Alicia Castro: una chavista de alto vuelo

La temperamental ex azafata, ex gremialista y ex diputada, que supo tener buen vínculo con la senadora Cristina Fernández, se quedó este año sin el puesto de embajadora en la Venezuela de su amigo Hugo Chávez cuando sus críticas a la gestión K. inclinaron la balanza en favor de Nilda Garré
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18 de diciembre de 2005  

Alicia Castro es una de esas personas que desorientan a quienes tienen una concepción ordenada del universo. Entre los sindicalistas argentinos notables debe de ser la más asidua concurrente al Teatro Colón y, entre los políticos de izquierda, la única que decidió mudarse al Kavanagh, edificio tradicional de Buenos Aires en el que bien podría compartir una reunión de consorcio con José Alfredo Martínez de Hoz.

Todo era más glamuroso en los tiempos en que la política no existía en su vida y el trabajo le permitía hacer, por ejemplo, en Nueva York, nuevos amigos, como Plácido Domingo. Se cuenta que en un vuelo, la joven, culta y desenvuelta azafata juntó al tenor con otro pasajero en el living del primer piso de un 747 y patrocinó un diálogo de gran altura. Gracias a lo cual el pasajero disfrutó después de una memorable versión de Otelo, en platea. Era Jorge Luis Borges.

El corazón en Caracas

Su aspecto de mujer de pocas pulgas no agrada a algunos gremialistas del mundo aéreo que le atribuyen cercanía con los dueños españoles de Aerolíneas Argentinas y, también, con la Fuerza Aérea. En su antigua oficina de secretaria general de la Asociación Argentina de Aeronavegantes solía haber una foto que la mostraba abrazada con Lorenzo Miguel y otra donde se la veía, sonriente, junto a Graciela Fernández Meijide. Careció de militancia política en los tempranos años setenta -incluso durante su breve paso por la efervescente Facultad de Filosofía y Letras-, cuando aún la seducía el hippismo. Pero de grande experimentó una radicalización ideológica que le permitió evacuar su espíritu fogoso, a veces más fogoso que de izquierda: eligió que su gremio se alineara en el Movimiento de los Trabajadores Argentinos (MTA) junto a los peronistas clásicos Hugo Moyano y Juan Manuel Palacios, en vez de engrosar la más combativa Central de Trabajadores Argentinos (CTA) de Víctor De Gennaro.

Hoy, como se sabe, está entre los chavistas más chavistas de la Argentina. Buena parte de los dirigentes políticos da por cierto que Alicia Castro es algo más que amiga, como se decía en el barrio, de Hugo Chávez (los presentó hace cuatro años el periodista Luis Bilbao, de Le Monde Diplomatique), aunque sus allegados cuentan que ella niega los rumores, tenidos por ciertos por varios dirigentes consultados para esta nota sin el aporte -justo es consignarlo- de otra comprobación que la persistencia de la especie? y de la fama donjuanesca del militar venezolano. Querrá ver el lector en estas consideraciones, tal vez, una intromisión en la vida privada. Sin embargo, la hipotética infiltración de Cupido es aquí asunto inevitable. Lo que vuelve de interés público, por no decir político, el tema (ninguna otra atención a las relaciones sentimentales de Castro sería pertinente) es que se está hablando de la posibilidad de que ella sea embajadora argentina en el país que gobierna él.

Ya una vez, este mismo año, Castro fue candidateada como embajadora. Una versión indicaba que mientras se estudiaban sus chances llegaron a oídos de Kirchner comentarios que Castro habría hecho durante una pequeña reunión. Se le atribuía haber hablado muy mal, como suele hacerlo, de Eduardo Eurnekian, sólo que haciendo extensivo el sablazo al Gobierno -palabra clave: mafioso- por negociar con ese empresario. De acuerdo con la versión, su incipiente potencial diplomático naufragó en el acto. La elegida, a la postre, resultó ser Nilda Garré, quien hace poco menos de un mes recibió a Kirchner en Venezuela y, al volver a Buenos Aires, recibió la noticia de que ella sería, en cuestión de horas, la primera ministra de Defensa de la historia. En otras palabras, que la embajada en Caracas quedaba de nuevo vacante. Entonces se renovó el nombre de Castro. Y en ese punto estamos. ¿Probabilidades? Quién sabe. En el gobierno hay quienes aseguran que Chávez le habría pedido a Kirchner por su amiga argentina, pero al revés: para que no la nombre.

