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Un diálogo por el reencuentro

Hablan dos víctimas de la violencia generalizada de la década del 70
Laura Capriata
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24 de marzo de 2006  

Por una simple casualidad del calendario, un 11 de agosto, pero con cuatro años de diferencia, cambió para siempre la vida de los dos.

El 11 de agosto de 1978, Giustino Carrea, un ingeniero de 27 años que acababa de recibirse, casado y con dos bebes (uno de 18 meses y otro de 3) fue detenido y torturado por fuerzas militares durante 40 días.

“Yo pensé que era un error y enseguida me iban a dejar ir. Al otro día me hicieron desnudar y empezaron con la picana en todos mis miembros. No podía entender adónde había ido la civilización de miles de años”, cuenta Carrea, que tuvo el funesto privilegio de haber estado en el grupo que “inauguró” el centro de detención El Olimpo. ¿La razón? Ser amigo del hermano de alguien que hablaba mucho de política.

Exactamente cuatro años antes, la noche del 11 de agosto de 1974, había empezado la pesadilla de Arturo Larrabure, de 15 años, cuando un comando del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) ocupó la Fábrica Militar de Villa María, Córdoba, y secuestró a su padre, el coronel Argentino del Valle Larrabure, subdirector de la fábrica. Lo mataron 372 días después.

"Lo llevaron a una cárcel del pueblo en Córdoba, pero en noviembre lo trasladaron y ya no lo trataron como prisionero de guerra. Desde entonces empezó a escribirnos preparándonos para su muerte", recuerda su hijo.

Hoy, treinta años después del golpe militar que articula la historia más dolorosa de los dos, Larrabure -con cinco hijos- trabaja como licenciado en sistemas en Tres Arroyos, y Carrea -ahora con tres hijos- vende electrodomésticos en el Gran Buenos Aires.

Con historias y opiniones muy distintas, los dos aceptaron saltar el abismo que por décadas los separó y encontrarse en un diálogo abierto organizado por LA NACION. Mantienen claras diferencias en lo político, pero coincidieron en hacer un llamado a desterrar para siempre la violencia y a conseguir un reencuentro profundo en la sociedad.

-¿En qué cambiaron sus vidas un 11 de agosto?

Carrea: -Recién salía de la facultad sin recursar ninguna materia, con un ego enorme, creía que el mundo estaba a mis pies. Después de que me llevaron, mi escala de valores cambió totalmente, se volvió más humana. Yo ya no era el centro del mundo.

-¿Le dijeron de qué lo acusaban?

Carrea: -Me preguntaban sobre la muerte de la hija de Lambruschini; yo no sabía de qué me hablaban. Podría llamarse un error si ellos hubieran tenido una sospecha de algo, pero, en realidad, salían a cazar indiscriminadamente. Mi mejor amigo, Mario Miani, tenía un hermano que había desaparecido el año anterior, que siempre hablaba de política, y por eso nos llevaron a Mario y a mí. Ellos nunca aparecieron...

Larrabure: -En mi caso, cuando secuestraron a mi papá, que estuvo 372 días en cautiverio hasta que lo mataron, yo pasé de ser un chico normal de 15 años a ser "el hombre de la casa". Mi mamá, que tenía 43 años, quedó muy mal, estuvo un año sin poder alimentarse sola. Mi hermana, de 18, no pudo seguir estudiando. Fue un año de agonía, y después nuestra vida cambió completamente.

-¿Qué sintió, ya en la dictadura, cuando supo sobre la desaparición de personas y se enteró del reclamo de sus familiares?

Larrabure: -El dolor que siente el hijo de un secuestrado militar es el mismo que el de un civil. En el caso de hijos de militares o empresarios no vi que hubiera agrupaciones, como las Madres o Abuelas de Plaza de Mayo. Cada uno llevó su dolor silenciosamente. ¿Qué podía reclamar si mi papá ya estaba muerto?

