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El regreso de Carmen Piazzini

La pianista argentina radicada en Alemania actuará con la Camerata Bariloche
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8 de abril de 2006  

El lunes, en el Teatro Colón, se llevará a cabo un concierto de características especiales, a partir del programa ideado por Mario Videla, responsable artístico de Festivales de Buenos Aires, para la inauguración de su temporada 2006 y en celebración de sus treinta años de existencia, en el que se podrán escuchar composiciones de Salieri y de Mozart.

Pero además el concierto promete otros atractivos, como la intervención de la Camerata Bariloche, con los prestigiosos instrumentistas Fernando Hasaj (violín y dirección) Claudio Barile (flauta) y Andrés Spiller (oboe), y de la pianista argentina Carmen Piazzini como solista, nombre grande del país que fortaleció sus raíces en Alemania.

-¿Cómo se siente al ofrecer la obra de Salieri al mismo tiempo que la de Mozart?

-Bueno, es un desafío complejo pero fascinante. Salieri no es complicado; su escritura para piano es más bien simple, tanto que con frecuencia sólo se limita a reiterar los temas que enuncia la orquesta. Desde ya que no está al mismo nivel que Mozart. Sin embargo, me parece que hay un interés muy grande en conocerlo, y tengo la esperanza de que su obra, ensamblado el piano con la orquesta, permita apreciar una música grata de escuchar.

-¿Extraña vivir en Alemania, como un pueblo de idiosincrasia diferente?

-No, de ninguna manera, porque creo que los orígenes no se pierden. Tengo muchos amigos alemanes y argentinos, y con unos y otros me siento muy bien. Es que en mí se conserva la fantasía y el temperamento argentinos y además se suma la disciplina y el orden, que son las virtudes del pueblo alemán y que contribuyen a ser un país que funciona.

-Carmen, ¿es cierto que estuvo bailando en plena calle Florida?

-Sí, fue un momento impensado y que me pareció increíble. Caminaba por la peatonal y de pronto vimos a un muchacho joven vestido de payaso, con la cara blanca, muy gracioso y simpático, que iba de un lado a otro, y la gente se manifestaba alegre. Vino hacia mí, y en un instante estaba bailando un tango con él y yo como si nada, ofreciendo un espectáculo que me causó mucha gracia y me sentí muy a gusto. ¡Qué horror, en Florida!

-¿Va a ir a alguna provincia?

-En realidad, ya lo hice antes de comenzar los ensayos con la Camerata. Fui a Necochea para estar un poco con parte de mi familia que vive allí. Al contemplar la inmensidad de la pampa, los campos, esos olores característicos, la tierra arada, las plantaciones, los caballos, el suave viento que movía los árboles con elegancia, los pájaros y el silencio, aparecieron todas las imágenes de mi niñez, el recuerdo de mis abuelos, de mis padres y una buena cuota de añoranza.

El abuelo de Carmen, Edmundo Piazzini, pianista italiano, amigo de Puccini, se radicó en nuestro país y formó su familia con la hija del propietario del Teatro de la Opera, que vivía en una magnífica casa en la calle Suipacha, de cuyo interior se podía llegar hasta el palco en la sala con entrada por Corrientes. Además, Edmundo fue fundador, junto con Thibaud, del conservatorio de música Thibaud-Piazzini, que funcionó por primera vez, a partir de 1904, en los altos del Café Tortoni en el mismo lugar de hoy, en la Avenida de Mayo.

"Sí, a mí me emociona y reconforta recordar a mis abuelos y a mis padres. Entonces, reconozco la suerte que tuve al recibir tanta enseñanza musical desde muy niña. ¡Cómo olvidar a mi otro abuelo Belisario Alvarez de Toledo, quien me llevó a conciertos, funciones de teatro y que me regalaba aquellos viejos discos de pasta que escuchábamos cientos de veces! ¡Y cómo dejar de agradecer a mi querido padre sus horas de ajedrez, con sus frustraciones y alegrías infinitas!

Carmen hace referencia a uno de los grandes del ajedrez argentino, su padre, Luis Roberto Piazzini, dos veces campeón nacional en 1933 y 1939, la época de nombres brillantes del juego ciencia como Jacobo Bolbochán, Roberto Grau, Carlos Maderna y Carlos Guimard, entre muchos otros.

-¿Usted jugaba al ajedrez?

-Yo tocaba el piano. Claro que, como en casa fueron tan frecuentes las visitas de grandes pianistas como Rubinstein, Gieseking, Arrau, Backhaus, me entusiasmaba con ellos, los escuchaba con devoción hasta que llegaron mis clases con Vicente Scaramuzza a los ocho años y más tarde con el muy querido maestro Rafael González, que fue el que me dio un nuevo impulso para amar el teclado. Fue muy importante para mi carrera de pianista, ya que hice muchos recitales y un muy amplio repertorio, pero a los 17 años me radiqué en Alemania, donde recibí las enseñanzas de perfeccionamiento nada menos que con Wilhem Kempf, el consejo sabio y mesurado. Luego, del maestro Hans Leygraf. También me dediqué a la música de cámara, que amo entrañablemente.

-Pero nunca se fue del todo de la Argentina, ¿no es cierto?

-Sí, es verdad. Siempre traté de hacer algo beneficioso para la gente; por ejemplo, cuando voy a Necochea o a otros lugares del país, hago actuaciones cuya recaudación va a los hospitales o sociedades de ayuda. Pero siempre me sentí como imposibilitada de dar todo lo que podía hacer.

-Ahora que podrá exhibir su admirable musicalidad y su sentido del fraseo, ¿cómo se siente en vísperas de su presentación?

-Espero con la misma esperanza y el mismo gusto poder tocar en el Colón como cuando toqué el cuarto concierto de Beethoven con la dirección de Leopold Hager y lógicamente, también, con la inevitable ansiedad de poder tocar el piano -ese es mi placer de toda mi vida- en esa maravillosa sala, con su atmósfera y acústica inigualables. Claro: con la fe de que todo nos salga lo mejor posible.

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