Religión y política

Pero volvamos a la rica vida de esta mujer nacida en Bahía Blanca hace 56 años. Tuvo la líder de las azafatas una educación mixta, aunque no en el sentido convencional de la expresión: primero fue una educación laica y sajona; después, religiosa y francesa. Hizo la primaria en un colegio inglés de Palermo (Leach Institute) y la secundaria en la Inmaculada Concepción. Jamás se llevó una materia. Como girl-scout, -"guía argentina"- participó en la adolescencia de un grupo que hacía servicios sociales en la Villa 31 con el padre Carlos Mujica, frecuente antesala militante, en su caso sin continuidad. La combinación de religión y política sólo sumaría un eslabón curioso años más tarde, cuando, ya diputada, decidió rendirle un homenaje al Che Guevara depositando una imagen de Santa Rita en la chacra que los padres del guerrillero tenían en Misiones, donde se supone que lo bautizaron.

Además de feministas, las tres tías que la criaron junto a su madre eran rosistas, aunque por inspiración sanguínea. Alicia Castro es chozna de Mercedes López de Osornio de Chávez, tía y madrina de Juan Manuel de Rosas. Alguna vez contó que las tías le hablaban de Tatita y la vestían con puntillas y divisa punzó. Quizás el dato merezca entroncarse con los relatos de ex compañeros de los años noventa que relatan haberla visto en un viaje a la India toda vestida de hindú, marca entre los ojos incluida, o en México, en oportunidad de una visita al subcomandante Marcos, con indumentaria gauchesca completa.

Siempre fue aguerrida. Tanto en su vida personal -es madre soltera; su hija Miranda tiene 18 años- como en el terreno laboral: tenía 19 años -y una proverbial belleza- el día que empezó a volar como azafata. Mucho antes de ser la primera diputada de la Alianza en romper con el oficialismo bajo el gobierno de Fernando de la Rúa, antes de convertirse en líder de los aeronavegantes -y abrir, junto con Mary Sánchez, el camino de mujeres sindicalistas al frente de gremios nacionales-, Castro ya había hecho trascender su carácter. El feminismo que traía de la infancia la impulsó a desparramar quejas por la inexistencia de comisarias de a bordo cuando eran todos comisarios. Así empezó. En el alba de la democracia, treintañera, era la delegada gremial más popular de Aerolíneas. Voló, en total, durante 21 años. Sólo al promediar los noventa, tras colgar el uniforme, dejó un pie en el sindicalismo y puso el otro en la política.

A fines de 2002, se postuló con su frente como candidata presidencial, algo que se llevaría el viento. Con la pretensión más modesta de seguir en el Congreso, en octubre último no consiguió ponerse de acuerdo con las poco robustas fuerzas de izquierda que la cortejaban, como el Partido Comunista, y horas antes de los comicios se eyectó de una Alternativa Latinoamericana Bolivariana de las Américas (ALBA), que ofrecía más nombre que votos.

Antimenemista de la primera hora, en el gremio de aeronavegantes, que tiene alrededor de 2500 afiliados, fue elegida como número uno en 1991, 1994, 1997 y 2001, hasta que hace dos años pasó a ser secretaria de Relaciones Institucionales, Internacionales y de Políticas Laborales, por lo que conserva una oficina a seis segundos de la de Ricardo Frecia, su sucesor. Actualmente también es vicepresidenta, en el nivel mundial, de la International Transport Federation.

