Lo que quedó de los antiguos quilmes

Vuelta por uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del país
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25 de junio de 2006  

RUINAS DE QUILMES.- Si uno lee sobre las ruinas de Quilmes en una guía turística sabrá que allí vivieron -y resistieron la ocupación española- los indios quilmes. Que son ruinas restauradas, que hay un museo, que están a 180 kilómetros de Tucumán y a cinco por camino de ripio de la ruta nacional 40.

Si uno lo escucha a Miguel Mamaní, poblador y guía de Quilmes ("Allá, pasando ese cerro vivo yo, ¿lo ve? No el alto, sino el otro"), la historia será menos rigurosa, pero más casera.

La tarde está espesa y el cielo, cargado de tormenta. Bajo esta luz extraña, las pircas de piedra se ven más blancas. Como es día de semana el lugar está casi vacío: sólo hay dos grupos de turistas con abrigos de todos colores y un guía. Un hombre de la zona, descendiente de indígenas, como Mamaní.

"Yo soy un coya de acá, que crió cabras toda su vida. Tengo diez hijos y atendí a mi mujer con cada uno. Mi padre me enseñó, él era médico campesino, traía un poder que había nacido con él", dice y cuando le parece que habló mucho de él mismo, vuelve a las ruinas: "Las partes que vea más negras son las originales, lo nuevo es claro".

Mamaní tiene la voz gruesa y monocorde. Mientras habla camina entre morteros públicos, algunos de fricción, para moler el grano grande, y otros de vaivén, para hacer harina. Muy cerca están las casas comunes, que antiguamente tenían techos de cardón y ramas de algarrobo. También hay sitios para almacenamiento de granos y un poco más arriba, las tumbas, con espacio para el ajuar funerario.

Los quilmes son los mismos de la localidad de Buenos Aires. El nombre es un homenaje a estos guerreros que llegaron hasta el conurbano, presos, abatidos y, según se cuenta, caminando desde Tucumán. Llegaron es una forma de decir porque la mayoría murió en el camino.

"Ellos fueron un pueblo combativo que resistió hasta el final. Se quedaron en su lugar hasta que los españoles los sitiaron, les cortaron el agua y los tomaron presos", dice Mamaní y sigue subiendo sin que se le corte el aliento a pesar de los casi 2000 metros de altura.

Las ruinas de Quilmes están a los pies del cerro Alto del Rey y ocupan cerca de 30 hectáreas. Si bien una parte fue restaurada en 1978, si uno se adentra por senderos salvajes y rodeados de cardones con espinas dispuestas a todo puede llegar a rincones olvidados, donde los chicos de por acá todavía encuentran puntas de flecha.

Se cree que en la época de apogeo este pueblo tuvo unos cinco mil habitantes. La ciudadela fue descubierta en 1897, por el arqueólogo y explorador, Juan Bautista Ambrosetti. Además de las fortalezas defensivas, se ven canales, senderos, miles de piedras puestas sin argamasa y dos cementerios.

Mamaní se mueve entre las piedras como una cabra más de las que cría. Tiene la piel oscura y la cara agrietada. Está vestido de jeans y sus manos son gruesas como las de un trabajador del campo.

Ahora está llegando arriba, a un mirador alto desde donde uno se siente importante, con el Valle del Yocavil a los pies. En el lugar perfecto, ahí donde seguramente se pararon los quilmes, ahí también se para Mamaní. Y larga la respiración que contuvo en la subida. Mira todo con una tristeza lejana, como la de alguien que se quedó sin nada.

Desde su atalaya privado, al menos hoy que está a punto de llover y casi no hay turistas, Mamaní ve las terrazas de cultivo -los quilmes vivían de la agricultura-, el camino de ripio hasta la ruta 40 y como la visibilidad es buena, se divisa el río Santa María y el horizonte quebrado de los Valles Calchaquíes.

El viento chifla acá en lo alto. Mamaní hace un minuto de silencio hasta que de repente se mueve y dice con el cuerpo que ya vamos, que volvemos. Parece que abajo necesitan un guía.

El hotel de Héctor Cruz

En esta zona, dos de cada cinco personas lleva el apellido Cruz. La estadística es casera, pero seguro que se acerca. A pesar de la superpoblación de Cruz, cuando alguien habla de Héctor Cruz todos saben a quién se refiere.

El hombre, que nació en un caserío de Salta, hoy figura en Wikipedia, por el hotel que construyó en las ruinas. En realidad no es suyo, pero es concesionario hace diez años. Cruz, un reconocido artesano, es también un polémico empresario. El hotel es una buena solución para el turista, primero porque es el único y segundo, porque está muy bien puesto, armónico, hecho de pircas y cardones. Sin embargo, más allá de la parte estética, hay algunos que se quejan porque al parecer estaría edificado sobre un sector no completamente excavado y podría haber restos en el área. A esto se suma que el museo de sitio está olvidado. Es más, la mayoría de las piezas de alfarería ni siquiera tienen vitrina. Eso sí, el negocio de venta de artesanías está impecable y con una variedad asombrosa de ocarinas, mates, dulces y casi todo lo que se imagine.

Datos útiles

Cómo llegar

Las ruinas están a 60 kilómetros de Cafayate, en Salta, y a 180 de Tucumán. Un vuelo desde Buenos Aires hasta Salta cuesta 700, con tasas e impuestos.

Desde Cafayate, la empresa de ómnibus El Indio tiene frecuencias diarias a Quilmes.

Alojamiento

En las ruinas hay un solo hotel, el Parador Ruinas de Quilmes, de Héctor Cruz, con habitaciones confortables y un buen comedor (se recomienda el pollo a la naranja, 15 pesos). Una doble cuesta 164 pesos con desayuno y visita a las ruinas incluida. Es un lugar alejado del pueblo más alejado, que es Amaicha del Valle, a 18 kilómetros. Increíble pasar en este hotel una noche de luna llena. Otro dato para agendar: en verano hace mucho calor en esta zona y el hotel tiene una buena pileta. Informes: (03892) 421075.

Entrada

La entrada a las ruinas y al museo de sitio (abierto de 8 a 18) cuesta 2 pesos. En la entrada hay guías que cobran alrededor de diez pesos por familia.

En Internet

www.tucumanturismo.gov.ar

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