Pinturas underground

En los túneles del subte hay una galería de arte casi infinita por descubrir. Un paseo por la ciudad subterránea depara sorpresas e invita a cambiar de mirada.
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13 de noviembre de 1997  

Aunque estemos apurados o pensando en el trabajo, los murales del subte nos ofrecen siempre un respiro y la posibilidad de gozar.

El arte y el subte siempre hicieron buena dupla. En la larga historia de esta fórmula hay lugar para artistas de aquí y de allá, y por supuesto para muchos argentinos. Algunos trabajaron y siguen trabajando en Buenos Aires, pero están también los que se animaron a cruzar la frontera. Es el caso de Josefina Robirosa, autora del mural -en tela- de la estación República Argentina en el métro parisiense, o de Liliana Porter, que hizo su parte en el subway de Manhattan.

A la inversa, varios extranjeros dejaron su huella en Buenos Aires. En primer lugar, Ignacio de Zuloaga, el pintor vasco que compartió con Joaquín Sorolla una misma época y celebridad. Y entre los no españoles, dos que se radicaron finalmente en estos pagos: la francesa Léonie Matthis de Villar, y Otto Durá, pintor y dibujante de origen vienés.

Todos estos artistas buscaron hacer del subte un espacio más humano a través de la belleza. Pero otros lo toman también de blanco para ironizar sobre la vida contemporánea. En la última edición de Documenta -esa megaexposición que cada cinco años convierte a la ciudad de Kassel en una vitrina del arte contemporáneo-, el alemán Martin Kippenberger (1953-1997) dejó el tercer y último hito de una gran instalación universal. En los márgenes del río Fulda, abundantes en árboles y césped, armó una entrada de subte que, obviamente, no llevaba a ningún lado. Lo mismo había hecho en la paradisíaca isla de Skyros, en Grecia, y en una ciudad canadiense, estableciendo una red imaginaria tan exótica como absurda. El alemán apuntaba todos sus dardos contra los efectos negativos de la globalización, que en lugar de comunicar, muchas veces incomunica.

Butler y Quinquela

Para el que nunca pisó la estación Plaza Italia, hay más de una sorpresa al acecho. Al llegar al pie de la escalera mecánica que desemboca en los andenes, el ajetreado pasajero se encontrará de repente con un mural de cemento policromado sobre el suelo. Y al darse vuelta, en la luneta que se levanta por encima de la escalera, descubrirá, sin duda asombrado, otro mural. La obra que reposa sobre el suelo, fechada en 1939, lleva la firma de Benito Quinquela Martín y representa una descarga en el puerto. Una grúa transporta desde la bodega del barco hasta la banquina un vagón de subte, amarillo y azul como los que perduran, bamboleantes, en la línea A. Y en la luneta se despliega un paisaje serrano, obra del fraile cordobés Guillermo Butler. Como en un juego de espejos, en la otra punta de la estación, con motivos similares, el cuadro se repite.

En los vestíbulos -como si fuera poco- la Basílica del Pilar también tiene su recreación cerámica, esta vez por obra del andaluz José Millé.

En casi todas las estaciones hay algo para ver: obras de principios de los 90 en la línea B, y de la década del 30 en las líneas C, D y E. Distintos estilos, distintas visiones y un mismo espíritu: engalanar la ciudad subterránea con una jugosa variedad de paisajes, personas y colores.

El subte de los españoles

Así bautizaron a la línea C desde los comienzos, cuando la concesionaria Chadopyf -Compañía Hispano Argentina de Obras Públicas y Finanzas- decidió cubrir las paredes con retazos de España. Desde Lavalle hasta San Juan, paisajes de casi todas las provincias ibéricas quedaron eternizados en la cerámica, gracias al trabajo minucioso del arquitecto Martín Noel -autor del hoy Museo Fernández Blanco, donde vivía- y Manuel Escasany. Una excepción, sin embargo, es el impactante mural del acueducto de Segovia, en la estación Avenida de Mayo, obra de Zuloaga.

