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Una reflexión profunda

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30 de septiembre de 2006  

Hamelin, de Juan Mayorga. Intérpretes: Arturo Bonín, Gabo Correa, Daniel Fanego, Daniel Hendler, Susana Lanteri, Mausi Martínez, Verónika Silva. Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan. Diseño de iluminación: Pedro Yague. Música original y sonido: Nick Powel. Ayudantes de dirección: Celia León, Angela Cremonte. Dirección: Andrés Lima. En el Broadway.

Nuestra opinión: muy bueno

El punto de partida de esta experiencia, que presentó primero a actores españoles y ahora a argentinos, fue una de las últimas piezas de Juan Mayorga, uno de los dramaturgos tal vez más exquisitos que ha dado el teatro español en las últimas dos décadas ( El traductor de Blumemger , Cartas de amor a Stalin ). Sus construcciones dramáticas son de una profunda rigurosidad. Maneja las palabras de una manera sumamente efectiva. Sus discursos provocan dudas, inquietudes, reflexiones intensas en el espectador. Mira el presente de manera muy aguda y lo cuestiona, pero hasta jugando con las múltiples contradicciones que promueve.

Los textos de Mayorga reclaman actores muy sensibles y espectadores muy atentos. Sus obras se imponen más por sus discursos que por sus situaciones. El público no ingresa a ellas por el juego de los actores en el espacio, sino al contrario; las palabras arrastran a los personajes a unos actos mínimos que hasta parecerían desconcertarlos y es, en ese momento, cuando el espectador se carga de preguntas y las responde y vuelve a preguntarse y responderse. Y cuando la representación termina, algo ha quedado muy claro y una pregunta está flotando en el aire: ¿es ésta la sociedad en la que queremos vivir?

Tensión

Lo interesante de este proyecto Hamelin -que ya tuvo su versión con actores españoles- está precisamente en el valor de los intérpretes. Y el elenco argentino que ahora recupera esa historia lo hace con la misma capacidad de sus pares europeos porque, en verdad -matices más o menos-, de lo que se trata es de mostrar a una sociedad quebrada. La que las noticias de los diarios destacan de continuo, en la Argentina o en España. Donde aparecen seres pervertidos, pederastas que abusan de niños, pero también instituciones oficiales que pervierten a profesionales que defienden o castigan a niños o a delincuentes. El narrador de esa historia no es sólo Mayorga con su obra; es cada intérprete con su propia contradicción y dolor personal; con su capacidad de observar y analizar esos mundos tan opuestos como el de la marginalidad y el de los profesionales reconocidos por sus capacidades intelectuales.

El director Andrés Lima y los actores -Arturo Bonín, Gabo Correa, Daniel Fanego, Daniel Hendler, Susana Lanteri, Mausi Martínez, Verónika Silva- saben muy bien que hay una tensión que el espectáculo debe contener y ella asoma en la fricción entre esos mundos. Ahí es cuando la reflexión se impone y también es ahí cuando el espectador, movilizado, descubre su pensamiento. En definitiva, es como un juez que después de escuchar una serie de alegatos dará su veredicto, pero no sobre la representación que acaba de ver, sino sobre el mundo que habita.

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