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"La bohème", con una versión de alta jerarquía

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23 de marzo de 2006  

Opera "La bohème" de Giacomo Puccini. Libreto de Giuseppe Giocosa y Luigi Illica basado en "Scène de la vie bohème", de Henri Murger. Elenco: Angela María Blasi (Mimi), María José Siri (Musetta), Massimiliano Pisapia (Rodolfo), Gustavo Gibert (Marcello), Leonardo Estévez (Schaunard), Carlos Esquivel (Colline), Gui Gallardo (Benoit y Alcindoro), Gabriel Centeno (Parpignol). Régie: Willy Landin. Escenografía: Tito Egurza. Vestuario: Daniela Taiana. Iluminación: José Luis Fiorruccio. Dirección del Coro estable: Salvatore Caputo. Dirección del coro de niños: Valdo Sciammarella. Orquesta Estable. Dirección musical: Stefan Lano. Teatro Colón.

Nuestra opinión: excelente

No pudo ser más alentadora y reconfortante la versión de "La bohème", de Giacomo Puccini, ofrecida en la inauguración de la temporada lírica del Teatro Colón. A partir de la dirección musical de Stefan Lano, caracterizada por una lectura alejada de la tradición, renovada mirada de la partitura, el alto rendimiento del cuadro de cantantes y una puesta escénica admirable desde todos los aspectos del teatro musical, se asistió a un espectáculo de muy alta jerarquía artística, acorde con la historia del escenario.

El director titular de la Estable, con una elección de tempi retenidos y una enorme gama de matices en el sonido, logró poner de relieve la riqueza de la partitura, su admirable orquestación, los planos y dinámicas nada habituales, pero que resultan lógicas en un compositor que mira al futuro. Evidentemente, Puccini siempre se sintió inclinado desde su época de estudiante, desde aquel "Capriccio sinfónico" que escribió para graduarse, a seguir el rumbo de los grandes sinfonistas del momento.

A este detalle, nada menor, Stefan Lano lo ofreció con audacia, pero al mismo tiempo con maestría, porque el otro factor de su acierto fue la claridad con que se escuchó el texto, expresado sin esfuerzo, por cada uno de los personajes. Puede argüirse que Lano adoptó una lentitud algo excesiva en algunos pasajes. Sin embargo, cabe reconocer que en esos momentos se escucharon detalles de sonidos que habitualmente pasan casi inadvertidos y que por ese mismo motivo aumentaron el interés de la audición de un modo más global y no referido únicamente al canto.

En relación con la escena creada por el equipo de Willy Landin, Tito Egurza, Daniela Taiana y José Luis Fiorruccio, fue todo un acierto de la marcación teatral, la naturalidad del gesto, la caracterización de los personajes, la ubicación de los momentos fundamentales para cada personaje y la ausencia de perturbación en las arias y dúos.

También fue acertado que el régisseur no traicionara a un hombre de teatro como Puccini, con un marco escénico plásticamente lleno de detalles y realismo y la utilización sabia del escenario giratorio, recurso que dio continuidad a las dos primeras escenas y a la última durante la intervención de Colline.

Un vestuario ideal con detalles de buena hechura y diseño y una iluminación muy bien tratada que contribuyó a crear un espectáculo realmente sugerente.

El tenor Massimiliano Pisapia, encarnando a Rodolfo, provocó con su grata voz y excelencia musical inmediata sensación de placer auditivo que surgió de un timbre seductor, de seguridad en la afinación y un color de aquellos que corren y se oyen sin dificultad por poseer squillo y flexibilidad. Por otra parte, su sólida escuela y su ausencia de esfuerzo en la emisión hacen presumir la realidad de un nombre rutilante para los próximos años.

La soprano Angela María Blasi, como Mimí, acreditó virtudes de gran artista al trazar un personaje tierno, sobrio y convincente. En la faz musical, indudable experiencia, perfecto conocimiento del estilo y un material generoso que maneja con inteligencia, de tal modo que el canto en los dúos fue exquisito con el agregado de una expresión emotiva en el decir y en el fraseo. Desde el punto de vista de la actriz, encontramos nobleza, sinceridad y sensibilidad en su accionar, en el que se descubrió un estilo personal incuestionable.

El valor de las voces

Por otro lado, los tres restantes bohemios conformaron el conjunto ideal para un cuarteto de amigos que espiritualmente comparte desvelos y felicidades de la vida, con Gustavo Gibert, que fue un Marcello en excelente nivel, con esa sencillez natural en él, pero que se fue agigantando en la forma de expresar las actitudes variables de Musetta y con las dotes de su muy segura musicalidad en lo vocal.

Carlos Esquivel como Colline, con una excelente versión de "Vecchia zimarra, senti..." y magnífico trabajo para crear el personaje. Leonardo Estévez igualmente muy acertado por su soltura y muy buen rendimiento vocal como Schaunard.

La Musetta de María José Siri fue admirable por su arte en la escena, su sinceridad expresiva, su segura entonación y sus dotes vocales tan adecuadas al personaje. Con su voz supo alcanzar tanto el carácter frívolo como el doloroso, detalles que precisamente fueron virtudes de la cantante uruguaya tanto en el vals "Quando men vo soletta..." como en la plegaria y todo su dolor en la escena de la muerte.

El experimentado Guy Gallardo, en su doble tarea de caracterizar a Benoit y a Alcindoro, no hizo más que exponer su notable ductilidad de actor, en tanto que el resto del reparto certificó que se trabajó con disciplina y muy buenos ensayos previos.

Otros factores positivos fueron las intervenciones del Coro Estable, admirablemente preparado por Salvatore Caputo, un maestro de enormes méritos que logró buena sonoridad, empaste y musicalidad. Es de esperar que su actuación se agregue con una larga permanencia los nombres de sus recordados antecesores.

Los integrantes del coro sumaron cualidades de actores, que se deben valorar aún más si se tiene en cuenta que en esta versión se utilizó el criterio de mover pequeños grupos en ubicaciones nada habituales. En este sentido se escuchó con absoluta claridad la sapiencia de un maestro formidable y el ingreso beneficioso de nuevas voces.

También fue perfecta la intervención del Coro de Niños preparado con la habitual capacidad de Waldo Sciammarella, un verdadero maestro. En definitiva, una apertura brillante que mostró en toda su realidad el potencial incomparable del Teatro Colón para servir a Puccini con la calidad musical y escénica que merece.

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