Esta línea cuenta con el agregado de las cerámicas moriscas, que no sólo engalanan los túneles. También pueden convertirse en una guía eficaz para saber, dentro de ese laberinto que forma el cruce de las estaciones Diagonal Norte, 9 de Julio y Carlos Pellegrini, por dónde tomar el subte de los españoles.

Barcelona, con el parque Güell, la iglesia gaudiana de la Sagrada Familia y el paseo de La Rambla; la Giralda sevillana y el asturiano santuario de Covadonga, donde comenzó la reconquista, todos estos rincones dieron pie a una anécdota típica de Ramón Gómez de la Serna. El escritor, que estuvo una larga temporada en Buenos Aires, anunció un día, preso de un rapto de nostalgia: "Ahora mismo me voy a mi tierra". Pero en lugar de embarcarse hacia Europa, bajó al subte para recorrer entera la ruta de los españoles.

No debió haber llegado, sin embargo, hasta el mural de Almería, apartado como está de la ruta en su escondite de la estación Palermo.

Con A de añoranza

La línea A fue la primera red de vías tendida en los subsuelos de la ciudad. El tramo inicial, entre Plaza de Mayo y plaza Once, se inauguró el 1° de diciembre de 1913, cuando el subte era una rareza para la mayoría de las ciudades del mundo.

Aunque ya no puede gloriarse de sus murales -los tuvo, pero una o varias manos hábiles se encargaron de hacerlos desaparecer- esta línea guarda el encanto de los viejos tiempos. A fines de los 80, la estación Perú recobró su vida original con decenas de reproducciones en óleo de carteles publicitarios de principios de siglo. Así es que, 80 años más tarde, uno puede tentarse todavía con los finos muebles de la casa Thompson -ubicada entonces junto a la tienda Harrods, en la entrada por San Martín- o con añejas versiones de tres hiperclásicos: la ginebra Bols, el aperitivo Hesperidina y los bizcochos Canale.

La vuelta al país en ochenta minutos

Para el que quiera volver a las raíces, nada mejor que seguir el ejemplo del autor de las Greguerías y bajar a las entrañas de la tierra. Las líneas D y E rivalizan con la C en su despliegue de paisajes e historias argentinos, desde las cataratas del Iguazú y el lago Argentino -ambos de Otto Durá, en la estación San José-, hasta la visión alucinada y futurista de Buenos Aires según los ojos del porteño Rodolfo Franco. Con este mural, el artista revela una ciudad cercana a la Chicago de los gangsters, sobre todo en el extremo izquierdo, donde se asoma desde el aire a dos bocacalles con autos de época y edificios que aún hoy nos parecen modernos.

Desde esa Buenos Aires de 1939 arranca un viaje al pasado que concluye en la misma estación, pero del otro lado de las vías. El trazado mural de la línea D sigue los pasos de Concolorcorvo, un ocurrente literato cuzqueño que escribe en 1773 El lazarillo de ciegos caminantes. Calixto Carlos Bustamante -tal el nombre castellano del inca- se sienta a narrar el viaje que, como acompañante de don Alonso Carrió de la Vandera, comisionado de la corte española, había cumplido entre Buenos Aires y el Cuzco. Con el tiempo, el tramo que une las estaciones Catedral y Scalabrini Ortiz vino a recordar los principales eslabones de esas memorias, desde San José de Flores hasta el Altiplano.

Un lugar para detenerse especialmente es la estación Bulnes, con su mural sobre las "Leyendas del país de la selva", del rosarino Alfredo Guido. Desde los mosaicos acechan las figuras trágicas o malditas de la mitología indígena. Desde allí el toro Súpay, como hizo Satán con el Doctor Fausto, compra las almas de los hombres codiciosos.

