Pino Solanas llegó a las nubes con su cine

La Nación compartió un día en el rodaje de "La nube", su nuevo film
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29 de octubre de 1997  

-Fulop, te traje el té...

-Pasá.

El diálogo se repite una y otra vez. La acción es siempre la misma: un muchacho golpea a la puerta y, dentro del camarín, la actriz lo autoriza a entrar.

Contra la pared, el típico espejo de teatro con las lamparitas sobre su perímetro echa luz sobre el rostro moreno y los dientes muy blancos de la actriz. Boas de plumas, vestidos con lentejuelas, plateados y dorados sobre ropas muy usadas, constituyen el marco donde la mujer, expectante, sentada en un savonarola, recibe la luna de otras luces. Las luces del cine.

La actriz es la brasileña Angela Correa, que luce una figura esbelta, cuidada al detalle, vestida su piel negra por una bata blanca de satén que deja al descubierto las minúsculas prendas íntimas, muy blancas también, con las que piensa seducir al tímido coprotagonista de esta escena (Carlos Páez).

Dentro del reducido espacio de la salita convertida en camarín, en el lado opuesto de la escena, se agolpan los técnicos, la cámara, los faroles y la utilería aprovechada por el director, Fernando "Pino" Solanas, que le está dando los toques finales al rodaje de "La nube".

El inspirador

Por otros pasillos se mueve, silencioso, Eduardo "Tato" Pavlovsky, protagonista del film y autor de la pieza teatral "Rojos globos rojos", que inspiró a Solanas para la película y de la que se aprovecha la escenificación de media docena de escenas.

Pavlovsky viste un saco rosado y rozado, lleno de botones y dispuesto para anunciar algún número de circo. Sobre su cabeza, una peluca cenicienta le da apariencia de paje por la disposición del pelo como las páginas de un libro. El actor, director y autor camina silencioso, repasa el libreto y, valga el anacronismo, de cuando en cuando pulsa su teléfono celular.

En el improvisado camarín de la actriz, las cosas también van pausadas. La escena 127, bien anotada en la claqueta, se repite una y otra vez: Solanas dispone unos pocos cambios, en cada oportunidad.

-Más rápido, ahora. Sin repetir esa palabra. ¡Cámara! No se pisen los textos. ¡Cámara!

La misma toma se repite nueve veces, hasta que Solanas queda conforme. Viene luego el contraplano. La actriz ocupa ahora de espaldas el punto de vista. Se reitera la situación anterior, sólo que es el muchacho quien está cerca de la cámara. Debe tocarle a la actriz un pecho, mientras ella, con ternura, lo abraza hasta apoyar casi el mentón sobre la testa del joven.

-¿Qué te pasa...? ¿Me tenés miedo?

Las escenas se diluyen entre órdenes ajenas a la situación: "Se copia" o "Acerquen más la caña (el micrófono)", "Va de nuevo: se oye el camión que pasa por la calle".

"La nube" se desarrolla en La Boca, dentro de un inmenso galpón en cuyo interior se levanta un vetusto teatro con forma de circo. Virtudes y engaños del cine, el frente del teatro lo da una antigua ferretería abandonada que hay en el viejo barrio portuario. Su interior, en cambio, el galpón con la carpa, se levanta donde funcionaba el Mercado Municipal del Pescado, en Barracas, a pasos de la estación Hipólito Yrigoyen, que había servido de marco para las canciones de Roberto Goyeneche, en "Sur", un film anterior de Pino.

El interior del mercado se ha convertido en algo parecido a un paso de caravanas o de manifestaciones: un camino ancho, bordeado a todo lo largo por grandes paneles de telas tensadas pancartas, las llama Solanas sobre las que se han pintado en trazo negro famosos rostros del teatro: desde Olinda Bozán y Roberto Arlt hasta Bertolt Brecht y desde Pirandello y Beckett hasta Alejandra Boero y don Armando Discépolo.

En el fondo de ese paso de marchas se ensancha el teatro de trapos. Quien se asome a su interior podrá ver, ese día, oscuro de fantasmas en estado de alerta, un retrato gigante de Shakespeare, que sonríe en el fondo, apagado pero no impasible, dueño de las acciones que se representan.

"La nube" muestra una Argentina desolada, con nubarrones constantes y huellas de lluvia por todas partes. Es la mirada comprometida de Solanas sobre el tiempo meteorológico y mucho más que eso de la época que corre.

Un elenco llamativo acompaña al realizador: Tato Pavlovsky, psicoanalista, dramaturgo y actor, es el protagonista, Máximo, que se viste de viejo actor para decir cuatro verdades; Laura Novoa, Leonor Manso, Angela Correa actriz y modelo brasileña, la mujer de Solanas, que hoy deja a todos boquiabiertos con su escultural figura, Franklin Caicedo, Favio Posca, Cristina Banegas, Jorge Petraglia, Carlos Páez, Horacio Peña, Luis Cardei y los franceses Bernard LeCoq y Christophe Malavoy.

