Expedición digital en Inka Terra

Miki González: chill out andino, budismo, y el poder yla gloria de espaldas al rock.
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1 de marzo de 2006  

Sentado frente al enorme monitor plano de su Mac, Miki González busca el correo electrónico que semana a semana le hace feliz. "Este medio que te envicia. Es un problema, carajo". En el Perú, donde el mercado editorial y musical está dominado por la piratería en más del 80%, la única manera realista de monitorear el éxito o el fracaso de un nuevo título es seguir las ventas de las cadenas formales. Y ahí está, el reporte de una cadena local con 17 sucursales en dos ciudades de alto consumo musical: Lima y Chiclayo. En el primer lugar de ventas, por varias semanas consecutivas, Café Inkaterra [2004], el inesperado y exitosísimo vuelco de González a la música electrónica, dejando atrás una prodigiosa carrera como investigador musical y luego, como estrella del rock peruano. Debajo del nombre de González desfilan nombres de peso comercial como Juanes y Coldplay. "Esto naturalmente te anima. Lo fregado es que ya no quieres bajar".

La carrera de Miki pavimentó un amplio trecho por el cual el rock peruano aún transita. En los años ochenta, González [53 años, madrileño] grabó tres discos en Argentina –su debut solista Puedes ser tú [1986], Tantas veces [1987] y Nunca les creí [1989]– producidos por él mismo, los cuales contaron con la colaboración de Charly García, Calamaro y el "Cachorro" López. Puso, antes que nadie en el Perú, cuatro vídeos musicales en MTV, cuando el canal se transmitía desde Nueva York para unos cuantos afortunados con antena parabólica en casa. En los primeros años, músicos como Jorge "Pelo" Madueño, líder de la ahora disuelta La Liga del Sueño, comenzó como baterista suyo. Luis "Wicho" García, vocalista de Mar de Copas, tocaba teclados y le hacía coros. Manolo Barrios, guitarrista y también líder de MDC, "me cargaba los cables" entre otras labores durante casi 10 años [de hecho, Mar de Copas siempre es un tema que se cuela en sus conversaciones]. Músicos de Susana Baca tuvieron sus primeros encuentros con la fusión a través de él. Akundún [1992], su último disco de éxito, logró la casi imposible distribución internacional.

Pero a la saga de Akundún siguieron trabajos de menor impacto –al compilatorio Hatun Exitokuna [1994] le añadió Miki González [1995] y González Blues [1996]–, cuya baja respuesta intentó paliar con otro Exitokuna [colección de éxitos, en quechua] en 1997 y Mikongo y su Kachanga [1998]. González había intentado una variante muy personal de rock alternativo, quería convertir su terco fisgoneo en las raíces de la música andina y afroperuana en un producto masivo. Más allá de un par de sencillos, consiguió convertirse en un aparte del núcleo rock que durante más de una década había liderado y ganarse el irrespeto de las emisoras.

Entonces llegó la pausa.

"sube para que conozcas. pero guarda silencio". En un pequeño ambiente de su casa, Miki tiene un cuarto para su práctica budista. Cada día llena siete recipientes idénticos con agua, hace una pequeña ofrenda [esta mañana, galletas de chocolate] y enciende una vela. Las paredes son azules, las imágenes representan a dioses de múltiples brazos y cabezas de animal, junto a las fotos de sus maestros. Miki reza. Uno de sus maestros es un anciano refugiado en Nueva York, a donde viaja para recibir consejo junto a su esposa cada cierto tiempo. Yo guardo silencio.

Café Inkaterra llegó a la vida de Miki cuando lo único que se escuchaba de él eran los viejos temas harto radiados "Lola", "Chicles, cigarrillos, caramelos", "Dímelo, dímelo" o "Vamos a Tocache". "Akundún" se había convertido en un tema para bailar recordando una novia en el olvido. El verdadero Inkaterra es un local camino al santuario incaico de Machu Picchu, en el Cusco. Sus propietarios querían encargar música especialmente compuesta para el café y pensaron en Miki. Consiguieron financiamiento y le compraron la primera remesa de mil ejemplares. Con una difusión mínima, más apoyada en el titular de "Miki González dejó el rock" –como tanto reimprimió la prensa÷–, las cadencias chill out unidas a melodías de la sierra y la selva pasaron de mano en mano y llevaron a Café Inkaterra a disco de platino. De mil en mil, sin siquiera un tema sonando y con material en vídeo casi desconocido, el disco fue una resurrección para su carrera. Etno tronics, lanzado en diciembre último, va por el mismo rumbo.

