Un recuerdo de Arizmendi

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1 de diciembre de 1997  

La soprano Helena Arizmendi que fuera alumna de María Barrientos y que tuvo su primera experiencia escénica en el Teatro Colón, en 1945, integrando el séquito de "Armida", de Gluck, escribió una página gloriosa para el arte lírico nacional al debutar en un personaje protagónico durante la temporada de 1948, encarnado a Mimí, en "La Boheme", de Puccini, junto a Gigli, con dirección de Héctor Panizza.

Una breve charla telefónica con la artista permitió conocer su recuerdo de aquella experiencia.

-¿Qué sintió en aquel momento?

-En realidad -dice Helena en el mismo instante en que estaba atendiendo labores de ama de casa, incluyendo nietos, según se escuchaba por el tubo-, ésa fue una experiencia muy hermosa, pero hubo una antes también muy emotiva.

-¿Cuál fue?

-En el Presidente Alvear, en 1947, º y todavía era menor de edad! -exclama con un dejo de coquetería-, canté junto a Gigli un dúo de "L´amico Fritz", de Mascagni.

Espectadora inolvidable

-Un momento inolvidable -continúa- porque además de la enorme responsabilidad y de la oportunidad que se me brindaba, en la sala estaba Regina Pacini de Alvear, en ese momento presidenta de la Casa del Teatro, acompañada por su dama de compañía y personalidades de la cultura muy importantes. Por suerte el maestro con su modo de ser me ayudó, logró que me tranquilizara y todo salió muy bien.

-¿No ocurrió algo similar en el Colón, al año siguiente?

-Sí, todavía siento gratitud a Gigli, porque en todo momento me ayudó, me dio confianza, y fue como un padre bondadoso, guiando a su hija con amor. No podré olvidarlo jamás.

-¿No le hizo ningún chiste inoportuno?

-No la noche de mi debut. El sabía mucho porque tenía 57 años y una experiencia formidable. En cambio ocurrió un episodio en la tercera función, seguramente porque ya consideraba que había vencido la ansiedad que causa siempre cantar en un teatro como el Colón.

Fue cuando Mimí está agonizando y Olga Chelavine, que interpretaba a Muzzetta, entrega los aretes para comprar un manicoto, el célebre manguito para calentar las manos -cuenta Arizmendi con simpatía y dulzura-, cuando me lo dieron y debía decir "Oh, come e bello e morbido...", metí las manos adentro y me encontré con el arenque de utilería, frío y desagradable.

Entonces, en medio de la escena, observé los ojos de Gigli y por su mirada pícara, comprendí su gracia y casi "La Boheme" termina con una Mimí muriendo de risa. Pero como era Gigli, se le perdonaba todo.

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