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Magdalena Ruiz Guiñazú: delicias de la vida conyugal

Avida lectora, la reconocida periodista también ha incursionado en la narrativa. El relato que presentamos aquí, Colón, los miércoles, forma parte de su reciente libro Historias de hombres, mujeres y jazmines (Ed. Planeta)
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18 de diciembre de 2005  

Aquella mañana, aunque su camisa no estaba perfectamente planchada (tenía dos finas arrugas en los puños), ni la temperatura del té era la indicada como tampoco la información financiera de primera hora, el señor Müller se sintió joven y fuerte. Hacía mucho tiempo, demasiado, que no tenía una cita con una mujer bonita. En otras épocas aquellos encuentros apasionados y fugaces habían sido parte de su vida. Una razón de ser. Ahora ya, a los sesenta largos, constituían una agradable interrupción de la rutina cotidiana.

Irene era una cita bastante excepcional. No sólo por su físico sino por poseer inclinaciones musicales que lo habían sorprendido. La sangre germana del señor Müller hirvió tumultuosamente cuando ella manifestara el deseo de escuchar música juntos.

–Podríamos comer temprano y luego ir a un buen concierto. Sabés, querido, compartir ciertas cosas es algo que no se logra con cualquiera.

Y el señor Müller, que no se sentía cualquiera sino alguien bastante excepcional, comprendió perfectamente el deseo de Irene.

Para ser francos hacía muchos años que no ponía los pies ni en el Teatro Colón ni en ninguna otra sala de concierto. Esas cosas habían sido el dominio de Olga y, por eso mismo, las había desechado.

Olga. Allí estaba en el otro extremo de la mesa del desayuno. Serena, distante, olvidada. Parecía formar parte de la habitación. Un mueble bien terminado que se pierde en el conjunto.

Tenía facciones finas y sus ojos grises, antes impenetrables, con el correr del tiempo se habían vuelto inexpresivos.

El señor Müller tosió ligeramente y dijo como al descuido:

–Las tostadas están quemadas.

Los pómulos de Olga se sonrojaron y preguntó a media voz:

–¿Quieres que prepare otras?

–No, gracias. Estoy acostumbrado.

Un pesado silencio cayó sobre el comedor Renacimiento hasta que, por fin, el señor Müller dobló el diario, exhaló un suspiro de resignación y se despidió de su esposa con un sonido apenas comprensible.

Hacía años que las faltas de atención de Olga lo enfurecían.

"Si no pido nada. Nada. Un poco de buena voluntad solamente…"

Sólo cuando el Mercedes azul metalizado enfiló velozmente hacia el centro, recobró la serenidad. ¿Para qué seguir pensando en el punto exacto de las tostadas? Preparadas por Olga estaban mal. Estarían siempre mal.

Ah, si las mujeres supieran que las pequeñas cosas… Pero era inútil suponer que Olga pudiera hacer algo realmente bien. Era casi una incapacidad física. Desde los primeros tiempos de casados el señor Müller había notado en ella una especie de parálisis ante cualquier observación. Permanecía inmóvil y balbuceaba una excusa, dos. Se había olvidado; había perdido aquella factura; le había enviado el auto con diez minutos de retraso porque…

Era una mujer enervante. Incluso para las relaciones que el señor Müller recibía en su espléndida casa de Martínez no era una compañía grata. De los silencios más absolutos pasaba a levantar la voz en un tono incongruente. Y siempre con aquel rubor en las mejillas que, por sobre toda otra cosa, irritaba al señor Müller.

El único punto de contacto de Olga con la realidad parecía ser la música. Durante años no había faltado a cuantas funciones de ópera estuvieran en cartel. Asistía a ellas siempre sola pues el señor Müller no juzgaba necesario acompañarla.

Musicalmente no podría habérsela definido como una buena violinista sino como una aplicada ejecutante. Y como sus estudios resultaban fastidiosos para los oídos de su marido había ido espaciando sus ejercicios hasta, finalmente, recluir el violín en su estuche de cuero negro sin intenciones de volver a tocarlo más.

"¡Ni siquiera debe ser demasiado importante para ella!", reflexionó el señor Müller cuando sucedió aquello.

"Si no, me lo hubiera pedido, y yo habría accedido. Por supuesto, habría accedido…"

Irene, en cambio…

El señor Müller ordenó que no lo molestaran y discó su número telefónico. El tono de voz que contestó el llamado sugería una habitación sumida en el más adorable desorden.

–¿Estabas durmiendo?

–Un poquito –asintió ella, suavemente–. ¿No querés venir a desayunar conmigo?

–Bueno… acabo de hacerlo en casa… –se turbó él. Una risa un poco irónica se deslizó por el hilo:

–Entonces, supongo que me llevarás al Teatro Colón esta noche. Me lo habías prometido.

