Una ventana indiscreta está abierta en Internet

Voyeurismo:dos millones de curiosos observan en la red informática la vida íntima de Jenni, una joven desprejuiciada.
Jorge Elías
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8 de octubre de 1997  

WASHINGTON, D.C.- Jenni no oculta nada. Tiene 21 años y un gran desparpajo. No cualquiera, de hecho, se muestra tal cual es, leyendo, durmiendo o vistiéndose, a través de la ventana más indiscreta del mundo: Internet.

Ya es famosa por ello. No por nada a su balcón informático, JenniCAM (http:/e/www.jennicam.org), acuden a diario cerca de 2 millones de curiosos de aquí, de allá y de más allá. De ellos, 5500 son abonados (pagan 15 dólares por año) y gozan del privilegio de seguirle los pasos durante las 24 horas. A pesar del excesivo tránsito que, cual atasco en una carretera, impide avanzar con rapidez en la pantalla.

"El voyeurismo es la nueva pasión -comenta a La Nación , desde Buenos Aires, vía correo electrónico, la escritora y periodista Viviana Gorbato, de olfato fino en estos asuntos-. Mirar no contagia. Tampoco hay que poner todo el cuerpo. La chica supo explotar algo que está en la fantasía de todos y nadie, hasta los moralistas, quiere perderse el espectáculo". Ella es autora del último hit investigativo de Buenos Aires a la hora de las brujas, "Noche tras noche" , y de otro que últimamente también trajo cola, "La Argentina embrujada", editados ambos por Atlántida.

En Internet tiene su propio balcón (http://microwearg.com/ gorbato), pero, a diferencia de Jenni, no pone el cuerpo, sino una recopilación de sus libros (los otros son "Amor y sexo en la Argentina", "Los competidores del diván", y "Vandor o Perón"), y de artículos periodísticos de tono cultural que, según ella, merecen ser leídos. En dos meses recibió 11.500 visitas.

Luz, cámara, acción

Del techo de la habitación, del living y del comedor de Jenni (Jennifer Ringleye, en realidad), en un departamento del noroeste de esta ciudad, penden cámaras digitales Connetix QuickCam, que hacen click cada tres minutos y que, vía Mac, van revelando en Internet hasta los detalles más íntimos de su vida. Quienes no pagan pueden verlas cada media hora.

No es pornografía cuando hace el amor, ni nudismo cuando sale de la ducha, ya que, según explica Jenni, ambas cosas forman parte del día de cualquiera. "No dejo de estar sola si estoy sola", agrega. Curiosamente, el 75 por ciento de los suscriptores son varones.

"Al menos, por ahora, el negocio de esta chica parece transparente -sostiene Gorbato, profesora de la Universidad de Belgrano-. No sé como se sentirá el novio o si participa de las ganancias. ¿Será una Pyme de la pornografía o representa un negocio más oscuro? De todos modos, ella parece menos tonta que las que se dejan seducir y terminan prostituyéndose para entrar en el VIP de algún famoso. Una junior de la creatividad. Siempre y cuando no sea la carnada de una organización. En las fotos de Jenni no hay poses, sino presunta inocencia. Es raro que mire el lente. Algunas son buenas. Otras, pésimas, fuera de foco y demás. Pero permiten, en su conjunto, meter las narices en casa ajena y eso, al parecer, hace realidad en muchos una trama que ni Hitchcock imaginó en sus tiempos. El costo para ella es de 2000 dólares por mes".

Y ahí está Jenni, peinándose el pelo castaño claro, quitándose las lagañas de los ojos verdes, poniéndose una remera, recibiendo invitados, trabajando frente a la computadora o besando a Geoffry Glenn, su pareja, un programador de computadoras de 28 años.

De paparazzi a censora

"Lo que me gusta de Internet es que te rejuvenece más que un lifting -subraya Gorbato-. Hay una interacción continua y una experimentación permanente. Se vuelve a la correspondencia, a un tipo de relación muy fluida no exenta de conflictos". Jenni no es una improvisada: diseñó la página informática del National Geographic y de varias compañías. Pero llegó un momento, según cuenta, en que quería verse a sí misma y, por esa razón, se lanzó al ruedo, exhibiendo el lado más enigmático de cualquiera. Resultado: cosechó fans.

Ella es su propia propia paparazzi y su propia censora, aunque diga que vive como si las cámaras no existieran: "El punto es que soy una persona que hace cosas reales -se escuda-. En el baño no entra nadie. Si algún visitante se siente molesto con algo, puede apagar en su computadora la cámara de un sitio de mi casa. Nosotros mismos la desviamos cuando no queremos que los demás nos miren" .

A la vuelta de unas vacaciones de cinco semanas en Europa, desde donde enviará sus fotos desde cibercafés, Jenni pondrá una cámara en el cuarto en donde ve televisión. Otra más. Es que ya se convirtió en una suerte de celebridad, con seguidores en Miami y en Londres; con gente dispuesta a presentar sus fotos, como obras de arte, en una exposición, y con discusiones sobre ella en chat rooms (salas de conversación).

Hasta apareció en CyberLove (http://www.thesync.com/videos/ cyberlove.html),o un panel interactivo muy frecuentado aquí. En él confesó que adora sentirse mirada. Como toda mujer, aunque la mayoría no sea tan expansiva. A Dios, gracias.

Una vidriera irrespetuosa

La cámara en sí misma tiene magia, ya que, según Jenni, hace que sonría, que venza sus pudores y que se muestre más simpática de lo que es. Ya había instalado una en su dormitorio del Dickinson College, en Carlisle, Pensilvania, hace un año y medio, circunstancia que le reportó el mote de reina del ciberespacio.

"Hay mujeres que piensan que estoy prostituyendo mi cuerpo y mi vida. Mi madre objeta algunas cosas. Pero no va a odiarme por esto. No soy diferente de ninguna persona que explora su mundo y su sexualidad. No puede hacer nada por detenerme a mis 21 años", indica Jenni.

La única preocupación, en todo caso, es su seguridad. El número de Jenni no figura en el directorio telefónico y ella, a su vez, jamás confiesa su domicilio. Es más: recibe algún que otro mensaje obsceno y algún que otro intento de trucar las fotos. Razón por la que usa un software de alta seguridad a prueba de hackers (piratas informáticos).

"Entiendo la curiosidad de la gente y el éxito que tiene -observa Gorbato-. Yo me abonaría sin problemas, pero, seguro, me aburriría el primer día". A Gorbato, Jenni le recuerda esas películas francesas en la cuales la cámara espiaba durante horas y horas la cotidianeidad: "Tal vez es heredera de Goddard sin saberlo -bromea-. O una cruza entre él y Taxi Driver" . Jenni da para todo. Por más que, para muchos, haya montado una vidriera irrespetuosa en la ventana más indiscreta del mundo.

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