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En la dacha de Stalin

Por Alicia Dujovne Ortiz Para LA NACION
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6 de mayo de 2006  

PARIS

Nunca había visto tantos pechos condecorados. La variedad y proliferación de las medallas tenía que ver con la importancia de la celebración. Corría el mes de noviembre de 2005, estábamos en la Isla del Bosque Plateado -un sitio paradisíaco junto a Moscú-, se festejaban los 120 años del establecimiento de relaciones diplomáticas de la Argentina con Rusia, y entre los agregados militares de condecoraciones enceguecedoras había rusos grandes como roperos, caribeños eufóricos, chilenos mesurados y, por supuesto, argentinos preocupados por el éxito del asado: el lugar de reunión era la dacha ofrecida por Stalin a la embajada de nuestro país, dos meses antes de su muerte y en exclusivo homenaje a los ojos de Evita, que había muerto un año atrás.

La historia del encuentro entre Stalin y el entonces embajador argentino, Leopoldo Bravo -encuentro que derivó en la cesión de la dacha-, es poco conocida. El historiador ruso de la Universidad de Toronto, Leonid Maksimenkov, la relata en un artículo publicado en marzo de 2003 por Nezavisimaia Gazeta. La conversación fue transcripta en su momento por el camarada Vishinski, uno de los raros cortesanos de Stalin salvado, por el gong, de terminar en la cárcel de la Lubianka con un balazo en la nuca, seguramente porque a su jefe la muerte lo tomó por sorpresa. Hoy, ese diálogo simple adquiere una relevancia inesperada. A diferencia de Lenin, que durante su enfermedadescribió cartas al Congreso y dictó su célebre Testamento, previniendo contra la brutalidad y grosería de Stalin, éste desapareció de la noche a la mañana sin dejar consignados sus últimos pensamientos.

Desde hace algún tiempo, la apertura de un "fondo Stalin" en el Archivo Ruso Estatal de Historia Política y Social de Moscú (Rgaspi) permite acceder a las conversaciones que Stalin mantuvo con diferentes interlocutores y así reconstituir su ideario, para llamarlo de algún modo. Genio y figura, éste sorprende por el carácter primario que lo caracterizó desde siempre. Durante su primer viaje a la URSS, en 1927, el escritor Henri Barbusse, invitado a participar en los festejos del 10° aniversario de la Revolución Rusa, se asombró de ese lenguaje que, a oídos franceses, sonaba particularmente elemental; hasta que un buen lavado de cerebro lo convenció de que Stalin hablaba así porque se dirigía al pueblo.

Pero ese 7 de febrero de 1953, el viejo dictador no se dirigía a las masas soviéticas, sino al joven enviado del general Perón, que iba a presentarle sus credenciales y a "consolidar las relaciones comerciales entre la Argentina y la Unión Soviética". "Muy bien -se congratuló Stalin con aquel aire bonachón desmentido por la mirada astuta-. A ver: ¿qué podría la Argentina venderle a la URSS?" "Cuero, lanas, aceites y productos agrícolas", fue la esperable respuesta. Tras un nuevo "muy bien" del satisfecho georgiano, el nuevo embajador de nuestro país se lanzó a elogiar "los éxitos extraordinarios que está logrando la URSS en la modernización de su industria". El elogio suscitó una contestación no menos extraordinaria, viniendo de esos labios: "No se puede obligar al pueblo a construir a la fuerza. El mismo pueblo soviético es el que quiere construir, y eso facilita el trabajo de construcción".

Se habló de independencia económica, única vía posible, en opinión de ambos interlocutores, para obtener la independencia a secas; Leopoldo Bravo dijo que Perón había nacionalizado empresas para lograr ese objetivo; los dos abundaron en pullas contra el imperialismo inglés, y Stalin esbozó una teoría que hoy resulta de palpitante actualidad: "Los países latinoamericanos tienen que unirse. Tal vez deban formar algo parecido a los Estados Unidos de América del Sur".

Después, como por asociación libre, el líder preguntó: "¿Cómo es el asunto de la independencia económica en México?" "Creo que México no se desarrolla libremente por su dependencia de los Estados Unidos", respondió Bravo. "Es correcto", dijo Stalin, utilizando la célebre expresión que causó la desgracia de miles de camaradas, acusados de "desviación de la línea correcta".

En realidad, la pregunta se situaba en el centro de sus preocupaciones. En México, el recuerdo del asesinato de Trotski que él había ordenado seguía fresco. Y a principios de los años 50, la URSS había roto sus relaciones diplomáticas con Brasil, Chile, Venezuela y Cuba debido a la imperdonable "falta de respeto" hacia Stalin por parte de la prensa de esos países. Justo en ese momento, llega el embajador argentino encargado de presentar sus parabienes de parte de Perón. No es de extrañar que se lo recibaen forma entusiasta. Volviendo a México, hagamos constar que el concepto de "América latina, un solo país", al que alude Stalin sin poner las comillas, proviene precisamente de León Trotski.

