Amores y polémicas en un café

Por Fernando A. Iglesias Para LA NACION
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29 de marzo de 2006  

Entré por primera vez en el Bar Británico en 1999. Recuerdo bien las circunstancias. Vivía a dos cuadras desde hacía tres años, pero nunca me le había animado. Me crié en Piñeyro, Avellaneda, y, aunque mi familia no era pobre, las cosas antiguas pero decadentes no me provocan nostalgia sino angustia. Las baldosas opacas, los espejos mustios, la delicada atmósfera del fugit irreparabilis tempus que a otros sumerge en una ensoñación proustiana, me recuerdan más la pobreza que me rodeaba que los buenos tiempos.

Aquella vez no tenía escapatoria. Me había citado Horacio González, hoy al frente de la Biblioteca Nacional y entonces director de una colección de Colihue en la que yo esperaba publicar mi primer libro. Lo había llamado por teléfono y él había propuesto "a las 11, en el Británico". No había remedio. Que viviéramos a doscientos metros fue sorpresa mutua y el inicio de algo inesperado. No contento con publicar un libro en el que no encontraba una línea con la que estuviese de acuerdo, años después Horacio tuvo la amabilidad de invitarme a compartir las reuniones de un misterioso "Foro del Bar Británico".

Lo había creado con Juan Carlos Gené en el pico de la desesperación general de 2002. En él tuve la suerte de frecuentar a escritores como Ana Lía Efron, Jack Nahmias y Alvaro Abós, a músicos como Raúl Carnota, a cineastas como Cholo Ruderman y Miguel Mato, a intelectuales metidos a arquitecto como Jorge Ramos, y a personajes entrañables que me reprocharán con razón que no los haya citado. Fue para mí, hasta poco antes un simple entrenador deportivo, un agradable reconocimiento de mi novedosa dimensión de "intelectual". De chiquilín te miraba de afuera... desde luego.

Pocas cosas pintan mejor lo mejor de la Argentina que una reunión mayoritariamente nacionalista que se reúne en un bar llamado "el Británico". Las discusiones en el Foro, versión mejorada de la única creación de Sofovich que tiene algún valor, discurren placenteras cuando se habla de la vida, el arte, el amor y otras minucias. Pero cuando se entra en el terreno político se forman inmediatamente dos bandos: los demás y yo. La cosa llegó hasta el punto de que amenacé con mudarme al bar de enfrente, el Hipopótamo, y crear un foro levantisco-liberal de oponer al insurreccional-rosista del Británico. Las discusiones tendrían lugar desde las ventanas, a los gritos. Acaso Grondona aceptara televisarlas junto a algunos de los rounds que organiza los domingos. El proyecto fracasó cuando caímos en la cuenta de que jamás nos encontraríamos en el tiempo, dada la proverbial impuntualidad de los romántico-populistas y la inopinable puntualidad de los europeístas liberales.

Fue en el Británico también donde me encontré por primera vez con ella después de que volvió a la Argentina con su novio gordo fofo del Middle West. Ella movía en el espacio sideral esas manos maravillosas que tiene y yo, por dentro, me desangraba.

* * *

La noticia del desalojo aterrizó sobre las mesas como una bomba. El bar se llenó de resistentes que se oponían y yo, que no estoy seguro de estar de acuerdo con ellos, no fui más, ni he querido enterarme de cómo van las cosas. Supongo que en un país que no sea éste, el gobierno municipal intervendría para decirles al dueño que el bar tiene que seguir siendo un bar y a los resistentes que no es justo pretender conservar el ayer en formol.

Supongo que los baños y la cocina se remodelarían sin excesos modernistas, que los viejos mozos gallegos tendrían la oportunidad de dirigir la operación, que el menú superaría las reglamentarias medialunas mesozoicas y que algunas características se preservarían por disposición municipal: el uso de los baños por los que no son clientes, el libre transitar de los chicos que piden monedas, los precios al alcance de los vecinos de San Telmo... Supongo que si el bar pudiese hablar le pediría a unos que lo dejaran seguir siendo un bar y a otros que lo dejaran vivir en paz, es decir, cambiar. Pantha Rei. Ya ha sido dicho.

Supongo también que nada de esto sucederá. Que el bando noventista que sólo piensa en sus ganancias y el bando setentista que confunde el mundo con un museo de las diversidades culturales nunca se encontrarán, y si lo hacen nunca se pondrán de acuerdo. Imagino que dentro de un año o de un mes, lo mismo da, el Británico seguirá exactamente como está o se habrá convertido, más probablemente, en un cibercafé bastante horrible. Una pena.

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