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Sí al realismo, pero con humor

El circuito off busca acercarse al público
Pablo Gorlero
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19 de junio de 2006  

El teatro alternativo de la segunda mitad de los años 90 se caracterizó por la ruptura, y hasta por un desarrollo críptico venerado por críticos, investigadores y público. El movimiento no fue fútil: por el contrario, desplegó estéticas, tendencias y lenguajes tan variados como atractivos y complicados a la vez. Era el reinado de lo abstracto. Y -¿por qué no decirlo?- era hasta una moda y dejaba bien parados a muchos decir que eran seguidores de tal o cual grupo críptico y que, encima, se lo entendía. Ya se había soportado mucho realismo y ellos eran sus grandes detractores.

Había y hay mucho por explorar. Pero las fórmulas se fueron repitiendo, engolosinando y fagocitándose en algún punto. El año pasado, el circuito teatral alternativo dejó en claro que las preferencias del público -y, por qué no, últimamente, de los teatristas- es dejar un poco a un lado esa mirada abstracta para experimentar sobre el humor, un expresionismo más simple, e incluso el realismo o el costumbrismo.

De todas las obras que se estrenaron el año pasado en el under porteño, si uno se dejara llevar por los premios, los comentarios en el ambiente artístico, entre la crítica, pero sobre todo, entre el público, podría aventurarse a afirmar que "La omisión de la familia Coleman", "No me dejes así" y "Hotel melancólico" fueron tres de las de mayor aceptación. Continúan en cartel y hay que reservar localidades con algunas semanas de antelación como para no quedarse afuera. Son éxitos indiscutidos en Timbre 4, El Piccolino y La Carbonera, respectivamente.

"Todo bien con el teatro más críptico porque cada uno tiene su búsqueda, pero no está bueno que el teatro sea hermético. Está bueno que llegue a la gente y que esta gente se vea identificada sin quedarse afuera. No me gusta cuando el espectador se pregunta qué quisieron decir con el 99 por ciento de la obra. La mujer perro de mi obra no es lo mismo para todos. Pero se entiende el código de lo que eso es. Me interesa que el teatro sea más tangible, más accesible", reflexiona Mariela Asensio, directora y autora de "Hotel melancólico", que ya lleva más de un año en cartel y tuvo críticas brillantes. "Pero esto no implica que a mí no me guste lo otro como espectadora. El Periférico de Objetos era críptico y a mí me abrió la cabeza", agrega.

Su obra está ambientada en una pensión, con personajes sencillos que representan de modo realista y también con cachetazos surrealistas e ilustra momentos. "Hacía tiempo que tenía ganas de trabajar con un espectáculo que incluyera lo sonoro con lo musical, pero algo muy simple, no virtuoso. Esta idea de lo simple se potenció con que algo que pareciera ser patético pueda ser bello", explica Asensio, quien acaba de volver de dirigir "Mamó", de Valeria Alonso, en Madrid.

Conexión con el espectador

Por su parte, Enrique Federman conoce el off desde que comenzó a moverse en la actuación, por los años 80, principalmente con sus rutinas de clown que incluso lo llevaron a transitar distintos escenarios internacionales. Definitivamente anclado en Buenos Aires, viene dirigiendo espectáculos de otros autores con éxito, como "Pará, fanático"; "Dr. Peuser", "Cosas de payasos" y "Hasta que me llames". Pero el trabajo que hizo en conjunto con sus actores en "Perras" hizo que su nombre llamara la atención en algunos círculos más "intelectuales".

El año pasado, con el mismo grupo integrado por Claudio Martínez Vel y Néstor Caniglia, a quienes se sumaron Eugenia Guerty y César Bordón, estrenaron un trabajo propio: "No me dejes así". Una pieza accesible, con una impronta que la destaca del resto y que hoy trabaja a sala llena desde hace diez meses.