Ya promediando el encuentro, Stalin le pregunta al embajador argentino: "¿Cuál es el idioma oficial de su país? ¿El español?" Y, ante la confirmación de Bravo, desarrolla una larga disquisición sobre los orígenes comunes del español y del caucasiano, hipótesis basada en una doble y elocuente circunstancia, a saber, que un embajador español en Moscú se llamaba Pascua, y que un ex ministro de Relaciones Exteriores argentino se llamaba Bramuglia. "El apellido Pascua es muy popular en el Cáucaso -afirmó Stalin-, y en esa región también hay dos pueblos que se llaman Bramuglia". "Puede ser", respondió impertérrito el embajador, omitiendo aclarar que Bramuglia más proviene de Nápoles que de Tiflis, y acaso recordando que también Perón acostumbraba seducir de la misma manera, inventando ante cada interlocutor un origen común y asegurando a todo vasco o escocés que se le aproximara provenir de una familia de boina o pollerita.

¿Sabía Stalin que la caída de ese gran defensor de la amistad ruso-argentina (la apertura de los archivos soviéticos también ha permitido advertir que el ministro argentino simpatizaba con la URSS) se había debido a Evita?Tanto si lo sabía como si no, Stalin se mostró muy interesado por nuestra señora durante la entrevista con Bravo. Esto no lo cuenta el artículo de Nezavisimaia Gazeta: me lo contó Leopoldo Bravo hijo, actual ministro encargado de la agregaduría financiera de la embajada argentina en Moscú, durante el asado de marras y saboreando un patriótico choricito junto al fogón.

"Mi padre le hablaba a Stalin de Perón y él lo interrumpía: «Sí, sí, bueno, ya sé, pero hábleme de Evita»". Lo bombardeó a preguntas sobre su modo de vida, su coquetería femenina, su relación con el pueblo, su carisma. Llegó a resultar claro queningún otro tema, dentro de los tratados, le interesaba tanto. Confesó que la admiraba. La conversación tomó un tono más íntimo. "¿Y usted cómo se siente en Moscú?", lo interrogó con su fuerte acento georgiano. Llegado a este momento, Bravo padre parece haber perdido toda prudencia. Olvidando que en la URSS no correspondía lamentarse, contestó que se sentía un poco ahogado por la vida en la ciudad. "Voy a ordenar que le den una dacha para uso de su embajada", prometió Stalin, respondiendo a la queja del argentino con lo mejor que en Rusia se concibe para curar todos los males: una tradicional y acogedora casona de campo.

Entonces, cobrando ánimos, el joven embajador abandonó todo resto de cautela y le entregó una solicitud firmada. "El tenía una novia en Bucarest -sonrió su hijo-, pero a la chica le habían negado la visa para viajar aMoscú. «Es una muchacha discreta de una familia pobre, tiene principios democráticos y quiero casarme con ella», alegaba el escrito." Y Stalin, increíblemente, firmó la orden. Bravo no se casó con la rumana, pero ella ganó la partida -suponiendo que el vivir en Moscú por ese entonces haya sido ganancia-. En cambio, poco después de esa conversación histórica, uno de los funcionarios soviéticos que asistieron a la misma cayó en desgracia. Quizá Stalin haya querido borrar a un testigo de su blandura; quizás esa blandura prenunciara su inminente fin.

La dacha es una casona de troncos pintada de verde, construida en 1901 y renovada después de la Segunda Guerra Mundial. El ministro Alejandro Piñeiro Aramburu, enérgico encargado de negocios y excelente anfitrión, me relató sus luchas para protegerla cuando ya todo fue tomando, en la penumbra de noviembre, una tonalidad azul.

"Esta dacha es un símbolo -dijo Piñeiro-. Lo es por la manera en que la Argentina la obtuvo, porque los representantes de todos los países latinoamericanos la consideran su propia casa y se reúnen en ella, y porque, al menos hasta hoy, permanece invicta."

Este carácter invencible está relacionado con las imposiciones de la Rusia actual. Todas las otras dachas de la Isla del Bosque Plateado han sido remodeladas según una estética defensiva grandiosa, basada en los cánones de una suerte de "stalinismo capitalista". Si Stalin hizo levantar siete edificios enormes de estilo "gótico Batman", que los moscovitas llaman "los siete caprichos de Stalin", la Rusia de Putin alza, en el lugar de las humanas casitas de madera, inmensas dachas amuralladas de ladrillo gris.

Las agencias inmobiliarias rodean a nuestra preciosa dachita mostrando los colmillos. Pero ella, entrañable, resiste, verde y pulida, fortalecida por la energía del ministro Piñeiro y de sus colaboradores, que la defienden con valor.

Paradojas de la historia, la secreta pasión de un Stalin senil por una Evita fallecida ha dado por resultado el que la Argentina salvaguarde la única dacha del lugar que conserva su alma. En medio de los búnkeres al gusto de los flamantes oligarcas, sólo ella recuerda los cuentos populares de la Rusia que fue, donde siempre se hablaba de alguna cabaña montada sobre patas de gallina, lista para salir corriendo en caso de peligro.

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