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Mario Amadeo: desventuras de un canciller

Por Lucio García del Solar Para LA NACION
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11 de octubre de 2005  

El 25 de septiembre de 1955, tres días después de que el jefe de la Revolución Libertadora, general Eduardo Lonardi, asumió ante una Plaza de Mayo más llena que nunca la presidencia de la República, juró como ministro de Relaciones Exteriores y Culto el doctor Mario Amadeo, un talentoso hombre público de conocida militancia en el nacionalismo católico.

Había desempeñado importantes funciones en la diplomacia durante las presidencias de Ramón S. Castillo y del general Edelmiro J. Farrell, y había llegado a ser director de Asuntos Políticos de la Cancillería.

Eran los tiempos finales de la II Guerra Mundial que, inequívocamente, llevaban a una victoria de las fuerzas aliadas lideradas por el Reino Unido, los Estados Unidos y la Unión Soviética sobre las del Eje de Alemania, Italia y Japón.

Los gobiernos de los presidentes nombrados mantuvieron a la Argentina neutral en el conflicto, siguiendo el ejemplo de Hipólito Yrigoyen en la I Guerra Mundial. La contienda fue vivida por la opinión pública argentina con la pasión típica de nuestra particular idiosincrasia.

Los partidarios de los aliados acusaban a los defensores de la neutralidad de ser pro Eje, no sin razón en muchos casos, y se originaban grandes enconos. Y como también es propio de nuestra particular idiosincrasia estimular la perdurabilidad de situaciones polémicas a través de los tiempos, las secuelas de esas divisiones político-ideológicas de la guerra de 1939-1945 jugaron un papel, una década más tarde, en la crisis que volteó al general Lonardi y lo reemplazó por el general Pedro Eugenio Aramburu.

Una de las víctimas de la crisis fue Mario Amadeo, cuya corta gestión de canciller (49 días) merece evocarse, dados los delicados e intensos momentos que vivió durante ellos y la profesionalidad con que los afrontó.

Me tocó seguir los hechos muy de cerca, pues, habiéndome designado su secretario casi sin conocerme, me reincorporó a la Cancillería enterado de que nueve años antes, siendo un pinche, había renunciado al Servicio Exterior por solidaridad con mis jefes -embajadores y ministros de carrera- que el presidente Perón, a poco de asumir, había obligado a renunciar en bloque para nombrar a su gente.

Una de las primeras medidas del gobierno provisional fue la designación en la diplomacia de nuevos jefes de misión que fueran representativos en el exterior del profundo cambio político producido por la Revolución Libertadora.

Sobre la base de propuestas de Amadeo, hubo reincorporaciones de los desplazados en 1946, como, entre otros, Felipe Espil, designado embajador en Brasil. Hubo también nombramientos de hombres de los partidos políticos, como Alfredo Palacios, del socialismo, embajador en Uruguay; Adolfo Vicchi, del conservadurismo, en los Estados Unidos, y Donato del Carril, del radicalismo intransigente, en la Unión Soviética. Para la representación ante los organismos internacionales de Ginebra fue propuesto Eduardo Mallea. Por supuesto que las Fuerzas Armadas recibieron su cuota: el almirante Toranzo Calderón fue embajador en España; el general Videla Balaguer, en Italia, y el almirante Olivieri, ante las Naciones Unidas.

A fin de exponer ante quienes representarían a la Argentina las ideas sobre la política exterior del nuevo gobierno, el ministro de Relaciones Exteriores los convocó al Palacio San Martín y en un ceremonioso acto -en el que, simbólicamente, sentó a un religioso a su derecha, el decano de los embajadores argentinos, presbítero Daniel García Mansilla, y a un no creyente a su izquierda, Palacios-, a modo de clase magistral, pronunció un admirable discurso, con el estilo y la jerarquía propios de su cultivada formación académica.

Luego de poner de relieve la excepcional circunstancia de una congregación plural indicativa de la tan deseada unión nacional, el canciller anunció, en síntesis, los propósitos de "continuar las relaciones amistosas con todos los países del mundo y muy especialmente con las naciones americanas" y la voluntad, en nuestro trato con los vecinos, de "disipar prevenciones sobre nuestras pretendidas aspiraciones hegemónicas".

