Aniversario: Mao, a la hora del juicio

En un país en plena experimentación capitalista, el legado de Mao es aún materia de debate: ayudó a crear un estado autoritario, pero al recuperar la soberanía china puso en marcha un proceso de cambios y crecimiento económico que continúa hasta nuestros días
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3 de septiembre de 2006  

Grandes personalidades de la historia tienen la virtud de acumular sentimientos encontrados: del odio a la devoción, de la ternura al pánico. Mao Zedong (o Mao Tse-tung de acuerdo con la romanización de los caracteres que se seleccione) no es la excepción. A treinta años de su desaparición física, más de un aspecto de su pensamiento vive latente en la China contemporánea.

Político, estratega y poeta, este Bismarck asiático tuvo también sus fases revolucionaria y arquitectónica de la política. Un hombre, dos facetas. La búsqueda del poder para transformar una nación en decadencia estructural; la creación de una unidad política independiente de los poderes colonizadores. Del revolucionario al estadista, del guerrillero al fundador de una nueva legitimidad en China.

Corpulento, carismático y temperamental, sólo salió de su país en dos oportunidades y ambas para ir a la Unión Soviética, aunque sus ideas se esparcieron por todas las regiones y países, pues su nombre aún alimenta las pasiones más desenfrenadas de la generación viva de la Guerra Fría.

Nació en el poblado de Shaoshan, provincia de Hunan, en el seno de una familia de campesinos. Mantuvo su apellido original, pero cambió su nombre Runzhi (que en español quiere decir lo húmedo, lo lubricado) por Zedong (brillo del este), costumbre que puede ser entendida como marketing personal, muy común en China, que se extiende a los extranjeros cuando se les sugiere la adopción de nombres en mandarín, capaces de ser leídos y expresados con mayor facilidad que las largas y tediosas palabras formadas en caracteres por los nombres y apellidos foráneos.

El mundo chino y no chino que atenta contra su grandeza destaca al líder como cruel, déspota, sanguinario. Es que su principal biografía, aquella publicada en 1994 bajo el título La vida privada del presidente Mao, por Li Zhisui, su médico personal desde 1954 hasta 1976, reveló las facetas negativas del líder. Describe a un ser inhumano e insensible al sufrimiento de la gente, con pautas de vida imperial y poseedor de una voracidad sexual incontrolable, dueño de un verdadero harem de jóvenes mujeres. Este demoledor testimonio continuó con la reciente publicación del libro Mao, una historia desconocida, escrita por Jung Chang, aunque su narración resulta acreditada por los sinólogos, con aportes provenientes de las numerosas biografías en idioma chino y, fundamentalmente, la obra del doctor Li.

El mundo chino y no chino que lo admira, incluida la visión oficial, concluye que los aspectos positivos pesan un 70 por ciento más que sus errores, aplaudiendo en cines su emblemática costumbre de masticar té hasta el logro de la unidad nacional. Mao es el personaje de la historia china que organizó la nación tras un siglo de humillación. Su imagen en la plaza Tiananmen, en Pekín, y las numerosas visitas a su mausoleo, principalmente realizadas por campesinos y gente del interior, muestran la importancia aún vigente del líder.

Vitalicio en el ejercicio del poder, acumuló distintos tipos de liderazgos: precursor de la República Popular China y fundador de la legitimidad socialista; innovador al generar distintos movimientos internos y cambios en la orientación externa del país, y hasta líder rutinario en sus últimos años de gobierno. Su continuador, Deng Xiao Ping, revitalizó el socialismo adormecido de la etapa final del maoísmo al evitar la desintegración del estado cuando la ola revolucionaria de 1989 erosionó las bases legítimas del comunismo chino, proceso que concluyó con la extinción del poder soviético y la liberación de los países de Europa del Este. Jiang Zemin y Hu Jintao -hasta el presente- han demostrado ser continuadores de la legitimidad instaurada por Mao y revitalizada por Deng.

