¿Y ahora quieren cambiar a Arroyo?

Por Félix Luna Para LA NACION
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13 de abril de 2006  

Vivo en la calle Arroyo desde hace treinta y cinco años. Allí nació mi hija menor y se criaron las tres, algunas estudiaron en el Lenguas Vivas que queda a la vuelta. Por entonces, no había llegado la Avenida 9 de Julio y todavía existían la plaza Tedín y el pasaje Seaver. La manzana de Arroyo que hoy ocupa la avenida tenía verdulería, comisaría, rotisería, el bello Club Alemán y una oficina de remises donde uno de los choferes, cuando estaba desocupado, tocaba valsesitos y tangos con un violín mientras yo lo acompañaba esforzadamente en guitarra.

Un día la 9 de Julio llegó y arrasó con todo: desapareció la plaza y el pasaje, y de sus árboles sólo se salvaron dos ombúes. Pero Arroyo no perdió su encanto. Sigue siendo el "codo aristocrático" que dijera Mallea, aunque se democratizaba rápidamente. Ni la horrorosa bomba de la embajada de Israel pudo sustraerle su presencia: cuando empezaron a reconstruirse los daños, el primer edificio en quedar listo fue la Nueva Farmacia Arroyo -50 años en el barrio-, en la esquina de Suipacha, mediante la valiente voluntad de su dueña, a la que todos llamaban "la Bella Boticaria". Y Arroyo siguió conservando su belleza.

Después, la codicia inmobiliaria le fue quitando atributos barriales. Desapareció la tintorería, el quiosco casi mitológico de la emblemática farmacia de Pepe y después de Marta, una proveeduría... Galerías de arte, exposiciones y anticuarios se posesionaron de la calle y las gallery nights le dieron un renovado brillo. Porque, aunque casi dejó de ser un barrio, esas dos cuadras que incluyen el Sofitel, los viejos y pintorescos edificios Bencich, la iglesia donde dio sus primeras bendiciones quien era apenas el padre Bergoglio, la librería-anticuario Imago Mundi, la galería VIP y el anticuario Della Signoría, cuyas vidrieras son un regalo para el transeúnte, la hermosa embajada de Rumania, la austera placita en recuerdo de los asesinados el 17 de marzo de 1992, esas dos cuadras siguen conservando lo mejor, lo esencial, lo más lindo de Arroyo. ¿Y ahora quieren cambiarle el nombre?

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