Murió ayer Nelly Prono

Polifacética: la dúctil personalidad y el natural talento de la actriz paraguaya dieron pie a brillantes interpretaciones en televisión, teatro y cine.
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2 de septiembre de 1997  

Nelly Prono, que falleció ayer luego de permanecer cinco días en coma y en estado vegetativo debido a un derrame cerebral, no era una de esas actrices cuyo nombre refulgía en las marquesinas de los teatros ni una diva exigente de publicidad.

Su carrera, que abarcó durante años el cine, los escenarios, la radio y la televisión, se desarrolló casi silenciosamente para el gran público que, no obstante, supo ver en ella a una intérprete que congeniaba con igual altura en la comedia, el drama, la tragedia o el sainete.

Para Nelly Prono, que había nacido en Asunción del Paraguay hace 65 años, no había personajes mayores o menores. Su vocación artística, adherida en su juventud y a la sombra de las grandes figuras teatrales de su país natal, llegó por primera vez a la Argentina a los 14 años.

Pero fue su padre, posiblemente, quien le inculcó el amor por el arte. Era un argentino bohemio que entraba en los peringundines llevándole la guitarra a Carlos Gardel y frecuentaba los teatros para extasiarse con los textos más heterogéneos.

Nelly Prono evocaba con emoción a su progenitor, "artífice de mi necesidad de ponerme en la piel de otras personas". Lentamente la futura actriz fue edificando su vocación. La escena independiente empezó a brindarle algunas oportunidades. Ella sabía, sin embargo, que su figura algo tosca debía ser reemplazada con el talento.

Años de estudio y de práctica la pusieron en la mira de los directores. Ella no se cansaba de repetir que el género que más le atraía era el teatro, porque "nuestra vida es tan pequeña que lo más hermoso que tiene el teatro es que brinda la posibilidad de vivir muchas historias".

En la década del sesenta, Nelly Prono animó para el escenario dos obras que le dieron el espaldarazo que necesitaba su permanente lucha en pos de la consideración del público y de la crítica: "Noche de noche", de Francoise Billetdoux, y "Barranca abajo", de Florencio Sánchez.

En ambos trabajos demostró su enorme naturalidad, la exacta medida de cada uno de esos nada fáciles personajes y una total entrega a ambas trágicas historias.

Nelly Prono, pues, ya había dado el examen que necesitaba para proseguir su derrotero artístico.

Reír o llorar

No tardaría en apuntalar estas virtudes en "Una luna para el bastardo", de Eugenio O´Neill, pieza que se vio en el teatro Arena, de plaza Miserere, que dirigía Francisco Petrone. Desde esos momentos ningún personaje fue desechado por la actriz. Supo hacer reír o llorar con idéntica facilidad. Nunca quiso encasillarse, a pesar de su acento que mantenía las cadencias paraguayas.

Se acercó a Bertolt Brecht en "Contra la seducción", notable espectáculo integrado por canciones, poemas y escenas del gran dramaturgo alemán. Acompañó a China Zorrilla en la conmovedora pieza "Una margarita llamada Mercedes", de Jacobo Langsner; aportó una atmósfera alucinante en "Hoy llega Ezequiel", de Marisé Monteiro, y recorrió las más fuertes, débiles, crueles y simpáticas criaturas de decenas de obras escénicas.

El cine no le fue ajeno. Se lució en "Los enemigos", un planteo alegórico sobre la realidad dirigido por Eduardo Calcagno, y aportó su ductilidad a films como "Don Segundo Sombra", de Manuel Antín; "Pasajeros de una pesadilla", de Fernando Ayala, y muchos otros.

En los años setenta coprotagonizó para la televisión la trama de "Andrea Celeste", junto a Andrea del Boca, y la pantalla chica también contó con su personalidad para infinidad de personajes.

Durante el último tramo de su vida compuso un papel para el ciclo televisivo "Mi cuñado", junto a Luis Brandoni y Ricardo Darín, que actualmente está en el aire por Telefé.

Los restos de Nelly Prono recibieron sepultura ayer, a las 16, en el panteón de la Asociación Argentina de Actores, en la Chacarita.

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