Tras su desaparición física, la dirigencia tildada de "revisionista" por el líder de los años sesenta desmanteló el bagaje central de su pensamiento. Se dejó de lado la movilización y concientización del pueblo como factor vital de la historia, a diferencia del marxismo clásico del período post Mao que tendía a propulsar el desarrollo de las fuerzas materiales, algo que se observa en la modernización económica que transformó a China en una gran potencia. Los conceptos de revolución permanente y la lucha de clases desaparecieron del léxico oficial y fueron reemplazados por el eslogan "paz y desarrollo", aletargando el papel fundamental de las masas y, sobre todo, del campesinado como fuente de creatividad revolucionaria.

Maoísmo después de Mao

Este desmantelar ideológico hace pensar en la desaparición del maoísmo en China. La introducción de técnicas capitalistas afecta cada vez más a la cultura tradicional. La tendencia a la formación de una sociedad civil es una corriente histórica fundamental basada principalmente en los procesos de privatización y mercantilización, que restringen la apertura al ámbito económico, mientras el régimen político totalitario aún mantiene inalterable su sistema de partido único en una sociedad donde la democracia parece inviable por tradición autoritaria, pero donde el pueblo chino -al igual que otros pueblos del mundo- es de naturaleza pluralista y refractario al pensamiento uniforme.

Pero, ¿quedó algo del maoísmo a tres décadas de la muerte del líder? Excepto en los años de experimentación del Gran Salto Adelante y la "esquizofrénica" Revolución Cultural, la política de Mao transitó un camino intermedio entre el extremo de la xenofobia de los Boxers y el del "entreguismo" de los Nacionalistas. No fue teórico del marxismo, sino creador de una doctrina estratégica que fundamentaba su acción política. Dueño de un comportamiento pragmático, empleaba cualquier medio o instrumento para la consecución del interés nacional -y el suyo propio- en un marco de tensión de las hegemonías donde la geopolítica cobraba su esplendor.

El resultado es claro: una China que recuperó la soberanía arrebatada por las potencias europeas y el Japón y pudo emprender un camino de reformas que la integran al sistema internacional. Pero queda claro que los logros económicos actuales resultarían imposibles si no se hubiera experimentado la fase previa de control efectivo de un territorio desmembrado. Allí encuentra su valor el líder.

Otro aspecto imperceptible en la actualidad es la conciencia de un pueblo de raíz campesina, sumiso y conservador, que aprendió a ser revolucionario. Aunque la urbanización avanza a pasos agigantados sobre las zonas rurales, cuya población disminuye año tras año creando ciudades cada vez más pobladas, el carácter revolucionario de su pueblo, que parece velado por una legitimidad de ejercicio basada en indicadores económicos claramente exitosos, permanece como fuerza profunda latente, capaz de despertar en el momento menos pensado.

El excesivo igualitarismo forjó la revolución silenciosa de la mujer -históricamente sujeta a relaciones feudales-, que avanza en la actualidad a la vanguardia no sólo de las transformaciones históricas de los países del Este asiático sino de las del Asia en general. El régimen político, a pesar de ser totalitario, es moderno, y los "cuatro principios básicos" -aunque algunos como el socialismo sean nominales- perduran en la estructura política de la China actual. Por otra parte, la crítica al Mao radical y extremo no eliminó la nostalgia del igualitarismo en la población, tanto más cuanto que se observa que el índice Gini amplía la distancia entre ricos y pobres.

El debate sobre el líder permanece: la política como resultado es clara; los medios, criticables; la vida personal, sujeta aún a interrogantes. Al igual que otros hombres de la historia, en el presente y el futuro seguirá siendo condenado o absuelto por los historiadores y la opinión pública. Sin embargo, Mao Zedong está sentado junto a las grandes personalidades del siglo XX y es la figura principal de una China que comienza a experimentar resultados positivos.

El autor es profesor de la Universidad Nacional de Rosario e investigador adjunto del Conicet

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