenta. Cuando lo mataron en una pizzería de Boulogne, cerca de la ruta panamericana, la India pasó por el pueblo para dejar a los chicos y siguió en auto con el abuelo hasta Buenos Aires, La policía los interrogó un día entero antes de devolverles el cadáver, y al final del interrogario un sumariante les leyó la parte del sumario en la que se referían los hechos: al parecer tenía una cita a las nueve de la noche, pero llegó un rato antes y se cambió dos veces de mesa. A las nueve menos diez, un coche con tres hombres adentro, según los testigos, estacionó delante de la puerta; el que venía sentado al lado del chofer salió y se paró en la vereda, apoyándose contra la puerta abierta del auto que seguía con el motor en marcha. Según el mozo de la pizzería, él también se había parado al verlos, metiendo la mano entre las solapas del sobretodo cruzado para ir preparando el arma, sin perderlos de vista, pero el que tiró ya estaba desde hacía rato en la pizzería, tomando una cerveza, en una mesa que estaba detrás de la de él, simulando mirar un programa deportivo en la televisión esperando que llegara el coche que debía evacuarlo después de la ejecución, de modo que le pegó cuatro tiros por la espalda, lo remató cuando estaba en el suelo, según el mozo de la pizzería, salió corriendo y entró en el asiento trasero del auto donde alguien ya le había abierto la puerta desde el interior [...]

El tiempo inagotable

Por Beatriz Sarlo

Para LA NACION - Buenos Aires, 2005

La última novela de Juan José Saer consta de siete jornadas y ha quedado inconclusa. La séptima jornada es sólo una frase que anuncia la llegada del otoño. En las seis anteriores, desde un martes a un domingo consecutivos de principios de abril de 1992, se organiza y tiene lugar un asado en esa franja de la costa, entre Santa Fe y Rincón, que es la Zona de Saer. Para quienes conozcan su obra, La grande presenta franjas del pasado que las novelas anteriores no habían narrado todavía. Quienes, en cambio, empiecen por La grande retrocederán hacia acontecimientos, mencionados de paso en esta novela, que fueron relatados en otros textos, desde "Algo se aproxima" y "Tango del viudo" hasta La pesquisa. De modo que, para nuevos lectores, La grande puede ser tanto el punto de partida como el punto de llegada de una literatura. Cerrado por la muerte de su autor, el ciclo novelístico es hoy precisamente eso: un anillo que gira pausadamente.

El tempo de La grande es lento, casi majestuoso. Los acontecimientos suceden de manera extensa, durante páginas y páginas. Toda narración se sostiene sobre la elipsis, sobre la supresión de lo que habría transcurrido entre un episodio y otro. La originalidad de un escritor se prueba, entre otros rasgos, por la elección de los episodios que cuenta y los que pasa por alto. En este punto, Saer fue siempre original porque eligió extenderse en la narración de acciones que, habitualmente, la ficción calla o simplemente menciona. Se puede escribir: "ella cosió el botón". Saer lo cuenta a lo largo de cuatro páginas. El efecto es sorprendente porque se resquebraja la jerarquía de actos a que nos acostumbra la literatura y lo que en las novelas "normales" sólo existe como paso de un episodio a otro, en las de Saer se convierte en una extensa planicie de movimientos sutiles. Hay un orden habitual del relato que Saer destruye alterando la duración de las partes. Así La grande se abre con una larga caminata bajo la lluvia, una caminata de dos kilómetros y setenta páginas. Un mocasín enterrado en el barro, las gotas que caen de un paraguas o la destreza con que un paisano eviscera un par de pescados reciben la misma atención que el encuentro de dos amigos que no se ven desde hace décadas. Saer construye la peripecia para que nos sea posible captar el tiempo y sentirlo en su densidad viscosa, así como en su contradictorio fluir.

