El genio de un vizconde entrerriano

Emilio Lascano Tegui cultivó en sus obras el humor, la mezcla de géneros y el tono cosmopolita. Se anticipan un texto de El libro celeste (Simurg) y un fragmento del prólogo de esta reedición
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16 de abril de 2006  

La ubicación marginal a que ha sido relegada la obra de Emilio Lascano Tegui en el sistema literario argentino se sostiene, a pesar de la distancia temporal y la especialización de la crítica, en el mismo gesto de asombro ante lo inaprensible con que los contemporáneos recibieron sus libros. Difíciles de clasificar, extraños por el desenfado con que subvierten el uso de los géneros establecidos y la mezcla cosmopolita que los caracteriza, la contribución de sus mejores textos a la modernización literaria del ámbito local sólo puede ser apreciada en relación con los debates y producciones de la época y la influencia ejercida por ellos en escritores luego más ampliamente difundidos.

Aunque Lascano Tegui nació en mayo de 1887 en Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos, sus años de infancia transcurrieron en el porteño barrio de San Telmo. Curiosamente, su primer vínculo con la cultura literaria está asociado a la política: el radical Juan José Frugoni lo inició en los misterios de la métrica del verso, enseñándole a medir las sílabas en un almacén de las calles San Luis y Azcuénaga. Ya poco después, mientras se desempeñaba como orador del partido entre 1905 y 1907, Lascano componía sus discursos públicos en octosílabos rimados, una asociación inédita que movería a risa a sus ocasionales oyentes en la plaza Lavalle o ante el monumento a los caídos de la Revolución del 90.

Fue, sin embargo, durante un viaje por Africa y Europa en compañía de Fernán Félix de Amador emprendido en 1908 cuando Lascano afirmó su vocación poética, mientras descubría su afición incansable por el perpetuo movimiento del viajero. Durante el extenso periplo decidió modificar su apellido de origen vasco, transformándolo en uno doble y, hacia 1909, le antepuso el apócrifo título de vizconde con que firmaría su primer libro después del regreso a la Argentina: La sombra de la Empusa, publicado en mayo de 1910, inquietó a los círculos literarios y sembró el escándalo en un ambiente todavía algo cansino que, un año antes, era aún esquivo a las metáforas extrañas del Lunario sentimental de Leopoldo Lugones. Impreso en Buenos Aires con un pie de imprenta falso de París, La sombra de la Empusa hizo olvidar rápidamente la pálida recepción del Lunario y desplazó el sarcasmo hacia el nuevo poeta a quien le fue adjudicado el mote de "loco". [...]

Bohemia en París

Residente en Montparnasse desde 1913, Lascano Tegui participó -con especial don de ubicuidad- no sólo del esplendor cultural de París sino también de los debates y movimientos que atravesaban el ambiente literario porteño, en permanente visita física o postal. Así, por ejemplo, ofreció su opinión a la encuesta organizada por la revista Nosotros ante la consagración canónica del Martín Fierro que por ese entonces gestaban Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones, y presentó en sociedad a Baldomero Fernández Moreno, cuya poesía sencilla y original encomió. Y mientras ejercía el periodismo como corresponsal de varias publicaciones argentinas, desarrollaba innumerables oficios antes de ingresar en el servicio diplomático: fue decorador del salón de lectura que el diario LA NACION abrió en París en el número 3 de la rue Edouard III, vendedor de ropa vieja en el rastro, comisionista y exportador entre 1919 y 1922 y, entre otras curiosidades, ejerció como dentista y mecánico dental, profesión que, aparentemente, había estudiado en la ...cole d´Odontologie de la Universidad de París entre 1917 y 1919. [...]

Dos años después de ingresar, por decreto de Marcelo T. de Alvear y Angel Gallardo de junio de 1923, en el servicio diplomático del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Lascano Tegui publicó su obra maestra, De la elegancia mientras se duerme. Impresa en el taller de Jos. Vermaut en Courtrai, Bélgica, y con el sello de la Editorial Excelsior de París, el texto estaba acompañado por unos magníficos grabados en madera de Raúl Monsegur, amigo y fiador de Lascano cuando su admisión en Cancillería. La novela, dedicada a los miembros de "La Púa" -cenáculo de rioplatenses en demorado tránsito por París-, fue presumiblemente escrita entre 1910 y 1914 y es de una modernidad asombrosa: bajo la forma genérica del diario íntimo, el narrador quiebra la estructura del relato con un espacio narrativo poblado de breves historias autónomas enlazadas hasta la consumación de un crimen que no deja afuera la poética del autor ("¿Y no llegará a ser el libro como un derivativo de esa idea del crimen que desearía cometer? ¿No podría ser cada página un trozo de vidrio diminuto en la sopa cotidiana de mis semejantes?"). [...]

