Los tríos de Mozart, en encomiable versión

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12 de junio de 2006  

Concierto inicial de la décima temporada de Ars Nobilis , con la participación del Trío Clásico de Buenos Aires, integrado por Cristina Filoso (piano), Oleg Pichénin (violín) y Carlos Nozzi (violonchelo). Programa: Trío en Si bemol mayor K. 254; Trío en Do mayor K. 548, y Trío en Si bemol mayor K. 502, de W. A. Mozart. En el Auditorio Ameghino.

Nuestra opinión: muy bueno .

Indudable interés tiene la tarea acometida por el Trío Clásico de Buenos Aires al ofrecer, al comienzo de esta nueva temporada de Ars Nobilis, la serie de los seis tríos que Mozart dedicó a la agrupación de violín, violonchelo y piano. Resulta igualmente interesante consignar aquí la observación efectuada por una asistente al finalizar el concierto, cuando señaló que con la audición ofrecida quedaba holgadamente superado el prejuicio -expresado ocasionalmente al entrar por un asistente- de suponer que podría carecer de interés un programa con obras de un mismo compositor. Sin duda alguna, el numeroso público que asistió a esta primera sesión mozartiana dio un rotundo mentís a esa suposición, con una calurosa aprobación al término de cada obra.

El Trío Clásico que integran la pianista Filoso, el violinista Pichénin y el chelista Nozzi ofreció no sólo una muestra de cabal profesionalismo; demostró, además, que al abordar obras como las escuchadas sabe adentrarse con ponderable ajuste en un lenguaje que no siempre es tan complaciente como lo exigían las convenciones estéticas y sociales de la época en que fueron escritas. En el Trío en Si bemol K. 254, creación temprana de Mozart -asimilada más bien a un divertimento -, el piano tiene el carácter dominante, amplio en su despliegue sonoro inicial que su autor le dio en sus primeras obras con instrumentos de cuerdas; el violín es obligado, y el chelo secunda ocasionalmente a ambos. No obstante, en el Andante que siguió la hondura sonora que Nozzi imprimió a su chelo, se sumó al fraseo de un violín siempre expresivo. La calidad sonora del conjunto camarístico depende de los instrumentos que lo componen, y el timbre del violín no debería haber sido aquí una excepción. En el Rondó final en tempo di menuetto , el ensamble del grupo tuvo oportunidad de lucirse con una línea melódica violinística bien sostenida, por las escasas notas del chelo y el ajustado y enfático sostén rítmico del piano.

Estas virtudes del ensamble instrumental fueron llevadas por el conjunto a un plano de mayor equilibrio clásico en el siguiente Trío en Do mayor K. 548, compuesto ya en la plenitud de la maestría de Mozart, notorio por la perfección de la forma y la mayor densidad y definición sonoras que aparecen ya en el Allegro inicial, con los cambios expresivos y dinámicos en su segundo tema. El fraseo, registrando rápidas transiciones emocionales, llegó aquí a un ponderable grado de sutil identificación con el espíritu mozartiano, especialmente en lo que al piano concierne. El Andante tuvo momentos conmovedores en los que pudo advertirse un tenue carácter religioso en la melodía, y el Allegro final , una gracia fresca y espontánea aun en la alternancia de modos mayor y menor, de elaborada ambigüedad expresiva.

Si bien pudo observarse un encomiable grado de ajuste en el grupo instrumental, en éste y el siguiente Trío en Si bemol Mayor K. 502, una de las más importantes que Mozart compuso para esa formación, pudo advertirse, empero, cierto grado de desequilibrio sonoro, como ocurrió con el mayor papel que Mozart atribuyó al piano en los primeros tríos y sonatas para piano y cuerdas que compuso. Ello no impidió que en esta última obra aflorase el genuino espíritu camarístico que anima a los componentes del Trío Clásico, apreciable en cada movimiento de la obra, y especialmente en el expresivo Larghetto con una línea melódica que cada músico supo expresar magistralmente.

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