Sexo, sociedad y progresismo

Por Jorge Eduardo Lozano Para LA NACION
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28 de septiembre de 2006  

Hace unas semanas, ocupó un espacio amplio en los medios de comunicación la situación de dos jóvenes embarazadas como consecuencia del abuso sexual y la violación. A más de un mes de realizados los abortos, me parece conveniente retomar algunos puntos que corren el riesgo de quedar desdibujados.

Lo acontecido lo vivieron jóvenes con capacidades diferentes. El debate –por así llamarlo– fue sobre el aborto. También se lo llevó al plano de la educación sexual. Pero poco se dijo de la educación sexual de los adultos, ya que adultos fueron los autores del atropello a la intimidad.

Poco se habló de la causa de esos embarazos: la violación y el abuso de las jóvenes. Eso es preocupante, porque poco es también lo que la sociedad ha reflexionado. ¿Cuántas jóvenes son abusadas en institutos o en sus casas? ¿Cuántas jóvenes adolescentes y también niñas son obligadas a prácticas sexuales contra su voluntad, de las que poco pueden decir por estar bajo amenaza? ¿No sentirán muchas de ellas que la sociedad eludió el debate? ¿No sentirán que dándonos cuenta del drama, no hemos hablado de ellas?

El abuso y la violación fueron despenalizados y quedaron –en el mejor de los casos– como realidades no deseadas. Es necesario decirlo: aquí faltó debate serio sobre un punto crucial de este drama, que es la conducta y comportamiento sexual de los adultos.

También en estas semanas se ha aprobado una ley que legaliza una mutilación y que traerá consecuencias directas en el comportamiento sexual: la ley de ligadura de trompas y vasectomía. Sin debate social y casi sin debate parlamentario, un delito ha pasado a ser un derecho. Parece que los marginados de siempre han aumentado en número y en agresividad y que hay que legislar para que no sean más, ya que muchos consideran a los indígenas, mestizos, suburbanos, extranjeros y villeros infradesarrollados y, por tanto, causa de subdesarrollo y de pobreza.

La causa de la pobreza es la concentración de la riqueza en unos pocos y la acumulación de la pobreza en muchos. No son los pobres los que organizan esta sociedad que los excluye y que los quiere cada vez en menor número y no en mayor dignidad.

Algunos discursos de políticos y sindicalistas parecen mofarse de la inteligencia ajena y de la dignidad de los pobres. Muchos pontifican con tono paternalista y de superioridad. En un país que exporta alimentos para abastecer a 300 millones de personas y que tiene un índice de población escaso, ¿es ésta una política soberana?

Hay que partir de las preocupaciones reales del pueblo real, no de supuestos o de modelos. Los pobres preguntan cómo alimentar a sus hijos, no cómo no tenerlos. Los amamos dándoles más cabida en nuestras vidas, no decidiendo cuántos hijos estamos dispuestos a autorizarles. No son mascotas hogareñas.

Otros argumentan que en muchos casos el marido llega borracho a casa y obliga a la mujer a tener relaciones sexuales contra su voluntad y a veces hasta con violencia también física. Me pregunto: ¿ligar las trompas es una solución?

En nuestra sociedad hay un cierto racismo velado: discriminación por el origen.

Los adultos hablamos de cómo los jóvenes viven la sexualidad y organizamos los programas educativos que ellos necesitan. Y por casa, ¿cómo andamos? ¿No son adultos los más grandes consumidores de pornografía? ¿No son adultos los que organizan el negocio de la trata y el tráfico de seres humanos?

Algunas personas que intentan acercarse desde la amistad al mundo de la prostitución me decían que es creciente la demanda de cuerpos cada vez más jóvenes, incluso sin preguntar por el sexo. ¿Qué pasa con esos hogares en los que maridos, en apariencia felizmente casados, buscan sexo fuera de casa? ¿Qué pasa en la sociedad que permite que se sacrifiquen sus hijas adolescentes para saciar deseos crecientes? ¿O no son también hijas nuestras? ¿Volvemos a discriminar por la cuna?

El acto sexual se va distanciando –hasta perderse– del conocimiento mutuo, del diálogo, del encuentro interpersonal, del amor. En la exaltación del placer se busca la satisfacción en un cuerpo sin persona.

Las políticas públicas llamadas “de salud sexual y reproductiva” han estado orientadas a una consideración de la genitalidad desvinculada no sólo de la persona y del amor, sino también de la sexualidad misma. La genitalidad se puede cubrir con un preservativo, pero los jóvenes siguen sin integridad ni identidad, sin trabajo, con frustración, cada vez más cerca de la muerte que de la vida. No se los respeta en su dignidad de varones y mujeres.

Necesitamos pasar de “políticas púbicas” a políticas públicas de verdad. Es reduccionista pensar la sexualidad sólo como genitalidad.