Carrea: -Coincido en que lo que vive la familia es peor que la tortura de uno; el verdadero dolor lo vivió mi señora, que no sabía nada de mí. La gente la trataba como si fuera leprosa, había vecinos que cruzaban de calle para no encontrarla. En mi caso, la incertidumbre duró 40 días; en el de Larrabure un año, y hay madres que hace 30 años que buscan a su hijo...

-¿Encontraron justicia?

Carrea: -Con el juicio a las juntas militares empezamos a tener esperanza de justicia, pero cuando [el ex presidente, Carlos] Menem modificó la ley con un decreto yo me volví a sentir inseguro. Todo lo que hagamos a partir de ahí son parches. Ni olvido ni perdón. A todos los que cometieron delitos se les debe aplicar la ley al ciento por ciento, pero sin odio ni venganza, porque el odio destruye al portador, a la víctima, y no al victimario.

Larrabure: -Es importante la aplicación de la ley, pero después de tantos años creo que ya no se puede. Es más importante dar vuelta la página de una buena vez y decir ni vencedores ni vencidos: perdimos todos. Y tratar de reconciliar sin generar más odios ni resentimientos, porque el dolor no se puede medir, pero es el mismo para uno que para otro lado.

Carrea: -Difiero. Un país sin ley y sin justicia no puede ser un país. Las heridas ni siquiera se cierran, pero al menos dejan de crecer cuando se hace justicia. Y debe ser aplicada a todo aquel que le cabe, de uno y otro lado. Si no, volvemos 40.000 años atrás, cuando cada uno tenía un garrote y ganaba el más fuerte.

Larrabure: -Coincido en que juicios para todos e indulto para ninguno sería lo ideal, pero eso no se hizo, y ahora reabrir eso después de 30 años va a llevar nuevamente a un enfrentamiento. Yo pude perdonar a los que mataron a mi padre.

-¿Aprueban que hoy sea feriado nacional?

Carrea: -El 24 debe ser una fecha para recordar y analizar lo que pasó para que no vuelva a ocurrir, pero en el alma lo que me duele es la palabra feriado, porque se asocia con fiesta, y no hay nada que festejar, sino que aprender. Si no aprendemos de los errores, ¿de qué sirvieron la muerte del padre de Larrabure y los 30.000 desaparecidos?

Larrabure: -Es cierto, no se tiene que festejar nada. Es un día de duelo, pero también lo tendría que ser el 23 de agosto, cuando lo mataron a mi papá, y por los 20.000 y pico de atentados que hubo entre los 70 y los 80. Se tiene que contar cómo fue esa parte de la historia, aprender de los errores, no volver a cometerlos. Que el nunca más nos abarque a todos sin excepciones.

-¿Qué opinan de la autocrítica de los militares sobre la dictadura?

Larrabure: -Debería haber sido de los que estuvieron relacionados con el tema, no se puede pedir perdón por lo que hicieron los otros. La autocrítica la tiene que hacer la cabeza que fue responsable de lo que se hizo.

Carrea: -La autocrítica sirve y es necesaria en la medida en que sea sincera; si es política, no sirve. En eso rescato la autocrítica de [el ex jefe del Ejército Martín] Balza, porque me pareció muy sentida.

-¿Qué le dirían a la sociedad, a 30 años del golpe, después de sufrir la violencia en carne propia?

Larrabure: -Cambiemos la respuesta a la violencia, porque sólo engendra más violencia y nos conduce a un mundo despreciable. Cambiemos la guerra por la paz en cada lugar donde nos toque actuar. Tiene que haber un gran pedido de reconciliación, de reencuentro de la sociedad. Bachelet [Michelle, presidenta de Chile] no vino a hablar de cómo la torturaron, sino a mirar para adelante, para no revolver las miserias de los años 70.

Carrea: -Aprendamos de lo que pasó y construyamos un futuro sobre bases sólidas, con una justicia que se aplique sin rencores, con confianza en las instituciones, pensando en un país para dentro de 100 años y no para mañana.

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