Arde París

Por Marcelo Birmajer Para LA NACION
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14 de noviembre de 2005  

Los vándalos que prenden fuego a los automóviles y destruyen las escuelas de París y de otras trescientas localidades francesas asesinaron a una persona el pasado viernes 4 de noviembre. El nombre de la víctima era Jean Chenadec y tenía 60 años.

No lo mataron por intentar defender su propiedad con un arma. No lo mataron por intentar defender su ciudad con sus puños. No lo mataron por insultarlos. Lo mataron porque custodiaba, desarmado, un tacho de basura, para que no le prendieran fuego. Intentó, sin atacar a otros, preservar la civilidad, el cuidado conjunto, la vida en sociedad, la convivencia. Lo mataron porque estaba indefenso. Lo mataron por querer vivir como un ciudadano más en una república, entre iguales. Un encapuchado le partió la cabeza de un palazo y lo mató.

Un curioso enfoque analítico se ha enseñoreado de los medios de un tiempo a esta parte: cada vez que ocurre un acto destacable de vandalismo, los locutores y columnistas encuentran inmediatamente un reclamo legítimo detrás de las barricadas: necesidades insatisfechas que, como el combustible de un robot, convierten a los agresores –los pirómanos de los suburbios de París, en este caso– en autómatas violentos que no tienen otra alternativa más que incendiar media ciudad para reclamar por sus derechos. Ya ni siquiera se trata de aquella peligrosa frase: "La violencia es la partera de la historia". Se ha dado un paso más: siempre que haya violencia, el analista intentará encontrar legitimidad del lado del agresor.

Lo más curioso es que estos reclamos los inventan los propios columnistas y locutores: hasta ahora no hemos escuchado ni leído a ninguno de los vándalos explicando que incendian autos, en realidad, porque quieren una mejor integración laboral. Que han matado a un hombre indefenso de 60 años porque quieren un mayor acceso a la educación laica y pública. Que han destruido las propiedades de decenas de miles de conciudadanos porque quieren mayor libertad de expresión.

Hasta ahora, lo único que sabemos a ciencia cierta es que en esas barriadas, en el extrarradio, las actividades en las que alcanzaban excelencia los vándalos eran la trata de blancas, la venta de drogas prohibidas, el robo, la opresión en general de las mujeres y las conductas violentas de unos para con otros. Y la hipótesis que yo quiero sugerir, tan plausible como cualquier otra, es que lo que realmente quieren los vándalos es que el Estado les permita traficar narcóticos, oprimir a las mujeres y matarse unos a otros, sin entrometerse. Que les permita aplicar la ley del más fuerte sin la intervención de la legalidad estatal francesa.

No están pidiendo integración por medio del asesinato de un anciano y la destrucción masiva de la propiedad individual ajena: están pidiendo ser dejados a su arbitrio en un mundo sin reglas. Quieren vivir en el delito. Es una hipótesis, es cierto, nunca del todo confirmable, pero sí con muchos más datos que la apoyan que el invento de que en realidad están pidiendo una mayor integración laboral y social.

La idea de que este tipo de salvajismo proviene o se deduce de las condiciones de vida supuestamente paupérrimas de los perpetradores no ha sido refrendada por la historia. La rebelión, mucho menos violenta, mucho más elocuente y civilizada, que atravesó París en el 68 y que hoy resuena como un eco, fue protagonizada por muchachos de clase media sin mayores inconvenientes ni de salud, ni de educación, y ni siquiera de empleo, en el poco probable caso de que hubieran tenido ganas de ponerse a trabajar. Los jóvenes parisinos del 68, viviendo en una democracia, disfrutando del Estado de bienestar, levantaban banderas pidiendo por la dictadura maoísta. Ninguno de ellos, por supuesto, quiso irse a vivir a China, ni remotamente que Francia se pareciera a la China de Mao. Era un reclamo que se autodestruía.

Tampoco las Brigadas Rojas italianas, ni la Baader Meinhoff de Alemania, ni el Ejército Rojo japonés estaban compuestos por pobres, ni siquiera por proletarios. Eran todos integrantes de la clase media, de la clase media acomodada o de las clases altas.

Los actuales vándalos del extrarradio parisino viven en una situación de privilegio si los comparamos con las tres cuartas partes restantes del planeta. Todos aquellos que sean ciudadanos franceses gozan de un seguro de salud, de un seguro de desempleo y de un acceso a la educación muy superiores a los de cualquier pobre sudamericano, e infinitamente superiores a los del ciudadano medio de cualquiera de las dictaduras o monarquías de Africa o de Medio Oriente.

Uno no quema 25 mil autos para integrarse a una sociedad. Uno no mata a un anciano para integrarse a una sociedad.

No hemos escuchado historias de solidaridad, entre los vándalos, de pronto interrumpidas por el Estado; o emprendimientos culturales libertarios que el resto de los franceses desaprueben o hayan intentado impedir. Mucho menos ataques violentos contra los barrios de los que proceden los vándalos.

Son ellos los que han atacado al resto de sus conciudadanos indefensos. Son ellos quienes discriminan a cada francés que quiere vivir en democracia, en un sistema de igualdad entre hombres y mujeres, en un sistema de igualdad de oportunidades según la ética y el intelecto, y no la fuerza bruta o el latrocinio.

El suceso que aparentemente desató la barbarie fue que dos muchachos, temerosos de una redada policial –que en ningún caso es igual a haber sido perseguidos in situ por la policía, u obligados a entrar por la fuerza en tal o cual lado– se escondieron, desafortunadamente, y asumiendo un riesgo inverosímil, en una planta eléctrica. Y murieron accidentalmente electrocutados.

Sí, hay que decirlo sin temor: accidentalmente. La policía no los electrocutó. Ellos se escondieron por su propia voluntad en una planta eléctrica y, desafortunadamente, murieron electrocutados. Eso no es lo mismo que matar a un anciano a palazos. No es el mismo tipo de muerte. No lo es.

Es hora de rechazar a los violentos. Es hora de decir con todas las letras que estamos dispuestos a defender, al menos intelectualmente, el diálogo, la racionalidad, la solución de los problemas puntuales por medio de la negociación. Es hora de poner una barrera infranqueable entre los vándalos autoritarios, facinerosos, matones, asesinos y aquellos que creemos en la democracia como sistema político y de convivencia. Con todas las letras. Aquellos que defendemos la imperfecta democracia de libertad de expresión y elecciones.

Aquellos que creemos que para solucionar problemas comunitarios se debe elegir el camino de la expresión, de la elección de diputados, de la manifestación y la creación en todos los órdenes; aquellos que creemos en la especialización y el estudio, con la ayuda del Estado o ante la indiferencia del Estado, pero en dirección a la construcción y la vida, y no hacia el caos y la muerte.

Los integrantes de la clase media que les debemos nuestra vida y nuestra libertad a la democracia y a la posibilidad de resolver los conflictos por medio del diálogo no debemos adoptar actitudes autodestructivas. No debemos inventar argumentos en bocas de quienes, cuando hablan, sólo defienden modelos autoritarios, o terroristas, como Ben Laden, Al-Qaeda o sus organizaciones hermanas. No nos equivoquemos: no están luchando por la integración en su singularidad. Es muy probable que estén luchando contra la integración en libertad.

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