Lamentablemente, en aquellas semanas, algunos que decían expresar la posición de la Iglesia también tenían posturas reduccionistas: hablaban sólo de la genitalidad, o de anticonceptivos y preservativos, pero no del amor, la felicidad y la libertad.

Es reduccionista también no hablar de conducta sexual, lo que implica hacer referencia a los actos humanos, la libertad, la responsabilidad, la ética y la moral en un marco antropológico. Cuando hace un tiempo vi que se había simulado un preservativo que cubría el Obelisco de la ciudad de Buenos Aires me pregunté si a los responsables de la campaña de prevención del sida no se les caería alguna idea creativa para hacer reflexionar sobre conductas de riesgo y ética sexual. A esto podríamos llamar “penelizar” la prevención. Sin pretender que la imaginación llegue al poder, al menos procuremos un poco de imaginación en los que tienen poder. Y no voy a entrar en consideraciones acerca de la dimensión económica que hay detrás de algunas propuestas relacionadas con la salud reproductiva.

Varios diarios y revistas usaron este titular en aquellos días: “Dime a quién invitas y te diré cómo valoras del tema”. Hubo programas de TV que levantaron la puntería con planteos científicos o educativos. En otros, a los pocos minutos ya se veía que no llegarían más allá del reproche o la descalificación y que la verdad pasaría a segundo plano. No faltaron los que llenaron el tiempo porque había que hablar de la cuestión. Estuvieron ausentes las voces de mujeres violadas que hubieran seguido adelante con el embarazo, o jóvenes y niños concebidos en esas circunstancias, pero nacidos, y no abortados.

¿Qué implican la salud y la calidad de vida de los jóvenes? ¿Es oscurantista pretender que tengan posibilidad de vivir la genitalidad integrada con la sexualidad en el amor? ¿Es retrógrado pretender que los adolescentes no sean empujados a una experiencia sexual anacrónica? ¿Es fundamentalismo querer que haya opciones por el amor y la familia?

El embarazo creciente en adolescentes es doloroso y preocupante. ¿No se piensa hablar de conducta sexual? Fiesta, pero sin amor, sin cuidado de unos por otros. Repartieron preservativos como si fueran entradas gratis a Disneylandia y se encontraron con el Italpark desmantelado. ¿Seguiremos proponiendo, como algunas canciones, sexo a la deriva o sexo en el rebaño? Hace pocos días, un par de publicaciones hablaban del consumo creciente de Viagra entre los jóvenes (sí, entre los jóvenes). Sería bueno dialogar sobre este incipiente abuso y sus inevitables y nefastas consecuencias.

Hoy, un seudoprogresismo vacío de ideal y de futuro pretende ganar espacio de modo prepotente y autoritario. Al no haber inclinación hacia algo mejor por venir y por construir, el riesgo es caer en la tristeza o en el voluntarismo exagerado o en la fuga de la realidad. Vivimos en la llamada posmodernidad, que todo lo banaliza. No alcanzamos a distinguir si esta sociedad es evolución de la anterior o su devaluación, descomposición y degradación.

Es curioso ver cómo se unen en pos de un mismo proyecto electoralista sobrevivientes del naufragio del marxismo y fieles servidores de los intereses de las sociedades opulentas del Norte, que son justamente los que quieren menos pobres, no menos pobreza.

En estos días me acordaba de conversaciones con compañeros de la escuela y la universidad en los años 70. Algunos de ellos, militantes de izquierda, decían que coincidíamos en el rechazo al aborto. Para eso evocaban una cita del Che Guevara que nunca pude chequear: “Cada aborto es un revolucionario menos en América latina”.

Hoy, algunos marxistas devaluados después de la caída del Muro, en 1989, tienen ganas de seguir repitiendo que la Iglesia es el opio de los pueblos. Algunos se quedaron sin batería en el control remoto y ven siempre la misma película. ¿Han fracasado las utopías? Si sólo viéramos el hedonismo, como expresión de egoísmos, individualismos y mediocridad, sería para desanimarse, correr a arriar banderas y guardarlas en un relicario. Los mismos jóvenes del Mayo Francés de 1968, ¿no son los que ahora no toleran el drama de la nueva emigración de los pobres?

El permisivismo beneficia a los más poderosos y perjudica a los débiles, a la vez que el relativismo imperante y creciente nos empuja a la soledad y al egoísmo. Si hacer el bien, ser solidarios, implantar justicia y construir la paz quedan sólo a la libre decisión de hombres egoístas, libertinos, relativistas, poco podemos esperar.

Seguramente tendremos más puntos de encuentro de los que nos imaginamos, porque todos amamos la vida. Pero lo que realmente tendría que preocuparnos debería ser que la vida de todos los hombres fuera vivible. Que pudiéramos cambiar cárceles por hogares, delincuencia por trabajo, soledad y abandono por presencia y abrazo. Y que la llegada de la vida nueva fuera tan deseada como la vida misma.

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