Vecinos de Las Cañitas reclaman la paz perdida

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11 de diciembre de 1997  

El barrio Las Cañitas se convirtió en un verdadero infierno.

Según sus vecinos, desde hace algo más de seis meses la zona evidenció una lamentable metamorfosis: basura en la calle, ruidos molestos, patotas, ocupación ilegal de veredas, locales ruidosos, veredas ocupadas ilegalmente y autos en doble fila durante las horas pico de la noche son ahora parte de un paisaje jamás imaginado.

Las Cañitas está situado detrás de las canchas de polo de Palermo, aunque pertenece al barrio de Belgrano. Una zona tranquila que sólo se veía alterada los domingos en que se disputaba la final del abierto de polo.

Pero ahora la proliferación de restaurantes para público selecto y de boliches que atraen a cientos de jóvenes provocaron una mutación que los vecinos no dudaron en definir como "invivible". Se instalaron en el último tiempo diez restaurantes en sólo dos cuadras.

"Este es un barrio residencial mixto que admite comercios, pero lo que se vio en estos meses es devastador. Hay una gran necesidad de regular y controlar la zona", dijo el ex fiscal Luis Moreno Ocampo, uno de los vecinos que se mostró altamente preocupado por los cambios.

"Hace once años que llegué acá y me mudé porque vivía en el centro. Como teníamos hijos chicos buscábamos tranquilidad. Ahora, estamos pensando en emigrar nuevamente", sostuvo Adela Roskoff.

La mafia de los cuidacoches

No sólo es una misión imposible estacionar sobre calles claves del barrio, como Báez y Arévalo -ambas de doble mano a pesar de no ser avenidas-, sino que los vecinos se ven sometidos a constantes "aprietes" de los acomodadores de autos que pretenden que todos hagan su "aporte voluntario". La actitud provocó ya más de una acalorada discusión.

"Estacionar a cuatro o cinco cuadras de tu casa ya es una molestia. Imagínese lo que significa salir y encontrarte con el auto rayado por no haber dado la propina que le exigen estos tipos todos los días", se quejó Gabriela Cacheiro.

Pero las denuncias y las quejas están a la orden del día. Tanto que la gente de la zona se agrupó y, como en la época del Virreinato del Río de la Plata, recorrió las calles sumando a cada paso a un vecino para entrevistarse con propietarios y gerentes de restaurantes.

La respuesta obtenida fue en casi todos los casos la misma: "No estamos al margen de la ley". Como no les conformó (las pruebas están a la vista en varios locales), citaron a representantes comunales y legisladores porteños para mostrarles in situ la mutación del barrio.

De la reunión participó Nicolás Gallo, secretario de Planeamiento Urbano del Gobierno de la Ciudad, que ya anunció que instrumentará medidas para paliar la situación.

"Hay restaurantes que se jactan de tener cinco tenedores y de llenarse de modelos y gente famosa. Sin embargo, pelan las papas en la calle porque la cocina del local no da abasto. Es vergonzoso, pero parece que eso nadie lo ve", ironizó Catalina Arana, que confesó además que desde que nació su hijo Luciano el ruido no lo deja dormir a la noche.

El caos de bocinas, sonidos de alarmas y frenadas destempladas se apodera de Las Cañitas varios días a la semana, desde el jueves hasta el domingo por la noche.

"Los cuidacoches son fatales. Además de acomodar los autos en las entradas de garajes particulares, algunos proponen que los clientes dejen el auto en doble fila y ellos se encargan de llamarlos para que los mueva en caso de que se los necesite", confesó Antonio ("a secas"), otro vecino que había creído encontrar la paz en Las Cañitas.

Ni la sombra de Gardel

El hecho de que este barrio sea ahora un reducto fashion provocó gran convulsión entre los habitantes. A punto tal que Guadalupe Grasse, una propietaria que todavía no se mudó al barrio, confesó: "Lo estoy pensando seriamente, porque vivir así es un horror." Los más antiguos del barrio no caben en su asombro ante tanta "modernidad". Tampoco saben qué hacer para recuperar la paz y la tranquilidad de otros tiempos. Los amigos de la nostalgia recuerdan cuando más de una vez el mítico Carlos Gardel se acercó a Las Cañitas a compartir una copa con amigos y a "despuntar el vicio con algún tanguito cantado a capela".

"Antes los chicos jugaban en la calle, no había peligro. Hoy, sería impensado", aseguró María, una vecina que vive frente al boulevard de la calle Genaut, lugar que algunos inescrupulosos tomaron como playa de estacionamiento.

Según dicen algunos, los dueños de los restaurantes son "gente poderosa". De otro modo, argumentan, ya los hubieran levantado o multado o, al menos, reconvenido.

Los vecinos anticipan que "no se oponen al progreso", pero piden que las autoridades se interesen en el perjuicio que "el progreso" le causó al arbolado y descansado barrio que habían elegido para vivir.

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