La grande es una novela de la amistad. De los personajes de las novelas anteriores llegan a ésta los que conservaron la vida. El poeta Washington Noriega murió de viejo; el Gato Garay y Elisa fueron secuestrados y asesinados durante la dictadura; Leto se suicidó con la pastilla de cianuro que usaron, cuando se cerró el cerco, algunos guerrilleros. Pero están vivos Tomatis, Marcos y Clara Rosemberg, Sergio Escalante, el jugador de Cicatrices, Barco, Pichón Garay. Otros se perpetúan en la sombra de la locura senil, como Miri, la muchacha vivaz de uno de los primeros cuentos de Saer. Los muertos no resignan sus lugares, que permanecen intactos en el recuerdo, aunque sí se abre el espacio para nuevos personajes: Gabriela, la hija de Barco; Pinocho Soldi, que ya se había agregado a la esfera de Tomatis en La pesquisa; Nula, el vendedor de vinos finos y filósofo, que apareció en unos de los cuentos de Lugar. La muerte ha tocado al primer grupo de amigos, pero otros llegan para competir en un prolongado ejercicio de conversación al mismo tiempo filosófica y banal, arbitraria e inteligente, irónica y patética. La conversación es el único arte de quienes, como Tomatis, ya saben que no tienen un futuro por delante, ni en la literatura ni en la vida.

Del peso de los muertos sólo la muerte nos libera, piensa Tomatis. Por eso, nadie puede cortar con el pasado y los jóvenes aceptan esa apretada continuidad de destinos al explorar la Zona donde sus padres fueron jóvenes. Por primera vez, Saer presenta una materia que parece venir de su infancia, aunque la atribuye a la infancia de Nula: el abuelo llegado de Damasco, el almacén del pueblo cerca del río Carcarañá y, sobre todo, algunas páginas, maravillosas, donde recupera sensaciones, olores, imágenes, sonidos. Todos, en La grande, recuerdan extensamente; cada uno está unido con algunos momentos clave del pasado e insiste en revisitarlos; y los más jóvenes buscan reconstruir las experiencias de quienes vivieron la época mítica de tres décadas atrás, en la Zona también mítica que va de Santa Fe a Rincón. De ese mismo pasado remoto llega Gutiérrez, a la búsqueda del mundo de su juventud, creyendo que podrá encontrarlo en el lugar donde fue joven. Gutiérrez es una pieza que no termina de encajar. Sus contemporáneos de Santa Fe lo recuerdan nebulosamente y él mismo calla casi todo lo vivido en los últimos treinta años. También Nula, que es joven, quiere resolver (o entender, por lo menos) un acontecimiento duro y opaco sucedido cinco años atrás. Todos persiguen una franja de pasado e intentan fijarla en un relato que, como el de Tomatis cuando sale a buscar a sus amigos desaparecidos, le permita limitar la nebulosa de tiempo en una narración. Todos recuerdan o escuchan recuerdos, en ellos, los sucesos despliegan infinitas variaciones: siempre se agrega un detalle nuevo, algo que no se había escrito, ni recordado antes.

Los diálogos de La grande son sobre minucias cotidianas, episodios penosos, humillantes o trágicos, anécdotas repetidas e intercambios que toman la forma de aforismos filosóficos y amistosas competencias de pensamiento. A nadie le preocupa repetirse. Por el contrario, lo mismo se dice muchas veces, porque esos hombres y mujeres ya están marcados por sus fracasos y heridas (los viejos), por sus obsesiones y deseos (los jóvenes). La repetición no es signo de cansancio, sino de la única estabilidad en un mundo que fluye hacia la descomposición y la muerte. Como temas musicales, los argumentos de la conversación se presentan, se modifican, se entrelazan, desaparecen y resurgen, sin tocar ninguna resolución. La ironía y la reserva afectiva les da una temperatura común.

