La Filarmónica y un notable flautista

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13 de mayo de 2006  

Concierto de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires , con la dirección de Rossen Milanov y la participación del flautista Claudio Barile. Programa. "Clepsidra", de Mario Lavista; Concierto N° 1 en Sol mayor, para flauta y orquesta, K. 313, de Mozart, y Sinfonía N° 4 en Si bemol mayor, Op. 60, de Beethoven. En el Teatro Colón. Nueva presentación, hoy, a las 20.30.

Nuestra opinión: muy bueno

Gratas sorpresas reservó el último concierto de la Orquesta Filarmónica, con la dirección del búlgaro Rossen Milanov, quien se halla precedido de reconocidos antecedentes como director artístico de la Orquesta de Filadelfia y director musical de la Nueva Orquesta Sinfónica de Sofía, además de galardones otorgados en época reciente en su país de origen. Se trata de una batuta joven, que inyectó su nervio a la orquesta local, con ampulosa marcación, aunque clara y precisa.

Las sorpresas aludidas fueron, en primer término, la ejecución de "Clepsidra", de Mario Lavista, una de las personalidades más importantes de la música mexicana contemporánea, que revistió sumo interés por el tratamiento de la forma, en la que juega un papel preponderante el azar. La calidad de su sonido y la dinámica sonora, fueron rasgos en los que la orquesta y su director se empeñaron a fondo. La obra, de siete minutos de duración, posee sonoridades estáticas y combinaciones tímbricas originales y fue expuesta con pulcritud ejemplar.

La segunda sorpresa de la noche fue en parte previsible por tratarse de un solista de méritos sobresalientes, como Claudio Barile -flautista solista de la Filarmónica-, actuando aquí junto a su orquesta en el Concierto N° 1 en Sol mayor K. 313 de Mozart, el primero de los conciertos que destinó al instrumento, al que en su penúltima ópera atribuyó propiedades "mágicas". De un entramado sonoro camarístico, logrado con preciso equilibrio entre la orquesta y el solista, éste sumó al extraordinario dominio del instrumento, la amplia disponibilidad de medios expresivos que posee. Fluida movilidad y exquisita línea melódica tuvo el allegro maestoso inicial, imbuido de gracia aérea, con una cadenza (compuesta por los flautistas Taffanel y Gaubert en el siglo XIX) plena de cromatismo virtuosístico, en los que el intérprete se manejó con gran solvencia. El adagio central tuvo insertas en su persuasivo discurso frases de extraordinaria dulzura expresiva y serena nostalgia, y el rondó final (tempo di minuetto), temas de chispeante brillo. En estos últimos movimientos las cadenzas fueron compuestas por Jean-Pierre Rampal.

Casi hipnótico

La página que Barile añadió fuera de programa por los aplausos recibidos fue "Flames must not encircle sides", del norteamericano Robert Dick, pieza plena de sugestión que merecería volver a escucharse por la calidad de su sonido -de efecto casi hipnótico- logrado por la particular manera de hacer circular la corriente de aire mediante el soplido aplicado a la embocadura del instrumento.

Gran brillo alcanzó la versión ofrecida por la orquesta dirigida por Milanov, en la Cuarta sinfonía Op. 60 de Beethoven. El brío y los acusados contrastes que la partitura encierra fueron desplegadas gracias a los rápidos reflejos y la claridad de conceptos musicales que se emitieron desde el podio.

La minuciosa observación de los tempi fue una preocupación ostensible de Milanov desde la introducción lenta, casi sombría y misteriosa, del adagio. Un pulcro pizzicato de las cuerdas dio preciso perfil y carácter al movimiento que siguió, en un primer contraste signado por el notorio brío que exhibió la batuta; ello iba a resurgir en el allegro vivace, con nítidos acentos y vigorosos contrastes y un sostenido ritmo que motorizó a la orquesta con enérgicas líneas expositivas.

El adagio precedente, había alcanzado momentos de honda belleza sostenido por el latido rítmico, sobre el que se alzó la melodía que transmitió intenso lirismo; y el allegro ma non troppo final, tuvo buena definición en sus rápidas figuraciones a las que el excelente desempeño de los chelos y timbales dieron un carácter de culminación apoteótica.

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