El hijo de Pino Solanas, Juan Diego, es el director de fotografía, y del arte se ocupa At Hoang, director artístico vietnamita que hizo otro tanto en "El amante", de Jean-Jacques Annaud, y en la reciente "Siete años en el Tíbet", del mismo director. Mercedes Alfonsín, proveniente de la New York University, es su asistente, y el veterano Horace Lannes, el diseñador del vestuario. Gerardo Gandini compone la partitura de fondo.

Pavlovsky, con nuevas utopías

Con el atuendo del viejo actor que mantiene en pie el teatro de discusión y la defensa de la cultura, Eduardo Pavlovsky encarna a Máximo, el intérprete que, en el Teatro Espejo de la ficción de Pino "La nube", con el nombre de Cardenal, sostiene el valor de la escena tradicional.

Pavlovsky está conforme con la adaptación: "Pino respetó el espíritu literario e ideológico-estético, a pesar de la multiplicación de sentidos de la obra en el film. Estoy muy cómodo y es un honor para un autor argentino que a Solanas se le haya ocurrido extender su obra en la pantalla. Noté de entrada que a Pino le interesaba recrear aquella vieja mística de actores como Dringue, Olmedo, Pepe Arias, en quienes no existía lo intelectual: ni Strasberg ni Stanislavsky. Aquéllos salían al toro y ocupaban la escena. Cardenal es así.

"Coincido con la esperanza de Pino, puesta ya en la lucha cultural del personaje de Cardenal, buscando un cambio alentador para convivir con ciertas utopías que ya se han perdido. Utopías para vivir y proyectarse. Aunque la interrumpí por este rodaje, pero estoy ensayando con Norman Brisky la obra «Porotos». Ahí tenés mi utopía." Como se ve, los buenos deseos tampoco faltan en el el ánimo del muy personal Tato Pavlovsky.

"El cine es el espejo: ayuda a vernos"

"Esta es una película de puesta en escena, aunque todas lo son. Esta lo es en la medida en que otras son de montaje o de corte rápido a Pino Solanas no le cuesta extender al sonido de las palabras el formato de "La nube", que está filmando en el Mercado del Pescado del barrio de Barracas. Es una película de grandes situaciones, relacionada con varios lenguajes artísticos. Una de las patas las tiene en el teatro, otra en la música, y es un gran trabajo visual. Aprovecho el plano secuencia, que me gusta, aunque tiene el peligro de imposibilitarte gobernar el tiempo exacto del plano, porque no lo podés cortar. Se puede aprovechar un fragmento de tiempo real para adulterar menos la realidad. Los planos secuencia los hice con steadycam (cámara computadorizada), que permite un constante desplazamiento de la imagen; combina varios travellings, que serían difíciles de otro modo. Es una cámara cadenciosa."

El film ocurre en un solo tiempo, según el director, "aunque hay un raconto. «Sur», en cambio, era una película de racontos. «La nube» sucede en tiempo real."

El marco que regala el Mercado del Pescado, con su inmensa soledad de aberturas infinitas, techos vidriados y superficies de otro planeta, es muy sugestivo. "Este espacio se utiliza sólo en un 35 por ciento de la película. El resto sucede en calles con lluvia, cabarets, estudios de televisión, un shopping, despachos de tribunales que armamos en el Concejo Deliberante, al que utilicé como un set".

Entre la película por hacerse y el comienzo de la filmación hubo un tiempo. Para el realizador de "El exilio de Gardel", la verdad comienza cuando funciona la cámara. "El verdadero proceso creativo es el rodaje; aquí descubrís, probás y vas adelante..., o no Solanas, casi susurrante, convincente; uno llega al rodaje con bastante miedo, a veces las cosas funcionan, a veces no. Sería omnipotente pensar lo contrario o mentir: éste es un arte colectivo, aquí trabajan cuarenta personas. Además, está el director, que no siempre funciona bien, y los actores, que son lo esencial. Hay días en que los actores tienen todo el ángel y hay días en que tenés que apuntalarlos."

"Es el elenco de grandes actores con que soñé: Pavlovsky, Leonor Manso, Angela Correa, Carlos Páez, que se formó en mis talleres de actuación, Franklin Caicedo, Jorge Petraglia, Horacio Peña."

El actor, sobre todo "¿Qué tono les pido? el director repite nuestra pregunta. Una gran credibilidad, que es partir de una posición realista y fina, creíble, veraz y sensible. También un cierto tono mágico y una posibilidad de cambio, en que, por momentos, juegan a otra cosa. Esto sólo se ve en el momento de la puesta, pues el actor es un elemento creativo. En el rodaje se da el ping pong: lo estimulás, encendés sus motores y empieza a disparar flores. A veces, las flores no sirven, son para otra fiesta o un entierro. Los actores son seres creativos que aportan soluciones."

