Yma Sumac, la reina exótica

Jorge H. Andrés
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12 de diciembre de 2005  

El gran desafío de reunir cuatro extraños álbumes del sello Capitol en los que aparecen temas como "Himno de las doncellas elegidas", "Criaturas del bosque", "Llamada del Ande" o "Kon Tiki", cantados en quechua y grabados hace medio siglo en Hollywood por una de las grandes excéntricas que ha conocido la música popular, consistía no tanto en atreverse a la reedición como en resistir la tentación de titularla con alguna humorada referida a Yma Sumac, la protagonista de la colección.

No pudieron evitarlo y anuncian el lanzamiento como "Queen of Exotica", un rótulo limitativo, pero no inapropiado, porque es innegable que exotismo, extravagancia y estilización eran las cualidades inseparables de esa intérprete y su presentación de antiguos aires peruanos, una exageración similar a la de Carmen Miranda con el folklore de Bahía, pero más provocativa y sin humor.

Yma Sumac ostentaba cinco nombres muy españoles, incluyendo Emperatriz y Augusta, tenía documentos que la declaraban descendiente directa de Atahualpa, se consideraba princesa inca y sacerdotisa del Sol, pero vacilaba en lo referido a su año de nacimiento -entre 1921 y 1929- en Ichocán, o cerca de Lima, aunque en su momento de mayor fama circuló la mentira de que se trataba de una simple judía del Bronx y había inventado el seudónimo escribiendo al revés su verdadero nombre, Amy Camus.

Falso, porque la leyenda de su voz, capaz de romper copas y hacer saltar cuerdas de violín, comenzó en Buenos Aires -figura como Imma Sumack en las etiquetas de los muchos discos que grabó aquí-, y cuando llegó por primera vez, en 1943, con la gigantesca Compañía de Arte Peruano de su marido, Moisés Vivanco, se la veía joven e imponente, ya bien lejos de la adolescencia, sin que pareciera posible otra nacionalidad que la peruana, celebrada arrogantemente en sus espectáculos.

Todavía se trataba de recitales folklóricos, pintorescos pero razonablemente auténticos, con el atractivo de cierto misterio que parecía la manifestación de alguna cultura incomprensible y la fascinación de una cantante enigmática para la que no existían notas imposibles de alcanzar ni buen gusto musical que le impidiera imitar cantos de aves y sonidos de la jungla.

La marcha hacia un ridículo superior comenzó más tarde y lejos de la Argentina: en 1950 con "Voice of the Xtabay", su primer álbum norteamericano, que la vinculó con Les Baxter, el arreglador que convirtió el término "Exótica" en una categoría estética, y puso en la tapa lo que iba a ser la imagen oficial de Yma Sumac, siempre en actitud celebratoria, como en trance, embadurnada de maquillaje -era una mujer increíblemente pálida- y cubierta de alhajas hechas con oro falso del Perú.

Iluminadas por Tom Kelley, fotógrafo del almanaque que hizo célebre a Marilyn Monroe, esas imágenes en colores con destino de antología kitsch adornaron discos en los que el título era suficiente para adivinar el contenido: "Leyenda de la virgen del Sol", "Fuego del Ande", "Leyenda del jíbaro" y lo que fue su obra maestra con signo negativo: "Mambo".

* * *

Pero lo impresionante no eran las alucinaciones folklóricas, que escribía su marido y orquestaban los compositores de Nat King Cole y Roger Corman, sino la voz a la que estaban destinadas, un registro de soprano que llegaba fácilmente cerca de las cinco octavas -su "Chuncho" contiene las notas más altas que se han grabado jamás- y enseguida podía descender al otro extremo.

La novedad acabó más rápido de lo que llevó instalarla. Los Vivanco se separaron en 1965: Moisés, perdido en España, y la Sumac, de vuelta a Perú, desde donde maquinó un retorno desastroso junto a Baxter -"Yma rocks", 1971- que la forzó a esperar otros quince años por la reivindicación, que se manifestó en el libro "New Sounds", de John Schaefer, donde abre el capítulo dedicado a voces singulares, y en lo que es hasta hoy su última grabación: un aria de "La bella durmiente", la de Disney, en el álbum "Stay Awake".

Porque está viva todavía, reside en Los Angeles -Sunset Boulevard, como corresponde-, empequeñecida e irreconocible, pero con tan buena salud que el mes pasado cantó en un festival.

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