Su currículum político, en tanto, está emparentado con el nacimiento del Frepaso, con el de la Alianza y también con la privatización de Aerolíneas, a la que originariamente se opuso (el primer per saltum la tuvo entre los protagonistas). En 1997 Castro integró la lista encabezada por Graciela Fernández Meijide, que derrotó a la de Hilda González de Duhalde. Durante dos años fue diputada de la oposición al gobierno de Menem pero cuando ganó la Alianza, el oficialismo le duró lo mismo que un suspiro, porque combatió la reforma laboral impulsada por De la Rúa -fue vocera de la oposición- y de inmediato se escindió con un Frente para el Cambio. Después integró el Frente Polo Social, asociada con el padre Luis Farinello. Encabezó en 2001 la lista de diputados que obtuvo medio millón de votos y cinco bancas. Ella suele jactarse, y tiene razón, de haber sido uno de los poquísimos diputados que durante la furia antipolítica salieron a la calle sin riesgo de ser linchados. En esos tiempos mantenía buenas relaciones con Cristina Kirchner, opositora dentro del PJ, y con Elisa Carrió, que había roto con la UCR, vínculos que luego se poblarían de cortocircuitos.

Banderas

En mayo de 2002 Alicia Castro volvió a andar por el mundo pero sin subirse a ningún avión: su imagen apareció por todas partes cuando en medio del tratamiento de la ley de quiebras estacionó una bandera norteamericana en el estrado del presidente de la Cámara baja, Eduardo Camaño. "Si el Congreso se va a limitar a ser la escribanía del FMI -le espetó- sugiero que sean honestos, arríen la Bandera Nacional y procedan a seguir legislando bajo esta bandera". Un agudo golpe mediático, que en su foja de servicios figura como "el banderazo".

Pero arriar banderas es lo que le reprochan sus críticos. "Se habla mucho de Borocotó -dice, por caso, Juan Papalardo, de la Asociación del Personal Técnico Aeronáutico (APTA)- cuando Alicia es anterior, porque estaba a favor de darle Aerolíneas al grupo Pellegrini, en contra de Marsans, y después se dio vuelta; la ex diputada revolucionaria y bolivariana abandonó a su gente con tal de que Aerolíneas mantuviera la posición dominante en el mercado". De APTA es Ricardo Cirielli, el gremialista aeronáutico a quien Kirchner conserva en el gobierno, justamente, como subsecretario de Transporte Aerocomercial. En los hechos Cirielli representa una de las tres o cuatro líneas oficiales (recientemente estaba a favor de las huelgas) que hay en la materia. Trama áspera: a Castro, que ha pedido la cabeza de Cirielli, le devuelven con denuncias que la acusan de haber realizado manejos financieros turbios en la AAA y de seguir cobrando -en violación a la ley- de parte de Aerolíneas Argentinas, cuando como diputada ocupaba la vicepresidencia de la Comisión de Transporte. También le endilgan el ser favorecida por la compañía con pasajes gratuitos y upgrades a primera clase (ella ha dicho que son ventajas derivadas de su condición de ex azafata).

Lo cierto es que con su enorme capacidad para desorientar almas esquemáticas, Alicia Castro abastece de argumentos tanto a quienes la defienden como a los que acopian críticas en su contra (sobre todo dentro de la sombría interna gremial aeronáutica). Unos porque exaltan su bravura combinada con cierto abolengo y refinamiento personal pulido en incontables vueltas al mundo, y otros porque la encuentran por demás contradictoria, están disgustados con sus porcentajes de ideología y pragmatismo o la acusan de ser mucho más histriónica que antiimperialista.

Quién es

Primeros pasos

Alicia Castro nació en Bahía Blanca hace 56 años, en un hogar rosista por herencia familiar: es chozna de una tía y madrina de Juan Manuel de Rosas. A los 19 años inició su carrera de azafata en Aerolíneas Argentinas, que duraría más de dos décadas.

Política y gremialismo

Incursionó luego en la política y el sindicalismo. Entre 1991 y 2003 lideró el gremio de los aeronavegantes, y fue dos veces diputada nacional, primero por la Alianza y luego por el Polo Social.

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