“No fue difícil convencer a Piazzolla”

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11 de junio de 2006  

Hace 40 años se produjo una experiencia única en América latina: la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Buenos Aires ordenó la liquidación del mercado de arte de la Recoleta. Las autoridades del gobierno de facto argumentaban que necesitaban el espacio donde se alojaba el mercado –en tranvías en desuso– para mejorar el estacionamiento en la zona. "Era la muerte de un sueño, porque fui la autora de la idea de rescatar los tranvías y reciclarlos. Mi marido, el arquitecto Guillermo Linares, era director de Acción Cultural de la Municipalidad y juntos compartíamos proyectos sobre la mejor manera de acercar el arte a la gente y devolverles lo que pagaban en impuestos", explica Victoria Vicky Linares, pintora, profesora de dibujo y escenógrafa.

Uno de los proyectos de Guillermo Linares fue la creación de los teatros de verano que se iniciaron con la carpa de Plaza Miserere, en Once; el del puente viejo, en La Boca; el Teatro del Caminito; los museos Larreta y Fernández Blanco, y el del Jardín Botánico.

–¿Cuándo aparecieron los tranvías?

–Cuando se estaba por inaugurar el Teatro del Puente, o del Riachuelo, en Almirante Brown y Pedro de Mendoza, en el puente viejo que estaba abandonado desde 1939. La obra se llamaba Julio Riestra ha muerto, de Luisa Mercedes Levinson, y yo era la escenógrafa. Pero los actores protestaron porque decían que no tenían dónde cambiarse y allí se me ocurrió la idea de los tranvías. Rescaté dos de un corralón y los acondicionamos, pero entonces se desató otro conflicto: el de los vendedores de trozos de sandías.

–¿Vendedores de sandías?

–Alegaban que los tranvías iban a ocupar una parte importante del espacio que utilizaban para instalar sus mesas.

–¿Cómo lo arreglaron?

–El puente estaba bordeado por guirnaldas con lámparas de colores, entonces se nos ocurrió prolongar las guirnaldas para que iluminaran también el sector de los vendedores de sandías. Eso les encantó, porque la luz mejoraba notablemente el aspecto del lugar; incluso pusieron manteles en las mesas. Cuando todo parecía en paz, los actores decidieron que, como habían descubierto que podían cambiarse mucho mejor detrás del escenario, los vestuarios de los tranvías ya no les hacían falta.

–¿Qué hicieron?

–Se me ocurrió otra idea: transformarlos en galería de arte. Era una buena manera de acercar la cultura a la gente y se integraba perfectamente con el espíritu del Teatro del Puente. Benito Quinquela Martín nos pintó los tranvías de verde. Las ventajas eran evidentes: establecimos horarios que permitían que la gente al salir de su trabajo pudiera visitarlas. Cuando las otras galerías cerraban a las 7 de la tarde, la de Acción Cultural cerraba mucho después. No había marchands ni ningún otro tipo de intermediario, por lo que el costo de una obra se reducía en casi un 50 por ciento. A los artistas les interesaba participar en la experiencia: en uno de los tranvías, Juan Batlle Planas exponía los originales de su obra San Telmo, y en el otro, Víctor Marchese mostraba tallas en madera. Fue un éxito.

–¿Cómo sigue la historia?

–Sigue en la Recoleta, Junín 1900, frente a la iglesia del Pilar y el asilo de ancianos. Donde se nos ocurrió instalar cuatro tranvías y crear un mercado de arte con características parecidas al de La Boca. Estaban colocados formando una U y en el espacio intermedio instalamos un escenario donde se hacía teatro, también conciertos y donde actuó el quinteto de Astor Piazzolla. Fui nombrada directora del emprendimiento y una de mis primeras gestiones fue atender la queja de que hacíamos mucho ruido y eso afectaba el sueño de los ancianos del asilo; lo que no era cierto, como logré demostrar. En el discurso inaugural, Guillermo explicó que el mercado de arte no competía con las galerías, sino que creaba otra alternativa para acercar el arte al público. Se ofrecían carpetas con serigrafías de grandes artistas a precios accesibles, que se presentaban simultáneamente con la exposición de los originales. Nadie ponía un peso, incluso nos encargábamos de editar los catálogos y enviar información a los medios.

–¿Fue difícil convencer a Piazzolla?

–No, no fue difícil convencer a Piazzolla. Le gustó mucho la idea, pero con una condición: que hubiera un silencio absoluto. Me corrió un frío por la espalda, pero sonreí y le aseguré que no habría problemas.

–¿Y?

–¡Como en misa! No volaba una mosca. Fue una gran noche.

–¿Cuándo terminó la experiencia?

–Al año siguiente, cuando al nuevo intendente se le ocurrió mandar las topadoras para mejorar el estacionamiento. Nosotros ya no estábamos, pero hubo protestas, como la carta de Ernesto Sábato al diario Clarín donde, después de decir que le parecía un milagro que a funcionarios municipales se les hubiera ocurrido algo tan lindo, tan humildemente hermoso y comunitario como el mercado de arte, revelaba su sorpresa ante el proyecto de destruirlo, porque jamás había encontrado dificultades para estacionar en esa zona y porque la supresión de dos tranvías apenas permitiría estacionar tres automóviles. Que con ese criterio habría que arrasar parques y plazas de Buenos Aires; comenzando, naturalmente, con la Plaza de Mayo. Pero no hubo caso.

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