La apertura cosmopolita

En febrero de 1924 apareció en Buenos Aires una nueva revista literaria llamada a nuclear en sus páginas a los más destacados escritores del período. Bajo la égida de Evar Méndez y Samuel Glusberg, Martín Fierro (Segunda época) aunaba las expresiones más modernas del ambiente artístico con la sátira política. El grupo inicial, reunido en las confiterías Richmond, de la calle Florida, y La Cosechera, de Avenida de Mayo, estaba integrado por Conrado Nalé Roxlo, Ernesto Palacio, Pablo Rojas Paz, Luis Franco y Cayetano Córdoba Iturburu, pero no fue sino hasta la revelación de Oliverio Girondo como figura central del proyecto -con la inclusión de su "Manifiesto" en el cuarto número- que la revista pudo definir su carácter netamente vanguardista y cosmopolita.

Emilio Lascano Tegui apareció en el suelto "¿Quién es ?Martín Fierro´?" entre el núcleo de colaboradores adherentes al programa de la publicación, acompañado por Enrique Amorim, Luis Cané, Jorge Luis Borges, Pedro Figari, Eduardo González Lanuza, Leopoldo Marechal, René Zapata Quesada y otros. Su paso estuvo signado por la distancia geográfica y el carácter menor de las colaboraciones: unos pocos poemas -entre ellos, uno en francés, "Petit homme...", que integró junto con el "Sonnet Mysterieux" de Charles de Soussens (firmado en el Hospital Piñero) una breve antología del número 18-, dos breves relatos, algunos de los jocosos epitafios que sostenían el tono zumbón de la revista y una breve intervención durante la agitada polémica sobre el meridiano intelectual de Hispanoamérica.

La nota del Vizconde, en clave satírica, despeja el centro de este debate -iniciado a raíz de la publicación del artículo de Guillermo de Torre "Madrid, meridiano intelectual de Hispanoamérica" en el octavo número de La Gaceta Literaria- y es definición notable del espíritu generacional de los vanguardistas porteños y, especialmente, de su propio proyecto literario de orden cosmopolita.

Una amplia adopción de la influencia extranjera para la construcción de la literatura nacional -que, de manera similar, entusiasma también a Enrique González Trillo, Nicolás Olivari y Leopoldo Marechal- y un incauto fervor por la construcción de un idioma propio, en creciente divergencia con el español peninsular, actualizan en renovado contexto la tradición de polémicas intelectuales entre españoles y argentinos acerca de la lengua y la creación literaria: la sostenida por Sarmiento a raíz de su propuesta de reforma ortográfica y, en términos más cercanos, la que Juan María Gutiérrez, a comienzos de 1876, sostuvo con Martínez Villergas después de haber rechazado el diploma de miembro correspondiente que le había otorgado la Real Academia Española.

También en esta línea Borges inscribiría, años más tarde, su conocido ensayo "El escritor argentino y la tradición", al afirmar que la expresión argentina debe encontrar su fuente en toda la tradición occidental pues "ser argentino es una fatalidad y en ese caso lo seremos de cualquier modo".

Dos libros "extraños"

Con excepción de una pequeña separata publicada en francés en 1935, Les bannières d´Obligado (Une Revendication Argentine), Lascano Tegui no volvió a publicar libro alguno hasta 1936 cuando, de regreso a la Argentina, antes de trasladarse a Venezuela en calidad de cónsul de tercera clase, dio a la prensa El libro celeste y Album de familia, editados por Viau & Zona entre junio y agosto. No deja de llamar la atención este período de silencio editorial -que, en verdad, no era tal si contamos sus continuas colaboraciones en revistas y diarios-, probablemente originado en la imposibilidad de solventar nuevas ediciones con sus ingresos provenientes del Estado y la concurrencia del periodismo. Su obra literaria almacenaba para entonces no pocos volúmenes inéditos: en las retiraciones de portadilla de los recientes libros, y bajo la franca leyenda de "Esperando Editor", Lascano anuncia un tomo de poesías completas (El cactus y la rosa), tres novelas (Mujeres detrás de un vidrio, Daguerrotipos románticos y Mis queridas se murieron), dos volúmenes sin título de cuentos cortos, un tomo de ensayo (La Europa y la América contra los Estados Unidos) y una obra teatral, La esposa de Don Juan.