Solanas no quiere apartarse de la realidad cuando esboza el espacio de la narración. "La cuento desde el aquí y el ahora de estos años. Es un tiempo de tristeza y resignación. Son personajes que perdieron mucho y, como soy un hombre esperanzado, creo que algunas cosas recuperarán. Mis películas traen una mirada de esperanza. Todas son un pequeño viaje a la esperanza. En «La nube», los personajes no están dispuestos a seguir perdiendo lo esencial ni lo que justifica su existencia.

"Son ciertos valores, derechos, dignidad, principios. Se quiebran hasta un punto, pero se animan a decir «no». Es una película-espejo Solanas alude al Teatro Espejo, nombre que lleva el circo dentro del film, que tiene que ver con los sentimientos de estos años y con lo que nos viene pasando Solanas está distendido, sonriente, nunca se pone enfático. Es aventurado hablar de una película antes: cuento la salsa que estoy intentando construir, un espejo de los sentimientos: una buena proyección del espectador sobre la película."

Admite que se trata de una proyección a la polémica. "Mis películas son críticas y de una evidente sensibilidad social. Me interesan el hombre y su circunstancia social, aquí y en todas mis películas. La historia contemporánea está dentro de mis películas."

"Creo en un porvenir mejor, en un cambio superador también hay optimismo en sus palabras. El cine ayuda, pero no considero que el cine pueda explicarnos la realidad. Este cine intenta expresar la realidad, no toda, pero sí la de estos personajes. El cine, como una canción, una novela, un poema, no cambia nada. Ayuda a vernos y ya es mucho. Es el espejo."

Abarcador, Solanas entiende que el arte trabaja con elementos sensibles y expresivos, que ayuda al mito y a la energía de la gente. "No se podría vivir sin canciones, sin poemas de amor, sin películas. Es el imaginario.

"Alimentar el imaginario prosigue el director, cantar el imaginario, estimularlo o movilizarlo es muy importante. No existen pueblos sin un imaginario, como no existen sin una lengua. Todo el hacer de ese pueblo es su cultura. Ahí apunta una película, a lo indirecto, porque no se trata de un documental."

Volver al oficio "La vuelta, después de cinco años, fue difícil. Es complicado ponerse en movimiento de nuevo en el cine Pino Solanas no se achica con el desafío. No tuve un productor que se hiciera cargo de la película. Me estimularon los de afuera, los coproductores alemanes, franceses e italianos, y tengo un crédito del Instituto de Cinematografía. Bueno fuera que, después de todo lo que aporté a la cinematografía nacional, el Instituto no me diera un crédito en las mismas condiciones que a los otros. En mi historia, pocos cineastas recibieron tan poco como recibí yo.

"El Teatro Espejo está entre el teatro isabelino y el circo criollo, con Shakespeare en el fondo. Es una pequeña bombonera que permite crear una intimidad entre Cardenal y su público, durante la representación de «Rojos globos rojos» nos detenemos frente a la forma octogonal de la carpa, levantada en medio del mercado y debajo de techos recién remozados. Se dieron dos coincidencias: me gusta la obra y siempre tuve deseos de trabajar con Pavlovsky. La película no trata sólo de la problemática del teatro, sino de la defensa del buen uso de los bienes socioculturales. Trata sobre el presente de estos últimos años."

Sin visiones políticas

En tren de comparar, según el realizador de "La nube", "mis visiones políticas no aparecen aquí como en «El viaje», que era una historieta, género en el que yo participé como libretista cuando mi hermano mayor, Héctor, que hacía ese trabajo, se retiró: «El cabo Savino», por ejemplo. «El viaje» era una historieta caricatural-política. «La nube», en cambio, es una novela que tiene como fondo el Buenos Aires de hoy, cuyo punto de encuentro está en este teatro, aunque el teatro no es lo único. Hay un poeta con su historia triste; un cantor de barrio, que interpreta la canción de la obra; un cronista de una FM joven, sobrino del cantor de tangos. Este personaje era para Carlos Carella Solanas recuerda al desaparecido actor y se llama Tito, igual que aquel Tito El Esperanzador, que él hacía en «El viaje». Yo quería que fuera como un guiño, un apunte entre una película anterior y ésta.

"Claro que esa nube es una metáfora y es el título Solanas concluye. Vivimos en un tiempo nublado y lluvioso, el de los personajes. En Buenos Aires llueve mucho, otra metáfora, lo inexplicable, en un espacio donde, para mí, el arte es una convención poética, encierra múltiples significados y moviliza el imaginario. En el arte es más perdurable la metáfora que su explicación." ;

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