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El infierno llama a la puerta

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19 de marzo de 2006  

"Walter". Texto de Enrique Gómez Blotto. Versión y dirección general: Silvia Vladimivsky. Intérpretes: Joaquín Berthold, Emilio Blanco, Marisa Villar, Erika Fehler, Hernán Pérez, Karina Filomena, Julieta Castro y Martín Gouiric. Escenografía: Queli Berthold. Diseño de luces: Miguel Solowej. Vestuario: Fabia Nottege. Música: Andrea Spinadel. Asistente: Eugenia Bardi. En El Grito, Costa Rica 5459; 15 4 989-2620. Viernes y sábados, a las 22. Entrada, 12 pesos. Duración: 60 minutos.

Nuestra opinión: bueno

La propuesta de Silvia Vladimivsky sumerge al espectador en un espacio casi onírico, cercano a la pesadilla, que hace referencia al torturado mundo interno de Walter, un joven bailarín infectado por el HIV que encuentra en el consultorio de su psicoanalista cierta clase de refugio.

Basado en una historia real, el texto de Enrique Gómez Blotto se centra en la relación que él mismo, como terapeuta, estableció a comienzos de la década del 90 con un joven estudiante de ballet del Instituto del Teatro Colón que contrae el virus del sida y ve cómo su vida da un vuelco inesperado y todo lo que había sido hasta entonces deja de ser.

Walter sufre no sólo la enfermedad, sino lo que ella acarrea a nivel social y, sobre todo en este caso, familiar. Tanto los padres como los hermanos del joven no saben, no quieren o no pueden hacerse cargo de una realidad que los abruma y que los termina alejando de él, aun antes de su muerte.

El espacio escénico planteado por Vladimivsky remite al consultorio de este analista que aparece como el único dispuesto a ayudar al joven. A través de los diálogos entre ellos, a decir verdad casi con exclusividad se trata de monólogos del protagonista, aparece el resto de los personajes: la familia, la muerte y el otro gran aliado de Walter: Vaslav Nijinsky, bailarín a quien el joven admiraba y con quien se sentía identificado, sobre todo en los momentos de mayor desazón.

Con excepción de los personajes del analista y el paciente, que son llevados adelante por actores, el resto es interpretado por bailarines, lo que conjuga en escena dos texturas que se combinan y se ensamblan hasta llegar a dar una nueva. Este acercamiento entre danza y teatro le abre el juego a la directora para crear imágenes simbólicas con mucha fuerza expresiva. De hecho, uno de los momentos más conmovedores de la obra es el que construyen Walter y su padre: el joven pide ayuda a su progenitor quien intenta cargarlo en brazos como cuando era niño y la situación se revierte al punto que es el joven el que termina acunando a su papá.

Sin duda alguna, es Joaquín Berthold, actor que se mete en la piel de Walter, quien tiene sobre sus espaldas el gran peso de la historia. Si bien se apoya en los vínculos que establece con los demás personajes, es él quien debe transmitir el miedo, la bronca, la desprotección de su personaje. Y lo hace bien, no es fácil su tarea, pero la lleva adelante con soltura y mucha entrega emocional y física. Es seguro que con el correr de las funciones terminará de relajarse y podrá estar más a tono con los diferentes y muy finos matices que plantea su papel.

El resto del elenco se desempeña de manera muy pareja y en una misma línea; igualmente hay que destacar el trabajo de Hernán Pérez, quien lleva adelante el papel del padre, y que a su trabajo con el cuerpo le agrega un costado expresivo muy bien resuelto.

Los cuerpos tienen mucha fuerza en esta propuesta: están muy expuestos, cercanos y lanzados lo que exige de parte del espectador cierta acomodación interna que permita incorporar los registros que se plantean desde el escenario. No es difícil de hacer, simplemente hay que aceptar los códigos. Lo demás es dejarse atrapar por una historia que duele por lo que cuenta y también por ese Walter real que se trasluce todo el tiempo.

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