A cada uno lo suyo

En la línea E, los murales hacen honor a los nombres de las estaciones. Y aunque parezca mentira, el autor de los grandes momentos épicos -la entrada triunfal del general Urquiza en Buenos Aires o la batalla de Caseros, ambas en la estación Urquiza- es una dama: Léonie Matthis. La artista, junto a su marido hispano-argentino Francisco Villar, vino a probar suerte al Río de la Plata, y aquí se quedó en 1912. Estos imponentes murales, al igual que las vistas de las misiones jesuíticas que realizó en los vestíbulos de la estación Plaza Italia, son una prueba incontrastable de que la mujer también puede escribir poemas épicos.

El español Alejandro Sirio hizo lo propio con los gauchos del general Güemes en los murales de la estación Jujuy. Allí también, con su trazo de delicado dibujante, estampó las riquezas de la provincia norteña. En las primeras décadas del siglo, Sirio trabajó para la revista Caras y Caretas, e ilustró para La Nacion sus páginas más brillantes.

En las lunetas de la estación Boedo, en cambio, la guerra se transforma en una tranquila estampa del Boedo de mediados del siglo XIX, cuando las calles de tierra separaban quintas y pulperías. Ese ámbito, con sus carretas, gauchos, ranchos y casas bajas, quedó bien reflejado en el arte de Alfredo Guido.

Lo que vendrá

Metrovías -actual concesionaria del subte- planea colocar veinte nuevos murales en los próximos doce meses. El proyecto, sin embargo, todavía tiene que discutirse con Sbase -Subterráneos de Buenos Aires Sociedad del Estado- la empresa propietaria. El plan comenzaría saldando una deuda de larga data con la línea C, y las tres estaciones que quedaron fuera del subte de los españoles recibirían el sello de grandes artistas argentinos. En Retiro tal vez se lleven a la cerámica obras de Antonio Berni, y Andrés Compagnucci -un joven artista platense- dejaría instaladas para siempre algunas de sus visiones hiperrealistas de personajes de historieta. Para Constitución se pensó en Florencio Molina Campos y Fernando Allievi, y para la estación San Martín, en Luis Benedit y Cándido López, el gran pintor de la guerra del Paraguay.

Solitaria y tanguera, la estación Carlos Gardel (línea B) añadiría al retrato del Zorzal Criollo hecho por León Untroib, un par de obras de Carlos Páez Vilaró, uruguayo que quiere hacer su propio homenaje a la canción porteña.

Sea como fuere, los murales ya existentes parecen reclamarnos algo más de tiempo. Desde su silenciosa quietud, nos aseguran que es posible afinar cada vez más la capacidad contemplativa. Como la lechuza griega, cuyos inmensos ojos siempre atentos la convirtieron en símbolo de la sabiduría.

Eso que todos deseamos

Cierto verano, a principios de los 90, una veintena de artistas convocados por Sbase se juntaron en el Centro Cultural Recoleta para crear los futuros murales de la línea B. Entre el calor de enero y el de los hornos donde se cuecen colores y formas, los artistas aprendieron distintas técnicas murales bajo la guía celosa de un empleado de la Casa del Ceramista. Marcia Schvartz eligió el esmalte sintético para hacer un díptico lleno de ironía y ternura a la vez: en el costado izquierdo, un viejito y su mujer viajando en subte; en el derecho, una negra escultural bañándose en el río. La intención de Marcia era "darle al pobre laburante un momento de solaz".

El mayor escollo que tuvo que sortear, al igual que el resto de la compañía -Juan José Cambre, Margarita Paksa y Clorindo Testa, entre otros- fue el adaptarse a las distorsiones de color y hasta de dibujo con las que el horno se encapricha.

Marcia llegó al Recoleta con unos bocetos en lápiz sobre papel, y el trabajo allí consistió en ensayar hasta que surgiera la paleta definitiva.

Esta primera experiencia le resultó tan fascinante que ahora se dedica a estudiar cerámica en la Escuela de Bellas Artes.

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