Gutiérrez comienza a organizar su asado un martes, cuando va a invitar al único que no será de la partida, Sergio Escalante. Durante cinco días el asado intersecta lo que hacen los demás y suscita memorias. Todos, aunque mantienen cierta distancia frente al empeño voluntarista de Gutiérrez, saben que están convocados para ese mediodía de domingo en la quinta de Rincón, donde culmina La grande, tal como ha llegado a nosotros, es decir, privada de su jornada final. La novela comienza con un atardecer bajo la lluvia y termina en una noche de tormenta; el mediodía solar del domingo reúne a esos hombres y mujeres, de edades bien diferentes, alrededor de una piscina o bajo el alero de un quincho. Tanto el agua azul y móvil de la piscina como los ruidos crepitantes del asado son una sustancia táctil y sonora, sensible y física que convoca todos los deleites minuciosos de la descripción saeriana.

En los dos extremos de un arco de edades, Gutiérrez y Nula son respectivamente el pasado de una ficción y lo que todavía habría podido ser su desarrollo futuro si Saer no hubiera muerto. Uno tiene 29 años, el otro, 58. Uno ya conoce sus límites; el otro quiere creer que, junto con los vinos que vende, puede anotar en la misma libreta sus pensamientos sobre una filosofía del devenir. Los lectores lo miramos con más simpatía que esperanza. En rigor, no hay lugar para la esperanza en la ficción saeriana, aun cuando La grande presenta una continuidad de generaciones: los hijos de Nula, el hijo que tendrá Gabriela Barco. Tomatis sabe del fracaso de esas continuidades: nada tiene que ver con su hija, a la que visita en Rosario sin entenderse, aunque también sin la iracundia que habría experimentado años atrás. La resignación que anuncia la vejez no es sino un pliegue más en una literatura que fue siempre pesimista. Excepto la ira y el miedo, ambos vinculados a la desaparición del Gato y Elisa, lo que queda es la sorna, la comicidad, la resignación o el sarcasmo. En este cuadro, Gutiérrez, el "regresado", es patéticamente ingenuo: confía en la restitución de algo que quedó atrás para siempre y Sergio Escalante, al no acceder a compartir el festejo, le pone un límite a esa ilusión reconstructiva.

Los jóvenes son ahora, a diferencia de la bohemia provinciana de los años cincuenta y sesenta, un comerciante y dos investigadores de historia literaria, interesados en las capillas poéticas santafecinas (criticadas por Saer, a quien, quiza más que a sus lectores, siempre le divirtió la parodia de esa mediocridad pueblerina). También aquí hay una curva: frente a la inteligencia descarada y autodestructiva de Tomatis joven, está el trabajo paciente y opaco de Soldi y Gabriela Barco, que llenan fichas, buscan fuentes y entrevistan testigos. Aunque imita la ironía de Tomatis, Nula está dividido, como las anotaciones que realiza en su libreta negra, entre familia y filosofía. Pese a esta especie de normalización de los oficios, de la que carecía el grupo de amigos en las novelas sobre la juventud, siguen siendo núcleos intratables el deseo y la paternidad, unidos, como en La ocasión, por un enigma.

Gutiérrez acepta una paternidad dudosa que se le atribuye y rechaza la prueba que podría darle alguna certeza. Tomatis, en carta a Pichón Garay, discute que Layo haya sido el padre de Edipo. A la incógnita de la paternidad se agrega la de los padres ausentes: el de Nula fue un militante político asesinado en 1975 en una pizzería del Gran Buenos Aires. El erotismo no es menos incierto que la paternidad. La vibración de las sensaciones se demuestra finalmente incomunicable, porque lo sensible es un mundo cerrado alrededor de cada sujeto, como una cápsula de conciencia que jamás podrá abrirse a otras conciencias. Sin embargo, los personajes insisten en el examen de sus cuerpos y de la relación de sus cuerpos con otros, sabiendo que nada es posible entender del otro y, al mismo tiempo, decididos a no resignar esa pulsión que nunca rinde un sentido pleno. El misterio de ese cuerpo extranjero culmina en Diana, la mujer de Nula, una belleza mutilada por la huella siniestra de una herida de nacimiento. Todo, en La grande, es incompleto y, sin embargo, perfecto.

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