"Yo me creía Robert Smith", ironiza mientras almorzamos y recuerda los años en que vestía de negro y lentes oscuros, se pasaba delineador por los ojos y los rulos le caían por el rostro. "Eso me duró hasta el 89, cuando volví a usar otros colores. Comencé por el verde. Antes todo era negro. Estaba permitido ser más anti, tener actitudes más agresivas". Los ochenta pasaron para él como años de composiciones sintéticas y claroscuras, coquetas con el ska; de noches de incesto con una escena ‘subte’ que siempre le tuvo distancias mientras metaleros y punks se agarraban a golpes afuera de los conciertos. "Eso nunca me pareció tan divertido". Cuando empecé a hacer letras en el 84 eran de corte político, tenía una fuerte influencia de Devo, del punk y del rock español. Entonces empecé a compartir un poco con los punks. Era algo normal, ocurría también en Inglaterra, la gente se mezclaba, y de pronto surgía alguien que se diferenciaba del resto".

"Recuerdo que antes de un conversatorio organizado en el 85, estábamos tocando en el patio –no había escenario–, Eduardo [Freire, bajista], Meno [Ballumbrosio, percusión] y yo. Entonces vienen 10 o 12 punks, pasan por delante, nos escupen, pasaron ladrando. Luego subimos al panel y todo el mundo se nos va encima. A uno le dije: mira, yo tengo 10 años haciendo música, y en diez años alguien te va a odiar a ti. Tú, ¿por qué me odias? ‘No, yo no te odio a ti sino lo que tú representas’. Les recriminaban a los otros en la mesa ser elitistas. Pero un montón de gente saltó por mí, me defendieron diciendo que yo había estado tocando en el pampón tal, en el caserío pobre tal".

"A los tres o cuatro días, me llaman por teléfono. ‘Soy del grupo de los subtes, soy Daniel F.’ [líder de la célebre banda punk peruana Leuzemia]. Cuál eras, le pregunto, ‘el de la gorra’, me dice. ‘Bueno, me he dado cuenta que no estás tan mal como creía y te quiero invitar a una reunión’. Voy y conozco gente que después estuvo en la prisión. Ahí conocí a todos. Hablamos, estaba todo bien. Les dije yo no soy punk, no soy ni mierda. Yo estudié jazz y ahora hago esto. A los dos o tres años, vuelve Daniel F. y me trae su nuevo material para pedirme opinión. Bien. Y luego Leuzemia firma para reeditar su material. El retorno del ‘súper’, un huevón que no ha grabado en 10 años y va a regrabar su material… Y en una entrevista, Daniel F. dice ‘de los ochentas, el más baboso es Miki González. Comenzó imitando a The Cure y ahora trafica con los ritmos tradicionales’. ¡Y una semana antes me había dado la mano!"

Sobre el episodio y las declaraciones que cita Gonzáles, Daniel F. dice poco: "no sé si lo habré dicho y si lo dije, no me acuerdo". "No tengo una percepción de él porque [en esos tiempos] él estaba con otra gente, no estábamos en el mismo circuito. Sobre lo del concierto, siempre hay un grupo que su único discurso es el insulto. Igual, cuando yo hablo bien de artistas comerciales se me tiran encima y me acusan de traidor".

del agitador dark al padre de familia en una casa de paredes blancas cerca al mar, con gatos y perros, hay una evolución que va más allá del desapasionado tono con que evoca el comienzo. "Mi padre salió de Madrid cuando aún España estaba convulsionada, años después de la Guerra Civil. Fuimos a Venezuela. Los golpes militares hicieron que mi papá se vinculara a una empresa que lo mandó al Perú en el 61".

"En los sesentas yo estaba en el colegio, y mi deporte favorito era la tabla hawaiana. A partir del 66 empieza a llegar el cambio que estaba ocurriendo en el mundo, la locura sicodélica; sale el "Sargent Pepper’s" [de los Beatles] y el "Satanic Magic’s Request" de los Stones, y el mundo se vuelve loco. Se comienza a tomar LSD. Aunque yo no, aún era muy joven. Cambia toda la noción de la realidad. Llega Jack Kerouac y Los Vagabundos del Dharma. Salí al mundo para conocerlo. Conocí mucha gente que viajaba pidiendo aventón. Pero en casa, siendo español, jamás escuché música criolla, en mi casa no ha habido valses criollos, no ha habido nada. Todo eso lo tuve que descubrir en la calle".