El libro celeste, estructurado en numerosos capítulos breves sin numeración, retoma el fragmentado estilo de De la elegancia mientras se duerme pero con un renovado signo que se traslada de la incursión por la tradición francesa al despliegue de una ferviente argentinidad amparada en la dedicatoria tutelar que encabezan Domingo French y Antonio Berutti, "los dos merceros inspirados que el 25 de Mayo de 1810, cerrando las calles adyacentes al Cabildo, sólo dejaron pasar a los criollos perfectos que iban a darnos la libertad". Este libro no es, por cierto, un simple elogio criollista ni exaltado ejercicio de patriotismo; es un volumen de pulida prosa, mezcla irreductible de autobiografía lírica, pintoresca sátira, análisis sociológico, etimologías provenientes de Isidoro de Sevilla y enciclopedismo medieval, y configura un extraño mundo cuya órbita se centra en la participación de las letras locales en la cultura universal. Presentada como geografía abstracta, bestiario, herbario y lapidario argentinos, la novela del Vizconde -si es que la amplitud de este género moderno puede admitir tan particular composición- reclama la ayuda de la fantasía como camino hacia la felicidad. Sus originales cruces iluminan, en un tono por demás opuesto al de las preocupaciones contemporáneas de Eduardo Mallea o Ezequiel Martínez Estrada, la esencia del ser nacional. [...]

El diagnóstico de los males contemporáneos de la Argentina se entreteje en sus páginas, en difuso recorrido temático de clave contrapuntística, con las analogías más inesperadas provenientes de la imaginación poética del autor. Mezcla de géneros y tradiciones, El libro celeste perpetúa en renovada línea la experimentación híbrida que, noventa años antes, se perfilaba ya en el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento. Pero es también, y en esencia, ejemplo de la memoria atravesada por el tiempo, los viajes y las lecturas de un espíritu itinerante que titula su libro con el color del barrilete de infancia en atemporal vuelo.

La otra novela editada en 1936, Album de familia con retratos de desconocidos, es un volumen más extenso precedido de un breve prólogo y con un primer episodio narrativo que funciona como marco introductorio de los textos que le siguen. A diferencia de El libro celeste, cuya escritura le habría llevado pocas semanas, esta obra le requirió varios años de labor.

La expresión americana

Promovido por Agustín P. Justo y Carlos Saavedra Lamas al consulado de Caracas el 14 de julio de 1936, Lascano Tegui viajó a Venezuela con su esposa, Sofía Simone Zahrli, de origen suizo, y se domicilió en el barrio de Sarría, donde sus tertulias y hospitalarias cenas serían rápidamente famosas. Su figura se difundió por el ambiente intelectual y artístico y sus ensayos y colaboraciones literarias hallaron prensa receptiva en los principales diarios, El Universal y El Heraldo, entre otras publicaciones del país y de la región caribeña.

La popularidad del cónsul se vio ampliada por sus continuas actividades culturales. A poco tiempo de haberse instalado, recibió un pedido especial del Ministerio de Educación Nacional de Venezuela para dictar un ciclo de veinte conferencias públicas sobre Historia del Arte y emprendió, además, la decoración del edificio del consulado, con murales que cubren más de doscientos cincuenta metros cuadrados: en frescos pintados al agua, al óleo y a la cera, ofrece -en movimiento paralelo al que Silvina Ocampo descubría en los poemas de Enumeración de la patria- una colorida descripción de las riquezas y paisajes argentinos. [...]

Su traslado al consulado de Los Angeles se decidió a fines de octubre de 1940. Partió el 19 de diciembre, no sin antes recibir numerosas muestras de afecto y banquetes de honor, entre los que pueden contarse una cena en los salones del Country Club organizada por la Cámara Argentino-Venezolana de Comercio y una fiesta criolla en su homenaje en el hato "El Vigía", de Guárico, el 10 de noviembre.

La carrera diplomática del Vizconde concluyó pocos años más tarde. Su paso por el consulado de Los Angeles finalizó el 2 de mayo de 1944, cuando una resolución del ministerio le solicitó que formalizara su jubilación en Argentina. De regreso en barco a Buenos Aires, donde debía tramitar su expediente jubilatorio, sufrió un percance que sumerge en la incógnita buena parte de su obra: un incendio en el camarote que compartía con su esposa le hizo perder los originales de varios libros inéditos que venía a publicar en cumplimiento tardío de una promesa.

Con excepción de Muchacho de San Telmo (1895), impreso por Guillermo Kraft ese mismo año, todos los demás libros se perdieron. El poemario que rememora su infancia en el barrio porteño logró salvarse porque la edición ya había sido contratada desde Estados Unidos y una copia había sido girada unos meses antes para consulta del ilustrador, Alejandro Sirio. [...]

Sus últimos años en Buenos Aires lo encontraron bastante activo. Hacia mediados de la década del cincuenta prologó Reflejos, de Enver Mehmedagiè, y participó de las tertulias de El Mangrullo en casa del eminente coleccionista Federico Vogelius, donde se reunían poetas y artistas plásticos de renombre: Ricardo E. Molinari, Santiago Cogorno, Jorge Luis Borges y otros. Un catálogo de la galería de Samuel Jahbes (4 al 18 de noviembre de 1963) nos confirma que, hasta poco antes de su muerte, Lascano Tegui seguía integrando activamente los círculos artísticos de la ciudad; entre las obras expuestas se colgaron vistas de Washington, París, Punta del Este, Boulogne-sur-Mer y Córdoba, una marina de la costa de Santa Bárbara y dos naturalezas muertas.