"Antes, el off estaba más cerrado a cierta gente más del palo y las obras eran más "raras". Supongo que este viraje del teatro alternativo se debe no sólo a los que hacemos, sino al público. No sé cuál es la razón. Siempre lo que hice fue para público abierto, así que no me involucro en un cambio. Pero reconozco que antes la producción era más retorcida, para un público más intelectualoso o más del palo de los estudiantes de teatro", explica el director.

"Todos estos movimientos se dan por reacción. Después de la vuelta a la democracia, hubo una reacción de ir hacia un teatro mucho más intelectual, cerrado y metafórico. En mi caso, consciente o inconscientemente, no es algo buscado. Hay una reacción de ir hacia un teatro no pedagógico ni críptico, sino a un teatro donde uno pueda conectarse con el espectador desde los sentidos: desde lo intelectual, pero también desde lo emocional", agrega Claudio Tolcachir, autor y director de "La omisión de la familia Coleman", otro éxito de esta última temporada. Anteriormente, tuvo tres años en cartel "Jamón del diablo", una versión propia de "300 millones", de Roberto Arlt. Además, trabaja como actor en "¿Quién le teme a Virgina Woolf?" y "Un hombre que se ahoga".

Cosa de actores

Los tres directores reconocen el trabajo del otro y muchos puntos en común, además de admiración y camaradería. "Creo que entre las coincidencias entre el trabajo de Enrique, Mariela y el mío es que hay mucho amor por los actores. Nuestro punto de partida son ellos. Hay otros códigos donde los actores no son no tan esenciales y es como si el director estuviera por encima del lugar del actor. Para nosotros están en el primer plano. Construimos obras para esos actores y a partir de ellos. A través del actor, nos sale contar emociones, situaciones e historias", explica Tolcachir, quien fue armando su obra a partir del trabajo de improvisación y una dramaturgia paralela.

Mariela Asensio hizo algo similar de dirección y escritura con su obra: "El encuentro con los actores enriqueció y potenció mucho más la idea. Ahí comenzó la verdadera dramaturgia. Lo anterior es un orden, un boceto. Cuando me puse a ensayar, todo adquirió dimensión".

El humor es un ingrediente vital en estas piezas, así como en "Bésame mucho", "Nunca estuviste tan adorable" y "¿Estás ahí?", de Javier Daulte; o "El pánico" y "La estupidez", de Rafael Spregelburd, o los trabajos de José María Muscari. "Un punto en común es el humor en lo dramático. La mirada cínica sobre el humor negro. No tengo otra forma de poder ver la realidad y creo que coincidimos porque es una cuestión generacional. Tiene que ver con el ímpetu de cambiar la realidad. Esto es la realidad y es un horror. No veo que vaya a cambiar: hagámonos cargo", dice Tolcachir. "También nos parecemos en nuestra economía de recursos: escenográfica, de luces, de actuación, de puesta... Pero economía en el buen sentido. Esto de que le pasa a la gente de carne y hueso. Ves los Coleman y te preguntás: «¿Son de verdad?». Sí, y hay peores todavía. Ves «No me dejes así» y decís: «¿Estos tipos son capaces de hacer eso?». Sí, son capaces, y más", agrega Federman.

Ninguno de los tres es asiduo visitante de festivales internacionales y se desloman cada vez que tienen que conseguir un subsidio. Lograron el reconocimiento y el éxito casi silenciosamente, a pesar de sus sólidas trayectorias. "Percibo como cierta humildad nuestra en el mejor de los sentidos, en la forma de plantear el trabajo. No pretendemos cambiar el teatro. Hacemos lo que tenemos ganas de hacer y que pase lo que pase", dice Tolcachir. "Siempre hubo cosas muy buenas y «grosas», pero también se envician. Me parece que esto es una consecuencia y no fruto de un salto repentino. Tengo muy en claro que mañana estreno otra cosa y voy a tener que remar como el primer día. Lo tengo clarísimo", agrega Federman. Y los tres coinciden. Mientras tanto, hacen, trabajan y no se preocupan por estas conjeturas y tendencias que tratamos de analizar los periodistas y críticos.

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