A los 26, tras dos años de estudios perdidos de ingeniería y arquitectura en España, volvió a Perú y descubrió El Carmen, un pequeño pueblo al sur de Lima donde los descendientes de antiguos esclavos africanos desarrollaron el arte de bailar zapateando y las festivas percusiones del cajón peruano. Conocido en el lugar era don Amador Ballumbrosio, de cuya familia –pródiga en bailarines y percusionistas– saldrían varios integrantes del equipo estable de Miki, como el cajonista Filomeno Ballumbrosio, integrante de la primera banda que en 1986 vería nacer Puedes ser tú.

una noche encuentro a miki cenando en un restaurante italiano con su esposa, Celine, y una acompañante. Celine es la hermana gemela de Marisol Aguirre, a su vez esposa del ex músico y actor Cristian Meier. Hace un mes se estrenó La mujer de mi hermano en Lima, una película basada en la novela homónima de Jaime Bayly. Meier protagoniza la cinta junto al bombón uruguayo Bárbara Mori. Beto Cuevas, vocalista de La Ley, tiene un pequeño papel. La cinta fue un éxito en los países que la exhibieron antes que el Perú.

Miki fue invitado al estreno y no le dio la gana de ir.

Es la película de tu concuñado…

–Sí (se incomoda un poco) y la película es buena, pero ya lo veré –si la veo– en el cine, en el cable, en dvd o lo que sea, pero todo eso me parece… no quiero entrar en ese tipo de actividades, no me siento cómodo.

¿No te gusta cumplir el rol público?

–Hay temporadas, hay momentos en que se requiere hacer esas actividades. En realidad no… no me gusta la farándula, no me gusta ir a "los sitios". Me invitaron a la película y simplemente no fui. Me niego a tener que entrar por una alfombra roja para ver una película y a ver quiénes vienen y cómo están vestidos.

Además de la sobre-exposición, como buen limeño [adoptivo] don Miguel González le teme a la inseguridad. Evitó hablar conmigo del robo masivo que sufrió en casa hace unos meses. Se llevaron equipos y valioso material de archivo. Y no concede que se hable de sus tres hijos menores. Nunca deja que los fotografíen. "No vayan a pensar que soy un huevón con mucha plata y me los quieran secuestrar". Su hija mayor, de un primer compromiso, tiene 32 años y está de paso para verlo. Creo que ella era la acompañante en la mesa durante la noche del vino.

en el otrora exclusivo balneario de ancón, al norte de Lima, el aún exclusivísimo Yatch Club tiene como plato fuerte de la noche al dj Miki González. Dicho así de frente, suena a un anuncio de Morrissey cantando reggaetón. No habrá batería, no habrá bajo en vivo. Sólo percusiones a ambos lados del escenario, y un altillo para Miki con teclados por todos lados y una guitarra conectada al pedal de distorsión. El show de una hora y media, con el cual se presenta en su mayoría en eventos privados y uno que otro festival masivo, incluye intrincados juegos de luces, proyecciones de video y bailarines con trajes típicos de distintas regiones del Perú.

Es noche de chicas muy lindas y muchachotes tostados por el mar con ánimos de cerveza. Para los más jóvenes, que no vivieron la euforia de "Vamos a Tocache" o "Dímelo, dímelo" en su momento, hace veinte años, el chill out andino que Miki bombea a través de los parlantes con insistencia, alternando con secuencias de sonidos selváticos y otros de cajoneo negro, "está de puta madre". A partir de los 25 años, hay quienes le piden a gritos "una de las antiguas". Y hay a quienes les importa un carajo, "Miki es Miki, lo bacán es tenerlo tocando al frente".

Por estos días, está a punto de caducar el acuerdo con el Café Inkaterra y hay renegociaciones en camino. Incluso se vocea un relanzamiento de ambas placas, Café… y Etno… en otros países. Hace año y medio, Miki me contó que estaba "agotado del rock", que ya no le encontraba gracia. Los años de giras, los límites del trípode guitarra-bajo-batería, embrollos no confirmados con sus disqueras… nada de eso resistió su fascinación cuando aprendió de consolas, sampleos, raves y Pro Tools. A pesar de su giro radical, no se considera tampoco ese dj que anuncian en los conciertos. "He aprendido a ser dj para entender mejor la música que me gusta, después he ido mucho a las fiestas de house y me gustó mucho la estética". En todo caso, ve la construcción de canciones nuevas como "Danza del agua – Tusay puquio" o "Bienvenidos a la Amazonía", como una consecuencia natural. Como cuando alguien queda fascinado con acrobacias y luego las quiere aprender.

"Lo que soy es producto de esos primeros años en el colegio. Me hice músico para seguir siendo hippie. Ahora sólo escucho música en el carro y he descubierto la radio en internet. En mi casa sólo hay un equipo estéreo, el de mis hijas. Ya no escucho tanta música como cuando tenía 25 años, sin embargo trato de aprovechar este momento. Estos son mis últimos quince minutos de fama y gloria".

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