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Luis Montoya: "Yo salgo de esto"

El ex director técnico de Once Caldas, de Colombia, lucha cada día desde el cruel ataque que sufrió en un asalto; cómo está a 14 meses del hecho, los cuidados médicos, las posibilidades de recuperarse y una definición elocuente: "Me veo dirigiendo de nuevo desde una silla de ruedas"
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19 de febrero de 2006  

No tuvo tiempo de hacer el balance de un año lleno de triunfos porque la vida le puso, de inmediato, un reto superior del que acababa de salir en hombros de los hinchas. Luis Fernando Montoya, el director técnico que consiguió que Once Caldas de Colombia ganara por primera vez la Copa Libertadores en 2004, en aquella recordada final resuelta por penales en Manizales frente al Boca de Carlos Bianchi, sufrió un vuelco en su vida al ser víctima de un asalto que lo dejó cuadripléjico y conectado a un respirador artificial, una historia conocida y que impactó al mundo.

Esta semana, el marcapasos diafragmático que le fue implantado mostrará hasta qué punto el DT, de 49 años, puede volver a respirar por sí solo y reanudar su vida al frente de un equipo. Montoya y su esposa, Adriana Herrera, le contaron a LA NACION, vía telefónica, la vida que comenzó para ellos desde hace catorce meses.

Para empezar, el momento que cambió todo...

Adriana Herrera alcanzó a tocar la puerta de su casa, en Caldas -en las afueras de Medellín-, antes de que dos hombres y dos mujeres la interceptaran con una pistola calibre 32 y le pidieran el dinero que llevaba en su bolsa. En ese momento, su esposo, Montoya, salió, y un poco confuso por la escena, pensó que los asaltantes le pedían la plata a él. Al hacer el gesto de meter la mano en el bolsillo para entregarles la billetera, uno de los hombres le disparó dos veces en el cuello antes de huir.

Era el 22 de diciembre de 2004 y la esposa de Montoya había retirado del banco una suma alta de dinero para comprar regalos de Navidad a niños de escasos recursos, como una manera de agradecer el buen año que habían tenido. El ex técnico de Once Caldas, que diez días antes había perdido la Copa Europeo Sudamericana en Tokio, por penales, ante Porto, de Portugal, ingresó en la Clínica Las Américas, de Medellín, en estado crítico. Después de cuatro meses de estar internado fue trasladado a su casa de campo en el municipio de Caldas, distante 40 kilómetros de Medellín, para continuar la recuperación.

Cuando el entrenador colombiano le concedió esta entrevista a LA NACION, lo primero a lo que hizo referencia fue a su futuro cercano: "Yo salgo de esto. Me veo dirigiendo un equipo de fútbol desde una silla de ruedas".

La paciencia ha sido para Montoya la mayor enseñanza que le ha dejado esta experiencia que modificó por completo su vida y la de su familia. En la casa de los Montoya Herrera, además de su esposa y su hijo José Fernando, de cuatro años, viven dos enfermeras que se turnan durante las 24 horas, un terapista respiratorio y un médico que lo acompaña toda la noche.

El día comienza a las 7 cuando su esposa se despierta, primero para alistar al pequeño José Fernando, que entra en el jardín de infantes a las 8.30, y luego para asistir a la primera de las cinco terapias respiratorias que se le practican al técnico durante el día. Juntos desayunan, leen los diarios y ven la televisión. Adriana atiende el teléfono, y se encarga de que su esposo responda todos los mensajes. Trata de estar para él las 24 horas. "En la noche, me despierto una o dos veces para mirar cómo va. A él lo tranquiliza que yo esté siempre a su lado y yo lo hago con todo el amor del mundo."

En su cuarto, que simula una habitación de hospital, hay un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, patrono de Colombia, además de un televisor para ver cuanto partido de fútbol se transmite en el mundo. "Le pregunto si no se cansa de ver tanto fútbol y me dice «no, me encanta»", cuenta Adriana.

El torneo argentino y la Liga española son los preferidos del DT. "Me gusta el fútbol argentino por la capacidad de entrega que tienen en el terreno de juego. No me pierdo los partidos de Boca y de River Plate". Para la Copa Libertadores de este año, ya tiene a sus favoritos: Corinthians, Chivas y River. De los equipos colombianos, confía en el papel que puede hacer Atlético Nacional, club que dirigió en 2001 y 2002. "Nacional puede avanzar en la Libertadores sólo si recupera su confianza como equipo grande y los refuerzos mejoran su rendimiento", analiza Montoya.

Aunque su carrera como director técnico está postergada, Montoya sigue unido al fútbol. Desde su casa trabaja como comentarista en algunas transmisiones de Fox Sports y RCN de Colombia; también escribe una columna los domingos para el diario El Espectador, de su país. "El apoyo de los medios de comunicación es lo que mantiene a Luis Fernando con el deseo de seguir en la lucha y avanzar en este proceso", asegura Adriana.

La FIFA se solidarizó con la situación del técnico colombiano al donar el marcapasos diafragmático que costó 64.000 dólares. Los gastos del procedimiento quirúrgico, 22.000 dólares, salieron de la Fundación Montoya, que fue creada con 190.000 dólares que se recaudaron en un partido amistoso que se jugó en Colombia.

"La Fundación Montoya por ahora funciona para suplir los gastos médicos de Luis Fernando. Esperamos que más adelante sirva para ayudar a otros pacientes con una lesión similar", explicó Herrera.

Otras entidades, entre ellas la Federación Colombiana de Fútbol y la Conmebol, se han comprometido para hacer partidos a favor del DT, pero hasta ahora no se ha oficializado ninguno.

"Yo salgo de esto." Una frase que resume el pensamiento de un luchador, de alguien que da el ejemplo, que no se resigna. Un Montoya auténtico.

Un caso cerrado y las penas

La banda de seis asaltantes que atentó contra la vida del ex técnico de Once Caldas fue detenida y puesta a disposición de la justicia colombiana. Luis Alberto Toro, aparentemente el hombre que le disparó a Montoya, podría, en caso de ser condenado, purgar una pena de 24 años. El resto de la banda, compuesta por tres mujeres y dos hombres, afronta cargos con penas que van entre los 4 y 18 años de prisión.

Los asaltantes se dedicaban a seguirles la pista a las personas que retiraban sumas grandes de dinero en las entidades bancarias; después de identificarlos en la fila, se comunicaban con el resto del grupo, repartido en un auto y en una moto, para que sin levantar sospechas siguieran a la víctima hasta la puerta de su casa. Allí lo interceptaban y lo despojaban del dinero.

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