Kagel deslumbró en Noruega

El músico argentino, residente en Alemania, mostró su originalidad y trascendencia
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4 de junio de 2006  

BERGEN, Noruega.- Transcurrida la primera semana, la adhesión y el consenso muy amplios habían dado la razón a la dirección del Festival Musical de Bergen en su decisión de apostar por la variedad y la amplitud de criterios en el momento de la programación. Pero aún faltaba una prueba final, ciertamente, la más disonante, en el más literal y musical de los términos: el concierto íntegramente conformado por obras de Mauricio Kagel, un compositor que, en estas nórdicas tierras, es también una verdadera celebridad. Su tiempo de estada en Noruega fue el necesario para ensayar duramente a lo largo de dos días, participar en el recital y marcharse. Sin embargo, su presencia fue destacada largamente en los medios gráficos y audiovisuales. Tal vez exactamente lo que suceda el mes que viene en Buenos Aires, cuando esté de cuerpo presente para asistir y dirigir en los conciertos que el Teatro Colón organiza en su homenaje, en lo que promete y debería ser uno de los puntos más destacados de esta temporada 2006. Pero ¿a quién se le ocurriría poner esa música vanguardista en el medio de un festival de verano? Pues a los mismos que decidieron que su músico residente fuera un bandoneonista. Y fue una jugada exitosa. El "Huracán Mauricio" pasó como una tromba por Bergen y, a pura fantasía y con unas interpretaciones musicales perfectas, dejó todas las puertas abiertas.

Gestos de bandoneón

El concierto en el Teatro Logen se abrió con las únicas piezas de la amplísima producción de Kagel que requieren un bandoneón. La primera de ellas, decididamente endiablada en su ejecución, fue "Pandorasbox", una pieza para bandoneón solo, de 1960, y que es parte del reconocido teatro instrumental del compositor. Per Arne Glorvigen dejó de lado la sonrisa que porta naturalmente cuando entra en el escenario y, con una cara que fluctuaba entre la inexpresividad gloriosa de Buster Keaton y la del más puro terror, comenzó a sacar sonidos tétricos de su caja de Pandora. Sentado en una silla giratoria, tornaba para uno u otro lado en rotaciones de diferente alcance, siempre tocando el bandoneón y profiriendo, eventualmente, silbidos, chistidos y los más diferentes sonidos, cantos y gritos. Superado el impacto de las dudas iniciales, comenzaron a aparecer las risas, la comprensión del absurdo. Los aplausos coronaron una actuación teatral y musical brillante por parte de Glorvigen.

La gran sorpresa fue que en "Tango alemán", una pieza para canto, bandoneón, violín y piano, la parte vocal fue asumida por el mismo Kagel, encarnando a un antiguo y sufrido compadrito con funyi y lengue. La pieza, de 1978, resume todos los gestos de un melodrama tanguero sin apelar a ningún texto discernible y dentro del cual se filtran algunos vocablos apenas comprensibles en castellano y en alemán, y muy cargados de significados, como Malena, María o mía. Los instrumentos presentan, de manera aislada, típicas figuras del tango. El collage se completa con un canto que es un auténtico, y estereotipado, lamento tanguero con sus más íntimas gestualidades. Por lo demás, Kagel utiliza su voz con una soltura llamativa y construye una característica tragedia con declamaciones, recitados, llantos, imprecaciones y ruegos, menester es decirlo, con mucho más sabor a Pompeya que al Rín, un tango porteño, transformado y reelaborado, según Kagel, a partir de sus gestos expresivos.

"Ludwig van", que llegó a continuación, es una partitura para ensamble que contó con Kagel ahora como director y el notable conjunto MusikFabrik de Köln. Escrita en 1970, al cumplirse el bicentenario del nacimiento de Beethoven, la obra ronda, con humor creciente, sobre figuras beethovenianas, descontextualizadas y transfiguradas hasta constituir una certera pieza kageliana. Transcurriendo lo que sería la mitad del recorrido, se define una tonalidad aunque nunca se alcanza la conclusión. Preparada la cadencia final, infinitas veces, nunca se llega al acorde salvador, aquel que debería dar el reposo. Armónicamente hablando, una eterna dominante sin resolución, al igual que el nombre de la obra carente de apellido. Más allá de estas definiciones técnicas un tanto crípticas, en vivo, la situación de prefinal que nunca alcanza su desenlace es claramente percibida por el público, que acompaña con risas la interminable acumulación de tensiones sin descarga. Por supuesto, la pieza se resuelve del modo menos esperado.

Sin que se registraran vacíos en las butacas, la segunda parte estuvo dedicada a "Norte" y "Oeste", los dos movimientos finales de "La rosa de los vientos", un ciclo en ocho capítulos, escritos entre 1988 y 1994, que plantea nuevas definiciones sonoras, simbólicas o concretas, de diferentes puntos cardinales, según cuál sea la posición del observador. Así, el Oeste, visto desde Alemania, implica tanto manifestaciones y gestos del jazz como de pasajes de "La consagración de la primavera", de Stravinsky. Precisamente, "La rosa de los vientos", formará parte del homenaje a Mauricio Kagel que se le brindará en julio en el Teatro Colón. No estaría nada mal que así como sucedió en Bergen, a Mauricio se lo esperara con expectativa. Y, mucho mejor, que, luego de cada concierto, se lo despidiera con la misma ovación, o mayor aún, que los noruegos, admirados y sorprendidos por tanta música y tanto arte, le tributaron a uno de los compositores más originales y trascendentes de las últimas décadas.

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