Suscriptor digital

El Melos, un cuarteto para la posteridad

(0)
15 de octubre de 1997  

Conciertos del Cuarteto Melos (Stuttgart), del Ciclo Harmonia organizado por la Fundacion Cultural Coliseum. Primer programa (abono verde): Cuarteto N° 1 en Fa mayor Op. 18 N°1, de Beethoven; Cuarteto en Mi menor, de Verdi; y Cuarteto N° 12 en Fa mayor Op. 96 ("Americano"), de Dvorak. Segundo programa (abono rojo): Cuarteto N° 19 en Do mayor K. 495 ("Disonante"), de Mozart; Cuarteto N° 3 en Do sostenido menor Op. 85, de Béla Bartók, y Cuarteto N° 7 en Fa mayor Op. 59 N° 1 ("Rasumovsky"), de Beethoven. En el Teatro Coliseo. Con las dos presentaciones que el cuarteto Melos realizó para del Ciclo Harmonia en el Coliseo el público porteño ha podido tener, en dos noches consecutivas, una especie de síntesis de la música para el género a cargo de uno de los grupos camarísticos de mayor valía.

Difícil será, aun para el melómano, discernir entre las obras ejecutadas cuál ha sido la mejor lograda por estos músicos eximios.

La cualidad esencial del Melos, su musicaliad impar, consiste en no desvirtuar un ápice el estilo de cada compositor, aun dentro de los márgenes que la libertad interpretativa le concede a quienes pueden aproximarse a la obra de arte tal como ellos lo hacen.

Tan sólo la seguridad que Wilhelm Melcher, Ida Bieler, Hermann Voss y Peter Buck poseen, la inteligencia musical que ponen en movimiento -junto con el arco sobre el encordado-, presuponen un ajuste y una lectura común exhaustiva de cada frase y de cada inciso para dar forma al espacio sonoro que crean en cada interpretación. Cualquiera que sea el mundo sonoro en que se muevan, los músicos del Melos mantienen una elevada y uniforme calidad de sonido, sin que ésta se resienta en ningún momento.

El comienzo y el final de esta labor artística de jerarquía fueron cumplidos con sendos cuartetos de Beethoven. El primero de ellos, en Fa mayor Op. 18 Nº 1, no es -como se sabe, según la referencia cronológica de Ries- el primero que compuso. De todas maneras, como el resto del Op. 18, posee la claridad y los gestos amables del primer estilo, así como el brillo optimista de las primeras composiciones, que recuerdan el vigor de Haydn y la gracia de Mozart.

El Melos resolvió los contrastes dinámicos en la forma equilibrada que requiere el movimiento inicial (Allegro con brío), un tono amable y, por momentos, apasionado, con sombras de melancolía, pero asimismo vuelo lírico en su creciente profundidad dramática. En el desarrollo del Adagio, la viola de Voss se encargó de señalarlo con profundo patetismo.

El etéreo Scherzo, aun en su brillo y su humorismo, fue vertido con lasutileza de sus claroscuros tonales y la alegría rústica de sus ritmos marcados, en tanto que el final con sus rápidas figuraciones tuvo toda la vivacidad y el virtuosismo que los integrantes del Melos saben conferir.

Como contraste se ofreció en el concierto de despedida el Cuarteto Nº 7 en Fa mayor Op. 59 Nº 1 ("Rasumovsky"), un Beethoven que ya se anuncia con nuevos perfiles en el tema inicial del violoncelo, con poderosa dialéctica sonora, plena de contrastes dramáticos. Se pudo comporobar aquí una vez más la magnífica capacidad de respuesta que posee cada miembro del Melos, su "garra" beethoveniana y su ajuste en los niveles expresivos, la profundidad sonora y el siempre presente sentido de la unidad estructural de la obra.

El Allegretto vivace e sempre scherzando, juego de temas rítmicos, fue llevado por el conjunto hasta los límites de la exaltación elemental de una danza campestre. La intensidad expresiva que alcanzó el Melos, en el Adagio de este cuarteto -que encierra acuciantes interrogantes iniciales y, finalmente, resignación- fueron admirablemente vertidos gracias a la relativa autonomía, nítida definición sonora e interrelación de cada una de las voces instrumentales.

Un Bartók excepcional

Con estos antecedentes, cabía esperar un Bartók de excepción. Y así fue, porque cualquiera sea la dimensión musical en que se muevan, los músicos del Melos mantienen un elevado e invariable nivel de calidad sonora, sin que ésta se resienta en ningún momento.

El Cuarteto Nº 3 Op. 85 (1927) del húngaro genial fue vertido magistralmente por la síntesis lograda entre la fuerza casi atávica de raigambre folklórica que lo anima y la expresión de un lenguaje intenso, radicalizado. La materia sonora llega aquí a los niveles de abstracción de la música pura, y su arquitectura se remite a los últimos cuartetos del compositor de Bonn. Se trata de una obra cuya orquestalidad, frecuentes cambios de dinámica, textura y tempi se apoyan en la búsqueda de timbres extraños a las cuerdas e inéditos para la época.

Las dos partes del tercer Cuarteto, compuesto en forma cíclica, fueron vertidas de manera notable en sus entrecruzamientos contrapuntísticos y polirrítmicos, y sobre todo por las superposiciones temáticas. El grado de perfección del entramado sonoro así logrado por el Melos fue notable, especialmente en el Allegro final en el que Bartók plasmó vórtices sonoros de gran riqueza armónica y rítmica de alucinante belleza.

Una fuerza vital transida de fluido lirismo caracterizó la interpretación del Cuarteto "Americano", de Dvorak, cuya energía impulsora pareció provenir de la música misma antes que de la excelencia de la "performance". El espléndido Lento tuvo admirable desempeño del violoncelo y de los violines, por el color y la expresión musical,y el Molto vivace, incisivos acentos rítmicos en sus temas líricos.

De llamativa curiosidad fue la inclusión (en el primer concierto) del Cuarteto en Mi menor de Verdi, una obra azarosa del género que el compositor realizó en quince días, en ocasión de un paréntesis forzoso en sus actividades líricas.

La elaborada artesanía de Verdi supera aquí a su arte . El sutil enlace de temas melódicos que realiza en el Allegro con un despliegue romántico un tanto artificioso, fue compensado por la melodía cantable con variaciones, de un encantador Andantino sobre los pizzicati del violoncelo de Buck y un movimiento (Prestissimo) de una levedad y ligereza mendelssohnianas y un Allegro assai molto final que mostró a las claras el virtuosismo del Melos.

La inclusión del Cuarteto Nº 19 K. 465 ("Disonante"), de Mozart, fue la expresión más perfecta del "delicado equilibrio" que los intérpretes suelen poner en práctica. Fue la cabal expresión de una obra atípica en la producción del compositor por las audacias armónicas de la lenta introducción y por obviar su escritura todo protagonismo instrumental, dando así lugar a una integración superior de las partes por encima del mero ajuste. El lenguaje de Mozart, que se adelanta aquí a su tiempo, alcanzó una tocante expresividad musical El Menuetto del Cuarteto en Re menor de Mozart, ofrecido en la despedida fuera de programa, fue un regalo para el oído por la elegancia que Wilhel Melcher imprimió a su melodía.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?