Al maestro con cariño

Edgardo Giménez, uno de los pioneros del arte pop local, concibió y diseñó un libro que recuerda la figura de Jorge Romero Brest, gran impulsor de las vanguardias de los 60
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30 de abril de 2006  

En el marco de un año que parece comenzar marcado por una fuerte presencia del arte pop y sesentista (ver Agenda en la nota anterior), el artista plástico Edgardo Giménez se dispone a presentar el libro Jorge Romero Brest, la cultura como provocación. Homenaje y documento a la vez, el libro ofrece una particular mirada hacia quien fue una de las figuras más influyentes en la formación de la crítica de arte moderno en América latina. Romero Brest fundó y dirigió la revista Ver y Estimar, editó colecciones de libros, dictó conferencias en todo el continente, dirigió el Museo Nacional de Bellas Artes de la Argentina y el Centro de Artes Visuales del legendario Instituto Torcuato Di Tella.

En el libro concebido por Edgardo Giménez pueden leerse, entre otros, los testimonios de Enrique Oteiza, Pierre Restany, Marta Minujín y Guido Di Tella. Giménez, además, se encargó del diseño gráfico y de la búsqueda y selección de materiales documentales. Para hacerlo, recurrió a los archivos del Di Tella. Allí, por ejemplo, se encontró con grabaciones de conferencias dictadas por Romero Brest. Ese material –inédito– acompaña al libro en dos discos compactos. Próximo a presentarlo en sociedad, el artista conversó con la Revista sobre la estrecha relación que mantuvo con Romero Brest.

–¿Cómo se conocieron?

–Alrededor de 1970, me llamó un día para consultarme sobre el departamento donde vivía. Pensaba que ese lugar estaba agotado y quería mudarse a otra zona de la ciudad. Yo miré la casa y le dije: "¿Y por qué no modifica éste? Eso le renovará el interés por su departamento". A él le gustó la idea. Aceptó todos los cambios que hice, hasta que los ambientes quedaron transformados: paredes laqueadas, muebles-objeto, moscas metálicas sobre el techo del comedor, una cama de un metro de alto tapizada en cuero de vaca... A raíz de ese cambio, donó toda su biblioteca. Decía que esos libros recorrían la cultura del pasado, algo que le había dejado de interesar.

–Una actitud coherente con su postura modernista.

–Efectivamente. Si algo le reconozco a Romero es que vivía como pensaba; era de verdad el personaje. No conocí a otra persona que fuera así. Con él aprendí que con las palabras se puede mentir, pero con los hechos es muy difícil hacerlo.

–De hecho, lo llamó para que le construyera otra de sus casas.

–Sí. Después de la primera experiencia, solía decir que no necesitaba tener esculturas u obras de arte en su casa porque la casa misma era una obra de arte. Luego me llamó para que trabajara en el proyecto y la construcción de su casa de fin de semana en City Bell. El sabía que era mi primera obra arquitectónica, pero se metió en la aventura con total decisión. Se hizo entre 1971 y 1972. La llamamos Casa Azul.

–¿Realmente Romero Brest nunca dudó? Después de todo, estaba poniendo su vivienda en manos de un artista autodidacto, muy joven, de otra generación.

–Pienso que nos unía una enorme capacidad de juego. El decía que nuestra relación era extraña, ya que él era esencialmente teórico y yo, esencialmente práctico. Nos reíamos mucho con él y con Martita, su mujer.

–Algo debía de pasar en esa época. Héctor Olivera lo llamó a usted para sus escenografías.

–Fue en 1967, para la película Psexoanálisis, una sátira a la terapia de grupo. Olivera me pidió cosas concretas. Y yo hice lo que quise: un delirio. Pero él lo aceptó con total libertad. ¡Hasta cambió elementos del guión a partir de la escenografía! Y luego me llamó para Los neuróticos, su segundo film sobre este tema.

–¿Qué otras actividades lo unían a Romero Brest, además de lo profesional?

–No había tema que no compartiera con él y Martita. Nos gustaba mucho la jardinería también. Es que a veces se confunde ser culto con acumular información. Ser culto es ser mejor persona. Si todo lo que uno sabe no lo usa para ser mejor, es sólo una persona informada. Romero era verdaderamente culto. Y tenía un gran humor. Siempre decía: "Si tuviera que escribir un libro sobre mis éxitos y mis fracasos, con los fracasos haría varios volúmenes; con los éxitos, un folletito".

–¿Cree que el espíritu pop continúa vivo?

–Pienso que nada queda estático; todo tiene movimiento. Romero Brest decía algo genial: "Sólo es lo que está en permanente cambio". La cultura pop nos dio la libertad de sacarle el almidón a todos los cuentos. Fue una enorme revolución.

Más datos: www.archivoromerobrest.com.ar

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