–Pero no sabemos lo que dan…

–No importa. ¿Acaso no es música?

El señor Müller se sintió sacudido ante tamaña afirmación.

–Por supuesto. Al Colón o a algún concierto.

–No, no, al Colón. Me emocionan todas esas luces que se apagan tan despacio…

–Te llamo luego.

No bien hubo cortado la comunicación el señor Müller recordó que aquel día era miércoles. Que aquélla era noche de abono en el Teatro. ¿Acaso Olga… durante años?

Irene vería cumplidas sus aspiraciones y él se daría el gusto de enfundarse en el smoking que le sentaba todavía particularmente bien. Durante unos instantes contempló la posibilidad de comprar las entradas por teléfono y luego la desechó por poco confiable. Era importante contar con una buena ubicación. Si resultaba necesario, tomaría un palco entero sólo para ellos. Irene no se sentiría defraudada. Decidió también volver inusualmente a su casa por aquello del smoking, de probárselo con tiempo frente al espejo y, en el trayecto, eso es, en el trayecto pasaría personalmente por el Teatro Colón.

El encargado de la boletería lo atendió con gentileza.

–Esta noche no, señor. El viernes.

–Pero hoy es la función de abono…

–No, señor. Lo lamento…

–¡Cómo es posible! ¡Siempre ha sido los miércoles!

–Señor, hace veinticinco años que trabajo aquí –protestó el otro, ya molesto– y jamás hemos tenido función de abono, ni ninguna otra, en día miércoles. Es una jornada que se dedica a mantenimiento salvo, naturalmente, que se haya presentado algún concierto excepcional que, por razones de programación…

El señor Müller sintió latir en las sienes su sangre germana.

–Quiere decir que yo estoy loco. Que durante años mi señora ha tenido abono los días miércoles y ¡que ahora resultan ser alucinaciones mías!

–No puedo más que repetirle…

Pero ya el señor Müller desaparecía en el asiento trasero del Mercedes azul.

–Vamos a Martínez… –ordenó al chofer.

Su indignación no hizo más que aumentar durante el trayecto. Naturalmente, tenía que ser algo relacionado con su mujer para producirle semejante disgusto. Si hasta recordaba que las únicas facturas de casas de modas que había recibido en su vida eran, justamente, los vestidos de Olga para aquellas ocasiones. Era el colmo. Protestaría ante la administración del teatro. A lo largo de más de sesenta años su memoria no había fallado jamás.

Se sentó a la mesa del almuerzo, tenso y malhumorado. No probó el primer plato.

–Pero, querido, si es el salmón que te gusta… –insistía Olga, aún sorprendida por aquel inesperado regreso.

–Está mal presentado. Una fuente así le corta el apetito a cualquiera.

Quizá fueron los pómulos sonrojados de Olga los que precipitaron las cosas.

–Pretender que pruebe este plato es como si yo te hubiera obligado a dejar tus abonos del Colón, los miércoles… –gritó, buscando la única comparación posible.

El rubor de los pómulos se extendió a todo el rostro y en el cuello todavía terso comenzó a latir una vena.

No dijo nada y, de pronto, un relámpago, una intuición, paralizaron al señor Müller en su silla.

–¿O no ibas al Colón, los miércoles?

En cuanto lo dijo, sus palabras le parecieron tan incongruentes y lejanas como si, pronunciadas en sueños, pertenecieran a otros labios que los suyos.

Era ridículo, absurdo, suponer por un instante… Con un enérgico timbrazo pidió el salmón y llenó su plato. No podía mirarla. Quería anular las palabras anteriores. Borrarlas, pulverizarlas, porque daban cuerpo a algo absolutamente humillante e inadecuado. Algo que invalidaba la lástima y los gananciales que le habían impedido separarse de ella muchos años atrás.

–Está bastante rico –logró sonreír en una mueca sin alzar los ojos.

Cuando de pronto, un ruidito, como el balancearse de una rama, le hizo comprender que Olga lloraba. Dejó los cubiertos de pescado.

–¿No ibas al Colón? –dijo despacio.

Las pupilas grises parecieron romperse en mil cristales. Estaba muy pálida ahora.

El recordó en un instante los únicos vestidos elegantes; aquéllos de las casas de moda. Para el teatro.

Ni siquiera se los había visto puestos. La del miércoles había sido siempre una noche de libertad para él.

–Pensé que nunca llegarías a saberlo –dijo ella después de un largo rato.

Salió al jardín y cuando hubo secado sus lágrimas encontró al señor Müller aún sentado en su silla del comedor Renacimiento.

Se estaba convirtiendo en un anciano.

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