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Un orgullo para los argentinos

Por Ricardo Rodulfo Para LA NACION
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19 de octubre de 2005  

La entrevista a Mikkel Borch-Jacobsen publicada en este mismo medio merece las siguientes observaciones.

1) Jacobsen describe con justeza algunas cualidades y defectos de Freud. Hacer un poco de trampa, forzar a veces los hechos, es algo nada infrecuente, incluso en figuras tan emblemáticas como Galileo. A veces se hace por enamorarse demasiado de una teoría; otras, para ganar mucho dinero, como cuando se "dibujan" investigaciones que impulsan la venta de determinado medicamento. A nadie se le ocurriría por esto descalificar en bloque a la física o a la farmacología. Lo raro es que Jacobsen, por ingenuidad o por una formación insuficiente, tras señalar con razón la gran habilidad de Freud para la propaganda, acaba "comprando" el principal producto de ésta: la idea de que Freud es el psicoanálisis, el padre, el inventor. Pero el psicoanálisis no tiene padre; como cualquier otra creación cultural, es fruto del trabajo de un grupo. Otros apellidos (Charcot, Breuer, etc.) se ligan a su gestación. Y los más anónimos de los pacientes. Freud mismo da testimonio de cómo muchas ideas se fueron generando entre ellos y él; por ejemplo, dar importancia a los sueños fue iniciativa de los pacientes.

2) Jacobsen se refiere a un psicoanálisis que no existe, que ya ha desaparecido. Por supuesto, como en toda disciplina, quedan siempre reductos ultramontanos, pero sin peso teórico real. Ese que él ataca no es el psicoanálisis de hoy en día.

3) Por desconocimiento o táctica, Jacobsen traza un cuadro de situación muy poco acorde a los hechos: el psicoanálisis no estará "a la moda" como hacerse una plástica, pero se mantiene estable y vivo en muchas partes del mundo. En cuanto a Estados Unidos, tampoco es cierta la descripción. En Nueva York hay desarrollos muy importantes y recientes, por una parte en un rico intercambio con el budismo zen; por otra, avanzando en lo que se llama estudios de género (todo lo que hace a las identidades femenina y masculina y sus transformaciones).

4) En lo que hace a nuestro país, la superficialidad y la falacia son demasiado groseras: invierte la cuestión, presentando algo de lo que, como argentinos, podemos estar orgullosos, como una extraña tara. En muy pocos lugares del mundo incluso la gente sin recursos puede atenderse y hacer atender a sus hijos gratuitamente en excelentes servicios hospitalarios (donde los profesionales habitualmente trabajan sin cobrar). La principal creación del psicoanálisis entre nosotros ha sido la del psicólogo clínico, sin parangón en el mundo. Este psicólogo no queda representado por el emblemático diván: se arremanga para resolver trastornos de aprendizaje. En lugares como el Garrahan integra equipos profesionales para, por ejemplo, aliviar el sufrimiento traumático de niños quemados; realiza peritajes en situaciones de adopción y de abuso sexual; trabaja en cuestiones de derechos humanos, etcétera. Esta nueva figura de psicoanalista ha introducido diversos modos de trabajo, que ya no se condicen con la idea de curas larguísimas: consultas que consisten en una sola y única vez. Y junto a esto, la teoría se ha renovado: hoy nadie piensa en lo sexual como factor único o más importante, como sí parece creerlo Jacobsen.

5) El psicoanálisis no es ninguna maravilla, ni resuelve todos los problemas. Tampoco pretende ser la única psicoterapia válida. Tiene, sí, dos rasgos muy propios que lo hacen hoy en día más necesario que nunca: a) no reduce el paciente a un número, o a un "caso". Es extremadamente sensible y cuidadoso con la singularidad de cada uno; b) no se desespera por obtener resultados rápidos a toda costa -es decir, a costa del paciente-; resiste el "resultadismo", el hacer de la velocidad un criterio único. No es todo. No es poco.

6) Profesionales e intelectuales del más diverso origen, todos sabemos que los juicios globales del tipo "todo o nada" son inútiles y arbitrarios. El principal problema de lo que dice Jacobsen es cómo lo dice: no para que la gente piense, sino para producir un efecto de convencimiento, paralizando la evaluación matizada. Será por eso que ve tanta manipulación en todas partes: practicando esa modalidad de terrorismo intelectual, él mismo es un manipulador.

El autor es psicoanalista y profesor en la UBA. Escribió, entre otros libros, "El niño y el significante" y "Dibujos fuera del papel".

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