Señaló que nuestro comportamiento "se ajustaría estrictamente a las normas del derecho internacional" y que estaríamos "junto a las naciones occidentales, a cuya tradición y cultura nos encontramos irrevocablemente incorporados" (citas del libro de Mario Amadeo Ayer, hoy y mañana, Ediciones Gure, 1956).

En el discurso del canciller, sin duda, asoma una toma de distancia de la "tercera posición" de Perón, una referencia embrionaria de lo que bastante más tarde los gobiernos militares llamarán "el mundo occidental y cristiano" y el sentimiento profundo hacia España que se le conocía.

No pudo Amadeo encontrar, apenas se hizo cargo de la cartera, una situación diplomática más delicada que la imperante por el asilo de Perón en la embajada del Paraguay, donde se refugió tan pronto cayó.

Casi sin dilación, y por temor a una acción de los revolucionarios contra la embajada, Perón, para dejar el país, se hizo trasladar en compañía del embajador de la nación vecina a la cañonera Paraguay, que se hallaba en la rada del puerto para ser reparada. Caía, pues, sobre los hombros del recién estrenado ministro de Relaciones Exteriores una enorme responsabilidad.

Profesor de Derecho Internacional y fogueado en la diplomacia, no dudó Amadeo en aconsejar al gobierno que, dadas las circunstancias, se observara escrupulosamente el asilo diplomático del general Perón, para mostrar a la comunidad internacional el respeto a las normas consagradas en la materia. El presidente Lonardi, un militar con condiciones de estadista y de espíritu amplio, aprobó la concesión del salvoconducto que permitiría a Perón viajar a su lugar de exilio en el Paraguay.

El día señalado, y ante la posibilidad de algún atentado contra el asilado, Amadeo decidió constituirse en garante personal de su integridad física y lo acompañó en el traslado de la cañonera al hidroavión que lo llevaría a Asunción.

Pero un nimio incidente se produjo cuando el ex presidente pasaba a una lancha que lo trasladaría de la cañonera al hidroavión: trastabilló y Amadeo, en rápido reflejo, lo tomó de la mano para evitar que perdiera el equilibrio y, eventualmente, cayera al agua. El hecho, magnificado por la prensa, dio pie a fantasiosas especulaciones. Hubo reacciones encontradas: desde el antiperonismo pedestre, odio a Amadeo por haberle "salvado la vida" a Perón; desde el peronismo descamisado, emotivo agradecimiento a que la mano de Dios, por intermedio de la de Amadeo, hubiera asegurado su supervivencia.

Solucionado el problema del asilo con pleno respeto a las normas del derecho, Amadeo pudo dedicarse a los temas de su cartera, entre los cuales algunos requerían trámite urgente, como la normalización de las relaciones con Uruguay, enfriadas desde la primera presidencia de Perón por el exilio en Montevideo de decenas de disidentes políticos argentinos; la atención de las relaciones con Chile, afectadas por problemas fronterizos en la zona de Palena; la normalización del diálogo con la Santa Sede, tensada por el giro contra la Iglesia del régimen peronista durante los últimos dos años de su vigencia.

En el orden interno de la Cancillería, su más importante decisión fue la creación de la Consejería Legal, un cuerpo permanente de especialistas en derecho internacional para asesorar a todos, del ministro para abajo, en la materia que es la clave de bóveda de la diplomacia. Su nombre fue siempre sinónimo de prestigio, aunque la burocracia lo ha afeado desde que la rebautizó como Dirección General de Consejería Legal.

Pero así como bajo la experimentada conducción de Amadeo se procuraba mostrar al exterior una imagen de la Argentina fiel a sus mejores tradiciones, en el orden gubernamental interno germinaba una gravísima crisis. Cuando estalló, el 13 de noviembre de 1955, provocó la caída de Lonardi y de su gabinete. Habían durado apenas siete semanas y asumió el nuevo presidente provisional, general Pedro Eugenio Aramburu, una segunda fase de la Revolución Libertadora, muy distinta de la anterior.