Emilio Lascano Tegui falleció a los setenta y nueve años en Buenos Aires, el 13 de abril de 1966. En su casa de Palermo se mantuvo la vigilia del velatorio y sus restos fueron cremados en el cementerio de la Chacarita. En el testamento fechado en Suiza en septiembre de mil novecientos sesenta y cuatro, donde aparece como única heredera forzosa Sofía Simone Zahrli, su esposa en segundas nupcias, Lascano Tegui declara que en una habitación clausurada de un departamento suyo de la calle Paraná al setecientos conserva los originales de varios libros terminados (Mujeres detrás de un novio, Cuando La Plata era señorita, Vía Láctea de polillas, El 32 de diciembre), el manuscrito de sus memorias y centenares de artículos inéditos para la prensa que, hasta el momento, se encuentran perdidos.

Avestruces y golondrinas

Por Emilio Lascano Tegui

Los hombres que no han tenido una nodriza inglesa y nacidos entre tierras, sin ver el mar, no pueden tener ojos azules. Los que hemos nacido en la llanura nos imaginamos la montaña como un límite divisorio, un muro natural, un puente levadizo descompuesto e infranqueable. La montaña es alta y plana cortina sobre el horizonte. Nada más. Y cuando pensamos en el avestruz, en obsequio de ese ágil jinete, nuestro país pierde las montañas y se torna excesivamente chato, ofreciendo un largo campo de carrera al ave que no quiere volar, estando tan segura, como está, de escapar al peligro con sus patas. El adversario no lo comprende. El avestruz se prepara rastreando constantemente el campo. Se dijera que busca algo que ha perdido o se le ha caído del buche. Su pico espulga la tierra, su olfato le orienta por una mejor pista y son sus ojos graves, que reflexionan al mirar, los vigías del horizonte. Mientras no lo estrangularon los alambrados y se colgó en los hilos de acero y se rompió la cabeza contra los postes, cruzó el territorio en busca de un médano en que dejar sus huevos. Eran enormes tortillas preparadas por el Supremo Hacedor. Alrededor del nido en que empollaba, sintiendo llegar los charabones, rompía dos o tres de esos huevos que no habían respondido a su calor. La yema se descomponía al sol y las moscas y los gusanos preparaban el banquete de los charabones al nacer.

Sus plumas aportaron un poco de comodidad al rancho del pobre. Los parasoles pasearon el recuerdo del avestruz, cotidianamente, en el paseo de la Alameda. Las elegantes porteñas se protegían del sol y de las pecas bajo sus plumas, mientras el indio y el gaucho saboreaban la picana de su carne morena en el primer guiso de nuestra cocina criolla. Sus huevos eran indigestos, su carne era pesada; pero el buche del avestruz molido aportó la panacea a todos los males del estómago y la pepsina fue invención de nuestra farmacia casera.

Pájaros de duelo

Entre las buracas que dejaban los andamios del Escorial nacieron las golondrinas. Son pájaros de duelo. Salieron de las cornisas del sepulcro real cuando el pulido Felipe II, que aplastaba sobre la rótula desnuda los gusanos que lo devoraban, se había quedado solo, sin criados, en vísperas de bajar al pudridero. Esos pájaros negros llevaron el luto de España hacia el Flandes español, donde nacía el sol, y hacia la América morena, donde se acostaba el día. El duque de Alba y el licenciado de la Gazca, al verlas pasar, comprendieron el mensaje. Y los dos cómplices, emocionados, sonrieron. El enemigo de Antonio Pérez se moría...

La emigración de golondrinas se hizo anual. Huían del invierno. En América se multiplicaban y las mensajeras románticas -que recién lo fueron cuando Miranda, San Martín y Bolívar nos libertaron- iban a Europa a morir del pecho como las mulatas de las Antillas. La distancia las vencía. Otras veces topaban con las nieves prematuras que las amortajaban y otras veces era el rey Luis XVI que les salía al encuentro. Golondrinas nacidas en América, caían, hasta doscientas por día, heridas por la escopeta cincelada del monarca, que adoraba tirar al blanco. Su cuadro de caza es impresionante. Lo escribió de su mano y está en el Memorial. Más de doscientas mil presas: faisanes, perdices, palomas, golondrinas, cisnes y venados. Siempre asesinó animales tímidos. Nunca afrontó un león, un oso o un tigre. Cuando le cortaron el cuello, por monarca o cazador de torcazas, el día helado del 21 de enero de 1793, recogieron, cuentan las gacetas, una golondrina muerta entre la nieve. Las golondrinas son pájaros de duelo.

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