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Ray Bradbury: "Espero vivir para cuando lleguemos a Marte"

A los 86 años, el autor sigue plenamente activo y cada vez más volcado al teatro
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10 de julio de 2006  

MADRID (El Mundo).- Ni los años, ni los achaques... Nada detiene a Ray Bradbury (1920), el más famoso novelista de ciencia ficción del siglo XX, el más hiperactivo de los novelistas octogenarios. "Despierto hacia las 7, con la cabeza dando vueltas a toda velocidad, con ideas y metáforas rebotando de una pared del cerebro a la otra. Me gusta llamar a ese momento el teatro de la mañana. Cuando por fin, se engarzan, salto a escribir una historia, un artículo o un poema. A las 9, me llama mi hija Alexandra para que le dicte mis textos... Ya no soy capaz de escribir a máquina desde que tuve un infarto. El trabajo creativo me lleva toda la mañana. La tarde se me va en atender la correspondencia y en resolver mis cosas", dice Bradbury.

-Las Palmas de Gran Canaria celebra los 50 años del rodaje en su bahía de "Moby Dick", film que tuvo guión suyo. ¿Estuvo entonces en Canarias?

-Nunca estuve en Las Palmas. En esa época yo no era un gran viajero, así que cuando terminé de escribir mi texto durante la primera parte del rodaje, volví a casa con mi mujer y mis hijos.

-Usted hubiese vendido su alma por escribir "Moby Dick"... ¿Se siente heredero de Melville? ¿Un continuador de la novela de aventuras del siglo XIX?

-Uno nunca valora bien su lugar en la historia. Ahora, "Crónicas marcianas" y "Fahrenheit 451" son lecturas recomendadas en los colegios de los Estados Unidos. Con eso me doy por satisfecho. ¿Melville? Por supuesto, fue un escritor y un personaje increíble. Sería una imprudencia pretender ser un segundo Melville...

-Una diferencia con Melville es que los libros de usted tienen un sentido político explícito. ¿Se considera una persona con vocación política?

-No creo que sea así. No me considero una persona política, sino una persona con valores morales fuertes que se dedica a la literatura. Cuando la cuestión es quemar libros o no quemarlos, la cuestión no es política sino moral. Tuve una vocación política cuando era joven pero me desentendí pronto. No me gusta la gente que utiliza la política como una herramienta para entender la vida y para hacer juicios a partir de sus ideas preconcebidas. Es una manera de no pensar. Estuve en el Movimiento Tecnócrata, pero, después de un año, me empecé a quedar dormido en las reuniones. Aún peor. Me di cuenta de que muchos chicos valiosos que entraban en movimientos de tipo social como el tecnócrata se convertían después en comunistas o fascistas, republicanos intolerantes o demócratas intolerantes. Soy un pensador libre, no pertenezco a nadie, digo lo que quiero y lo que veo.

-Lo obsesiona la intolerancia...

-La imagen más fuerte que me ha acompañado durante toda la vida ha sido la de las quemas de libros. Cuando era joven, leí acerca de los incendios de la Biblioteca de Alejandría. Ardió cinco veces, dos de ellas, en fuegos provocados. Después vi las quemas de libros en Berlín y me sentí impresionado. Soy un habitante de bibliotecas desde siempre. Fui un niño pobre, así que todo lo que leí lo leí en las bibliotecas. Si tocas una biblioteca, me tocas el alma.

-Hay una fotografía de 2004 divertida: usted aparece con el matrimonio Bush, que le acaba de dar una medalla. Ellos sonríen y usted pone cara de cascarrabias...

-Bueno... no quería poner cara de cascarrabias. Quizás es la cara que tengo; no puedo arreglarlo. El presidente Bush empujó mi silla de ruedas por toda la Casa Blanca y le dije que era un afortunado por estar casado con una bibliotecaria. Contestó: "Por ese tipo de cosas le damos una medalla". El encuentro estuvo bien, hubo humor entre nosotros. Hablamos de bibliotecas y de libros, no de política. Ellos me dieron un premio en nombre de los ciudadanos estadounidenses, y me gustó saber que Laura era una buena lectora, admiradora de "Crónicas marcianas".

-¿Qué le gusta y qué le disgusta de la vida moderna? ¿Es mejor o peor de lo que imaginaba a los 40 años?

-Amo el hecho de que llegáramos a la Luna, aún me asombro al pensarlo. De joven creía que nunca llegaría a ver ese momento. E, increíblemente, ese momento llegó cuando yo sólo tenía 49 años. Ahora espero vivir para cuando lleguemos a Marte. Me gusta que la televisión me permita ver muchas películas antiguas, que pensé que ya estaban perdidas. Odio casi todo lo que pasan en la tele, pero esas películas... Lo que más odio de la vida moderna es el automóvil. Tengo sentimientos ambiguos sobre la bomba atómica. Es peligrosa pero gracias a ella libramos al mundo de la opresión de Moscú en los 80. También me encantan las facilidades que tenemos para viajar. Hasta hace 25 años me daba miedo viajar. En realidad me tenía miedo a mí mismo. Temía montar un escándalo en el avión, empezar a dar gritos: "¡Esto se cae, esto se cae!". Luego descubrí que todo era cuestión de no tener miedo al miedo. Me aficioné y acabé por ser un fan de los Concorde: fui a París, a Roma, a Madrid... Lo primero que hice al llegar a Madrid fue ir al Prado, ver los cuadros de Goya.

-¿Qué le gusta de Europa?

-Amo París y esas ciudades europeas con vida en las calles. Los cafés y todos esos sitios con terrazas en las que comer o beber. Intenté hacer algo así en Los Angeles, asesoré a los arquitectos de algunos grandes centros comerciales, pero no me hicieron mucho caso.

-¿Cómo se sintió el 11 de septiembre de 2001?

-Sentía que lo que ocurría era imposible, increíble, inimaginable. Escribo ciencia ficción, pero ni en mis pesadillas soñé algo así. Aún estoy bajo los efectos de aquel día.

-¿Cómo es su relación con los lectores?

-Fantástica. Me quieren y lo aprecio. Es un regalo maravilloso descubrir todas las mañanas la correspondencia.

-¿Qué ha ocurrido con Pandemonium en este tiempo?

-Pandemonium es el grupo de teatro con el que trabajo desde hace 45 años. Nadie quería poner en escena mis obras, así que formé un grupo. He puesto en marcha 45 producciones en salas pequeñas. Y casi siempre con reconocimiento del público y buenas críticas. Nunca he ganado dinero con el teatro... Pero sigo. Ahora ando con una producción que estrenaremos en Pasadena, California, y en la que me estoy gastando un montón de dinero. Lo perderé todo, pero me sentaré entre el público el día del estreno y sentiré que eso es mi vida.

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