¿Qué había pasado? Como lo describió el propio Amadeo en su citado libro, "desde el momento de su constitución, dos corrientes netamente diferenciadas integraron el gobierno de la Revolución Libertadora". La antigua división de los argentinos entre partidarios de los aliados o del Eje, con sus connotaciones ideológicas, tuvo que ver, quince años después, con la ruptura producida dentro del gobierno revolucionario.

Una corriente, llamémosla democrática liberal, la integraban los partidos políticos tradicionales que, en las elecciones de 1946, desde la Unión Democrática, perdieron contra el naciente peronismo. Durante la guerra eran aliadófilos. La otra corriente, proveniente del nacionalismo católico, tras apoyar al franquismo durante la guerra de España, se inclinaba en la guerra por la neutralidad -polémica y a veces ambigua-, no exenta de diversas formas de simpatía hacia el Eje.

Como quiera que sea, en materia de oposición frontal al gobierno de Perón desde 1946, no cabe duda de que fueron los sectores de la corriente democrática liberal los que más coherente y sistemáticamente enfrentaron al orden peronista a lo largo de los nueve años que duró; en cambio, importantes dirigentes del nacionalismo católico, ya desde el tiempo del gobierno militar de junio de 1943, del que surgió el coronel Juan Domingo Perón, tuvieron contactos con el régimen. Cuando éste asumió como presidente constitucional, se le aproximaron para prestarle distintas formas de colaboración, en virtud de bastante obvias afinidades. Hasta que a raíz de los inesperados ataques de Perón a la Iglesia en los últimos años de su gestión, se echó encima a la grey católica y a muchos hombres de las Fuerzas Armadas que, sintiéndose agredidos en sus creencias más profundas, se unieron a la hasta entonces inoperante oposición democrática inyectándole una militancia decidida a jugarse a fondo para terminar con el régimen peronista, cosa que, unidos, lograron.

Sin embargo, esa reunión de voluntades ideológicamente dispares que hubiera debido constituir el umbral de la unión nacional sin vencedores ni vencidos, pregonada por Lonardi, con prescindencia de sus simpatías por el nacionalismo católico, resultó tirada de los pelos y, por ende, de corta duración.

Desde un principio, el sector democrático liberal observó con creciente recelo la designación, por el presidente, en posiciones clave del gobierno, de personalidades del nacionalismo católico, no sólo porque los consideraba militantes advenedizos de la oposición al régimen peronista o por reminiscencias de los enconos ideológicos del pasado, sino por algo más específico: creían advertir en ellos un plan político de cooptación de las masas peronistas con fines electorales propios. En mi opinión, algo de esto había.

El 13 de noviembre de 1955, tras intensa presión desde la Junta Consultiva -asesora del Poder Ejecutivo-, presidida por el vicepresidente de la Nación, almirante Isaac Rojas, e integrada por la flor y nata de la clase política democrática liberal, el general Lonardi, ante fuertes planteos militares, fue desplazado de su cargo tras negarse a pedir la renuncia a sus colaboradores nacionalistas, entre ellos el canciller Amadeo, afirmando que los había elegido por sus méritos, independientemente de su ideología.

En su reemplazo, fue nombrado el respetado Aramburu, un democrático liberal.

Pocos días después, el doctor Amadeo, como otros, fue injustamente detenido bajo una falsa acusación de conspirar contra el Gobierno. Fue encerrado en un barco fondeado en la rada, en la que pocas semanas antes, como canciller, había cumplido con la nobleza que le era propia la misión de acompañar a su adversario político, el presidente depuesto, para de garantizar su seguridad física.

Su gestión, como vimos, fue muy corta, pero intensa, e infundió a las relaciones internacionales de la Argentina, a su paso por el Palacio San Martín, una jerarquía y un estilo que honraron a nuestro país y al Servicio Exterior de la Nación.

Quien esto escribe lo recuerda como su gran maestro diplomático. Nuestras diferencias de edad y de ideas políticas no fueron obstáculo, sino estímulo, para que entre ambos se forjara una entrañable amistad, que evoco con profundo agradecimiento.

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